Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 23 Unos pocos
El jueves, a media mañana, con un coche en la elevadora y las manos negras hasta la muñeca, le sonó el teléfono en el bolsillo del mono. Era su hermano. No saludó.
—El sábado, barbacoa en el campo. El cochinillo lo pongo yo. —Detrás se oía la radio de su cocina—. Y tráete lo de los pocos, que desde la paella no has dicho ni mu.
—Lo tengo apuntado.
—Pues desapúntalo.
Colgó. El padre se limpió las manos con el trapo y se quedó mirando el teléfono. En la columna de «Aún no lo sé» tenía una pregunta de su hija y otra de su hermano, y ninguna esperaba. La de Sofía, de la noche anterior, en la puerta de su cuarto: quién le dio el poder al primer Estado. Y la de su hermano, desde la paella: si mandan siempre unos pocos. La de Sofía era la más honda, y para esa quería una noche entera. La de su hermano tenía fecha: el sábado, delante de las brasas.
Esa noche, con la niña acostada, se lo preguntó a Sofía IA, porque para empezar a buscar era rápida. Contestó enseguida, larga y segura, con una lista de nombres y una frase al final que sonaba muy bien:
Sofía IA: Algunos economistas de prestigio han llegado a comparar el Estado con un «sindicato del crimen».
Le pidió el documento. Lo tuvo en la pantalla en un momento: un trabajo de unos economistas americanos, largo y en inglés. Lo fue pasando con Sofía IA, trozo a trozo, buscando la frase. No estaba. Lo que decía era otra cosa, y más seca: que en los órdenes donde unos pocos cierran la puerta se usa el sistema político, así lo escribían, «para limitar la entrada económica y crear rentas».
Sofía IA: Tienes razón. Esa frase no está en el documento. La he dado como si estuviera.
La tachó. Llevaba meses con ella y ya sabía cómo era: encontraba deprisa, y a veces encontraba lo que uno quería oír. Por eso él leía el papel.
Después fue uno por uno, con el original delante y Sofía IA traduciendo frase a frase.
El primero era de muy lejos, del norte de África, del siglo XIV. Había escrito que a un grupo lo lleva al poder lo unido que está, que el lujo lo va ablandando, y que «la dinastía, por lo general, no dura más de la vida de tres generaciones».
El segundo, un alemán de principios del siglo pasado, llamaba «medio económico» a ganarse la vida con el trabajo propio y con el cambio de lo que vale lo mismo, y «medio político» a «la apropiación no retribuida del trabajo ajeno». Y del Estado, en su origen, escribió que era una institución «impuesta por un grupo humano vencedor a un grupo humano vencido». Era lo de su hermano en la terraza, con otras palabras: llega uno con más fuerza y se queda con todo.
El tercero había estudiado los partidos socialistas de su tiempo, y había sacado una regla: «quien dice organización dice, de todos modos, tendencia a la oligarquía». La llamó «la ley de hierro de la oligarquía».
Luego, dos italianos. Uno escribió que los de arriba no son siempre los mismos, pero siempre son unos pocos: la «circulación de las clases selectas». El otro habló del predominio de «las minorías organizadas sobre las mayorías».
Y el quinto había comparado hacer la guerra y hacer el Estado con el crimen organizado. De ese no encontró más que el título. El texto no estaba abierto en ningún sitio, y lo que decían de él en otras páginas era lo que decían de él, no lo que él escribió. En la libreta puso al lado: «Esto no lo he podido leer».
Se echó hacia atrás en la silla. Su hermano tenía razón. Cinco veces, y con gente de siglos y de países distintos.
No cerró la libreta. Con los coches le pasaba igual: cuando muchos clientes te dicen que un modelo da siempre la misma avería, lo apuntas, y luego miras cuántos de ese modelo no la dan. Volvió al documento de los economistas y leyó lo que venía después. Además del orden en que unos pocos cierran la puerta, describían otro, el de acceso abierto, que se sostiene con la competencia, la de los negocios y la de los partidos. Y decían que en los últimos trescientos años se había desarrollado en «unas dos docenas de países». Un estudio de 2023 lo había medido país por país: «treinta y cinco países de 161 fueron calificados en 2020 como órdenes de acceso abierto». El primero, Suiza.
No era siempre. Era casi siempre, y había salida. La pregunta que servía no era si todo era igual, sino en qué punto de esa escala estaba cada país, y con qué papeles se comprobaba.
El viernes por la noche buscó dónde estaba España.
Empezó por los jueces. La Constitución dice que el Consejo que los gobierna tiene veinte vocales, y que de ellos, «doce entre Jueces y Magistrados de todas las categorías judiciales, en los términos que establezca la ley orgánica». La ley orgánica, desde 1985, dice otra cosa: «Las veinte personas Vocales del Consejo General del Poder Judicial serán designadas por las Cortes Generales». Los veinte.
El Constitucional lo había avalado. Y en la misma sentencia había escrito una frase que el padre leyó despacio, con el dedo debajo, como leía las cartas ahora: «La lógica del Estado de partidos empuja a actuaciones de este género». El riesgo, seguía, «parece aconsejar su sustitución, pero no es fundamento bastante para declarar su invalidez».
Con el Tribunal de Cuentas, el que mira el dinero de los partidos, encontró lo mismo: a sus consejeros también los eligen las Cortes. No eran diseños distintos. Era uno solo, repetido.
Luego miró lo que cuesta presentarse a unas elecciones. Un partido que sacó diputados en las elecciones anteriores no necesita firmas. Uno nuevo, las del uno por mil de los electores de cada provincia; unos vecinos que se presenten sin partido, las del uno por ciento. Hizo la cuenta con una provincia pequeña, Palencia: un partido nuevo necesita ciento treinta y ocho firmas, y unos vecinos sin partido, mil trescientas setenta y siete.
Y la puerta que la Constitución le deja al ciudadano para proponer una ley, con medio millón de firmas, no se puede usar para lo que más importa: ni para cambiar cómo se elige a los que mandan, ni para los impuestos.
Lo que se le podía contestar estaba, y lo apuntó al lado, entero. Las firmas las habían avalado dos tribunales, el de aquí y el europeo. La razón que dio el Constitucional era que no se llenaran las elecciones de candidaturas sin respaldo, y eso era razonable. Y se castiga: después de las elecciones municipales de 2015 y de 2019, el Tribunal de Cuentas había puesto más de quinientas multas por las cuentas de la campaña. Y desde 1978 habían entrado partidos nuevos, y varias veces. Una puerta estrecha no es una puerta cerrada.
Gea pasó por detrás, camino de la cama, con el pelo mojado envuelto en una toalla, y leyó por encima de su hombro sin pararse del todo.
—¿Y tu hermano?
—Que tenía razón.
—¿En todo?
—En la mitad.
—Pues no se lo digas así, que se viene arriba.
A «Comprobado» pasó solo lo que tenía papel: «Cinco pensadores, del siglo XIV al XX, dicen que manda una minoría. Pero hay países que han salido de ahí, y está medido. España está en medio: hay multas, tribunales y partidos nuevos; y a los que vigilan los eligen los vigilados».
Y en «Lo que yo creo»: «Que decir que todo es una mafia no se puede corregir nunca, y un mapa con lo que funciona y lo que no, sí. Y que donde falla, falla siempre hacia el mismo lado: el que tiene que ser vigilado elige al que le vigila».
Dobló la hoja y la metió en el bolsillo de la chaqueta que se iba a poner el sábado. En la columna de al lado, la pregunta de Sofía seguía sin tocar.