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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 25 La portería

El domingo por la noche, con la casa ya callada, abrió la libreta por la hoja del sábado. A Sofía se le había quedado resina del pino en el pelo, y Gea había tenido que sacársela con aceite de la cocina, mechón a mechón, mientras la niña protestaba. Ahora dormía.

Volvió a leer lo que había escrito: que ningún Estado recibió el poder de nadie por encima, que lo tiene porque lo ejerce y porque los demás se lo reconocen. Y pensó en la niña. La conocía. Si un día le contaba que a los Estados nadie les había dado permiso, lo siguiente que le iba a preguntar era si entonces podía cualquiera. Mejor tenerlo mirado antes.

Le preguntó a Sofía IA si alguien lo había intentado. Contestó enseguida, con una lista larga y segura, como siempre. Él le pidió los papeles, y de toda la lista se quedó solo con los casos que los tenían.

El primero era de Australia: un hombre que en 1970 notificó que su granja se separaba del país, y la llamó «provincia». Un periódico de internet contaba la historia con una cantidad en libras, con el tribunal más alto de Australia y con una palabra del juez que sonaba muy bien. Fue a la sentencia. Sofía IA le puso al lado, frase a frase, lo que decía el original, y él fue mirando las palabras una por una. La cantidad era otra, y en otra moneda; el tribunal, el de su estado, Australia Occidental; y la palabra del juez no estaba. El periódico le había dicho dónde mirar. Lo demás lo decía la sentencia.

Aquel hombre perdió en 2017 un pleito con el fisco, y el tribunal le condenó a pagar más de dos millones setecientos mil dólares australianos, con sus intereses y las costas. Y el juez escribió una frase que el padre copió en la hoja: que «cualquiera puede declararse soberano en su propia casa, pero no pueden ignorar las leyes de Australia ni dejar de pagar impuestos».

El otro caso era de Italia: una plataforma en el mar que declaró su independencia el 1 de mayo de 1968. Las fuerzas del orden la ocuparon cincuenta y cinco días después, y en febrero de 1969 la Marina intentó derribarla con explosivos; al final la hundió un temporal. Eso lo contaba un estudio de una universidad italiana, uno solo, hecho con periódicos y libros de divulgación, y había otra versión que daba otro día para la independencia. Lo apuntó, pero con una nota al lado: una sola fuente.

Le quedó claro. Que la autoridad de un Estado nazca así, porque manda de hecho y otros se lo reconocen, no le abre el mismo camino al que vive dentro de un Estado que ya está: le falta tierra propia, gente propia y que los demás se lo reconozcan. Se había intentado, y los jueces habían contestado.

Se acordó del de la furgoneta de los toldos, con su vídeo y su nombre en mayúsculas. Era de la misma familia. La primera línea de la libreta del taller la había escrito por él: «Lo que no tiene papel no se admite». Aquí había papel, y decía que no.

Gea pasó por detrás con la taza, camino del sofá, y leyó por encima de su hombro lo de la granja.

—Ni se te ocurra declarar el taller.

—Ya pagué la carta.

—Pues por eso. —Se sentó en el brazo de la silla—. Si cada uno se pudiera salir de la ley cuando le diera la gana, a ver quién arreglaba las carreteras.

—En eso tienes razón entera —dijo él—. Nadie se puede declarar fuera de la ley porque quiera. Lo dijeron los jueces de Australia, y la regla es buena.

—¿Pero?

—Pero vale también hacia arriba. Los que mandan también están debajo de la Constitución, igual que tú y que yo. Y los que hacen las leyes se ponen el sueldo ellos.

Gea le dio un sorbo a la taza.

—Eso no es salirse de la ley.

—No. Eso es con la ley en la mano. Pero el que se pone el sueldo es el mismo que lo cobra.

—Tú también te pones el precio de la hora.

—Y si es caro, el cliente se va al taller de enfrente.

