Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 24 Las brasas
El sábado fueron al campo con los tíos. Su hermano había llegado antes que nadie para encender el fuego, y no dejaba que nadie se acercara a las brasas, como no dejaba que nadie se acercara a la paellera. Las movía con un hierro, se agachaba a soplar, se levantaba con la cara roja y decía que todavía no.
Cuando por fin dijo que sí, el padre se puso el delantal, se plantó delante del cochinillo con el cuchillo grande, muy serio, y soltó el chiste de siempre, el de ir por partes. Su hermano se rio. Gea le dio un codazo.
—No le enseñes esas cosas a la niña.
Comieron en la mesa de piedra, debajo de un pino, con el mantel de cuadros sujeto con piedras para que no se lo llevara el aire. Sofía se fue a buscar piñas con la mujer de su hermano, y cuando volvieron con las manos pegajosas de resina, el café ya estaba hecho.
—Venga —dijo su hermano, con la taza en la mano—. Lo de los pocos.
El padre sacó la hoja del bolsillo de la chaqueta y la desdobló encima del mantel.
—Tenías razón.
Su hermano dejó la taza en la mesa, despacio, para disfrutarlo.
—Repítelo, que no lo ha oído tu mujer.
—Tenías razón. He encontrado a cinco que dicen lo mismo que tú, de siglos y de países distintos. Uno del norte de África, de hace siglos, que dice que una familia que manda no dura más de tres generaciones. Un alemán que escribió que el Estado, en su origen, lo impone un grupo que ha ganado a otro que ha perdido. Otro que estudió los partidos y sacó una ley: que toda organización tiende a que manden unos pocos. Y dos italianos. Cinco.
—Siempre igual —dijo su hermano, y miró a Gea—. ¿Lo has oído?
—Lo he oído —dijo Gea.
—Pero espera —dijo el padre—, que no he acabado. Unos economistas lo midieron, país por país. Hay un orden en que unos pocos cierran la puerta para quedarse con todo, y hay otro, abierto, en el que se compite. En trescientos años, unas dos docenas de países han pasado al abierto. En 2020, treinta y cinco de ciento sesenta y uno.
—Treinta y cinco. —Su hermano se encogió de hombros—. ¿Y los otros?
—Los otros, como tú dices. Por eso te digo que tienes razón. Pero no siempre. Casi siempre.
—¿Y nosotros?
—En medio.
Su hermano hizo un ruido con la boca, el que hacía cuando un árbitro pitaba en contra.
—En medio. Eso es lo que dicen todos cuando no se atreven.
—Pues te digo dónde. —El padre puso el dedo en la hoja—. Los que gobiernan a los jueces los eligen las Cortes, los veinte. Los que miran las cuentas de los partidos, también las Cortes. El que vigila al que manda lo elige el que manda. Eso no está en medio. Ahí tienes razón tú.
—¡Eso! Eso es lo que yo digo.
—Y para presentarte a unas elecciones, si no tienes diputados, necesitas firmas; si ya los tienes, ninguna. Y para repartir los escaños, el que no llega al tres por ciento de los votos de su provincia no cuenta. En 2023, el partido que más votos sacó tuvo un tercio de los votos y casi cuatro de cada diez diputados.
La mujer de su hermano, que hasta entonces había estado quitándole a Sofía la resina de los dedos con una servilleta mojada, levantó la cabeza.
—Ya. Y si no, tendríamos un Congreso lleno de partidos pequeños y no habría manera de hacer un gobierno. Algo de eso habrá.
—Algo de eso hay —dijo el padre—. Lo que dijeron los que lo pusieron fue eso, que no se fragmentara. Y los tribunales lo han avalado, el de aquí y el europeo. Y lo que sale de esa regla lo dejó escrito el Consejo de Estado: que la manera de repartir los escaños «es conocida por su propensión a beneficiar a los partidos grandes y, al mismo tiempo, perjudicar a los pequeños». Y en el mismo informe, lo que tú dices: que ha traído gobiernos estables.
—Pues eso.
—Pues eso. Lo que no está escrito en ningún sitio es que lo hicieran para que ganaran los grandes. Eso lo dice la gente. El Consejo dice lo que pasa, no por qué.
—Y multan —siguió ella—. Yo he oído que el Tribunal de Cuentas multa a los partidos.
—Multa. Más de quinientas multas, solo por las cuentas de dos elecciones municipales. La mayoría, de unos cientos de euros.
Su hermano se rio.
—Unos cientos de euros. A ti te ponen más por aparcar en el vado.
—Eso no lo he mirado —dijo el padre—, y no te lo voy a discutir a ojo.
Todavía le quedaba una cosa en la hoja, y la leyó porque era la que más le había costado encontrar. Nadie mide cuánto se trata en un país lo de todos como si fuera de uno. Lo más parecido eran unos índices que miden la corrupción desde fuera. España salía con unos sesenta y uno sobre cien en 2025, peor que unos sesenta y cinco de 2021. Y en el otro, cincuenta y cinco sobre cien, el puesto cuarenta y nueve de ciento ochenta y dos.