Gea se rio por la nariz, le revolvió el pelo y se fue al sofá. Él se quedó mirando la frase del juez. Su camino no era ese. Su camino estaba en la carpeta, detrás de la carta: la copia sellada, con su número de registro.


El lunes, a mediodía, Sofía salió del colegio con el ceño fruncido y no dijo nada hasta que se puso el cinturón. Había tenido una pelea en el recreo.

—Los de sexto dicen que la portería es suya. Que allí mandan ellos.

—¿Y quién les ha dado permiso?

—¡Nadie! Lo han dicho y ya está.

—¿Y los demás qué hacen?

—Pues nada. Que es suya. Como siempre ha sido suya…

Él sonrió, con las manos en el volante. No había tenido que buscar el ejemplo: se lo había traído ella.

—Pues eso que me cuentas es lo que encontré anoche. Ningún Estado recibió su poder de nadie que estuviera por encima. Manda porque manda, y porque los otros Estados le dicen: vale, ese trozo es tuyo.

—¡Eso es trampa!

—Yo no te digo que sea trampa. Te digo cómo es.

Sofía se cruzó de brazos y miró por la ventanilla un buen rato. Él esperó. Sabía lo que venía, porque lo había mirado la noche antes por eso mismo. Cuando se volvió, tenía los ojos brillantes.

—Entonces yo declaro mi cuarto un Estado.

Se rio con ganas. Ahí estaba.

—Te faltaría que te lo reconocieran. Y el Estado que ya está aquí no te lo va a reconocer. Lo ha intentado más gente, y los jueces les han dicho que no. Que nazca así no quiere decir que cualquiera pueda hacer lo mismo.

—Jo.

No le habló de la granja ni de la plataforma. A la niña le bastaba con saber que se había intentado y que no había salido. Y lo de la plataforma lo tenía con una sola fuente, y eso no se le cuenta a nadie como seguro.

—Pero te cuento otra cosa. Hubo uno que empezaba sus cartas diciendo que era dios.

—¿Se lo creía?

—Eso decía. Y hubo otro, con el mismo poder, que escribía para sí mismo que tenía que corregirse. ¿Cuál crees que mandó mejor?

Sofía lo pensó.

—El que se corregía.

—Eso creo yo también.

Y le dijo, con palabras para ella, lo que había escrito el sábado en la hoja: que el que manda bien no es el que más sabe, sino el que deja que le corrijan, y que todos somos aprendices.

—¿Tú también?

—Yo el primero.

Sofía asintió, satisfecha. Luego frunció el ceño, porque una pregunta nunca venía sola.

—Pero antes de los Estados, ¿qué había? ¿Quién mandaba?

Puso el intermitente. Esa pregunta le iba a llevar muy atrás, más atrás que los reyes y que nada de lo que había leído hasta entonces. Y no era de una noche.

—Eso todavía no lo tengo. Déjame mirarlo.

En casa, cuando se puso a cortar el pan, Sofía le miró muy seria desde su silla.

—Vayamos por partes.

Gea, que ya estaba en la puerta con el abrigo puesto para irse a trabajar, puso los ojos en blanco.


Esa noche no buscó lo de antes de los Estados. Lo apuntó en «Aún no lo sé», debajo de todo, para cuando hubiera noches largas. Lo que le daba vueltas era otra cosa de la portería: que la niña lo había dicho todo junto, «es suya» y «allí mandan ellos». Ser dueño y mandar, como si fueran lo mismo.

En el taller mandaba él, porque el taller era suyo. Decidía qué coche entraba primero y cuándo se bajaba la persiana. Pero a nadie se le ocurriría que, por ser el dueño, pudiera juzgar al cliente que no le pagaba. Para eso estaban los jueces.