—¿Ves? Peor —dijo su hermano.
—Peor que antes. Y mejor que la mayoría de los países. Una cosa y la otra.
Su hermano se quedó mirando el fuego, que ya no era más que ceniza con algún punto rojo, y le dio con el hierro.
—Lo de los vigilantes —dijo al cabo de un rato, sin mirarlo—. Eso apúntamelo a mí.
—Ya lo tienes apuntado.
Sofía había estado escuchando con la barbilla en la mesa. No dijo nada. Pero el padre la conocía, y supo que la pregunta del miércoles seguía ahí, esperando su noche.
Esa noche fue a buscar el papel. El documento donde alguien, por encima de los Estados, les hubiera dado el poder. Un permiso, una firma. Algo.
Lo que encontró fue un tratado entre países, de 1933, que dice qué hace falta para ser un Estado: gente que viva allí, un territorio con sus límites, un gobierno y poder tratar con los demás Estados. Y otra cosa, que leyó varias veces: «La existencia política del Estado es independiente de su reconocimiento por los demás Estados». Que otro Estado lo reconozca solo significa que «acepta la personalidad del otro». Un tribunal lo había dicho antes, en 1929, todavía más claro: «El Estado existe por sí mismo, y el reconocimiento no es más que la constatación de esa existencia».
No había papel. Ningún Estado recibió su autoridad de nadie que estuviera por encima: la tiene porque manda de hecho en una tierra y en una gente, y porque otros Estados, que hacen lo mismo, se la reconocen. Era un círculo. Y nadie lo escondía: estaba escrito en un tratado público. Para ese derecho, además, el Estado era una persona. La máscara de la noche de la casa, otra vez, ahora entre Estados.
En el mismo tratado había otra línea, y se acordó de su hermano. Los firmantes se obligaban a «no reconocer las adquisiciones territoriales o de ventajas especiales que se realicen por la fuerza». Y en 1945, otra carta, la de las Naciones Unidas, prohibió amenazar o usar la fuerza contra otro Estado. Que hiciera falta prohibirlo quería decir que antes se hacía. Lo de la terraza, lo de llegar con más fuerza y quedarse con todo, también estaba escrito, aunque fuera al revés: en la prohibición.
Buscó de dónde venía la palabra «autoridad», porque ya no se fiaba de ninguna palabra que no hubiera mirado. Venía del latín, de un verbo que quiere decir «aumentar». El que tenía autoridad era, al principio, «el que da existencia a algo, o promueve su aumento o su prosperidad». Se quedó con eso un rato. Autoridad no era el que manda. Era el que hace crecer.
Siguió tirando del hilo y encontró a los que se pusieron por encima de todo. Al faraón de Egipto, que desde el día de su coronación se llamaba «Hijo de Ra». A un emperador de Roma que dictaba cartas que empezaban así: «Nuestro señor y dios ordena que se haga esto». Y a otro emperador, el de Japón, que en 1946 dejó escrito que el vínculo con su pueblo no se basaba en «la idea ficticia de que el emperador es un dios manifiesto». Ficticia. La palabra la había puesto el propio emperador.
Y encontró lo contrario. Otro emperador de Roma, con el mismo poder que el que se llamaba dios, escribió para sí mismo que de uno de sus maestros había aprendido que su carácter «necesitaba corrección y cuidado». Y un rey de Israel que le pidió a Dios «corazón dócil para juzgar á tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo», y aun así, cuando murió, el pueblo le pidió a su hijo que aliviara «el yugo pesado» que su padre había puesto. Pedir sabiduría una vez no bastaba. Había que seguir pidiéndola.
En una tragedia griega, el coro lo resume en una frase, y la copió en la hoja: «la insolencia engendra al tirano».
Ya era tarde, pero no podía dejarlo. Quería saber en qué momento la gente había empezado a preguntarse estas cosas en voz alta. Y dio con un filósofo alemán que había escrito un texto corto con una pregunta por título: qué es la Ilustración. Lo leyó entero. Decía que es salir de la minoría de edad, y que la minoría de edad es «la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro». Y tenía un lema: «¡atrévete a saber! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento!».
Miró la hoja de las tres columnas, la de la primera noche, la que había empezado para saber y no para creer. Otro lo había dicho siglos antes que él, con otras palabras. No le dio vergüenza. Le dio compañía.
En «Comprobado» escribió: «Ningún Estado recibió el poder de nadie por encima. Lo tiene porque lo ejerce y porque los demás se lo reconocen».
En «Lo que yo creo», de su puño y letra: «Que lo que separa al que manda bien del que manda mal no es lo que sabe, sino si deja que le corrijan. Y que eso no se gana una vez: se pierde el día que uno se cree que ya está».