Buscó desde cuándo era así, y resultó que no siempre. Durante siglos, el poder de mandar y juzgar y el derecho del dueño sobre una cosa habían ido juntos. En latín, el señor lo era de la casa. Y en la Edad Media se fundieron en el señorío: el que tenía la tierra gobernaba y juzgaba a los que vivían en ella. Un estudio académico le puso un matiz, y lo apuntó al lado: que en esa época no se puede separar lo privado de lo público, y que hablar de una propiedad unida al poder del señor es mirar aquellos siglos con palabras de los romanos, puestas después.

Y encontró la fecha en que, en España, se separaron. No fue en una Constitución, como él había pensado, sino en un decreto de las Cortes de Cádiz, en 1811. El primer artículo lo leyó despacio, con su ortografía de entonces: «Desde ahora quedan incorporados á la nacion todos los señoríos jurisdiccionales de cualquiera clase y condicion que sean». El gobierno, a la nación. La tierra, en otro artículo, quedaba entre «los demás derechos de propiedad particular». Y en otro: «En adelante nadie podrá llamarse señor de vasallos, exercer jurisdiccion, nombrar jueces…».

Nadie podrá nombrar jueces. Se quedó mirando esa línea. El dueño de la tierra seguía siendo dueño, pero ya no juzgaba a nadie. Como él en el taller.

Y no salió gratis. A los que tenían esos privilegios por haberlos pagado, la nación les devolvía el capital, con un tres por ciento de interés hasta que lo devolviera entero. Tampoco fue de una vez: un diccionario de la lengua de las leyes enumera los decretos, de 1808 a 1837.

Pero el límite era más antiguo. Un francés de 1576, el mismo que dejó escrito qué era la soberanía, «el poder absoluto y perpetuo de una república», escribió en ese mismo capítulo que ni el príncipe soberano podía saltarse las leyes de la naturaleza que Dios había puesto, y que por eso «tampoco podrá tomar el bien ajeno sin causa justa y razonable». Para el que mejor lo había defendido, el poder más absoluto tenía algo encima: la ley natural, y con ella, lo ajeno.

Luego quiso saber por qué se obedece al que manda sin ser el dueño, y buscó la palabra «legítimo». Venía del latín y quería decir «conforme a la ley». Y dio con un alemán de hace algo más de un siglo que había estudiado los poderes que se tienen por legítimos: el de la ley, el de la costumbre y el de alguien a quien se sigue por lo que es. Lo leyó frase a frase, con la traducción al lado del original. Ningún poder, escribió, se conforma con que le obedezcan por interés o por afecto, sino que «cada una procura más bien despertar y cultivar la creencia en su "legitimidad"». Cada forma de mandar, quería decir. No le basta con ser obedecida: necesita que se crea en ella.

En internet, en muchas páginas, la frase salía de otra manera, más redonda: «es la creencia la que constituye la legitimidad». La buscó en su texto. Así no estaba.

Antes de cerrar, se acordó del del furgón blanco y de su cuenta embargada. Ya no había señores que juzgaran en sus tierras, y eso era un avance de verdad. Pero la Administración seguía pudiendo cobrarse sola lo que reclamaba, sin juez, mientras que a él, para cobrar a un cliente que no le pagaba, le hacía falta un título que lo dijera. Lo que se podía contestar ya lo tenía apuntado desde la carta: que lo que cobra es para todos, que se recurre y que se para dando garantía. Lo dejó así, lo uno al lado de lo otro.

«Comprobado» se fue llenando renglón a renglón: «Gobernar y poseer no son lo mismo. En España los separó un decreto de 1811. Y hasta el poder más absoluto tenía un límite: no tomar lo ajeno sin causa justa. Ningún poder se conforma con que le obedezcan: necesita que se crea en él».

Y en «Lo que yo creo»: «Que si el que manda necesita que se crea en él, lo que solo se sostiene en la creencia se deshace el día que alguien pide la prueba».

Antes de apagar, miró la columna de «Aún no lo sé». La pregunta de la niña seguía allí, la última: qué había antes. Esa no era de una noche. Y esa semana no las hubo.