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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 20 Un encargo

El viernes, a la vuelta de la piscina, Sofía traía una noticia del recreo. Llevaba el pelo mojado recogido en una coleta y la bolsa entre los pies.

—El de las gafas dice que su primo no encuentra piso, que están todos carísimos. Y que su padre dice que da igual, que la Constitución dice que tienes derecho a una casa, y que si no te la dan, vas al juez y te la tienen que dar.

—¿Eso dice su padre?

—Eso. Y que si el Estado te quita un derecho, hay un tribunal que te ampara. Que para eso está.

El padre puso el intermitente. La fila de la vivienda estaba hecha en la libreta, con su papel y su palabra, pero la había llenado deprisa, una de las últimas noches, con muchas filas todavía por delante. Había pasado por ella sin pararse.

—Lo tengo apuntado. Déjame mirarlo bien.

Sofía se puso a dibujar con el dedo en el cristal empañado. Una casa, con su chimenea y su humo.


Esa noche abrió la libreta por esa fila. La letra estaba bien copiada: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada». Al lado, el papel de los juzgados: en 2025 se habían practicado veinticuatro mil quinientos cuarenta lanzamientos, que es como llaman a sacar a una familia de una casa por orden de un juez. Eran un once por ciento menos que el año anterior; eso también lo había apuntado, aunque no le daba la razón. Las ejecuciones de hipotecas que llegaban a los juzgados, en cambio, habían pasado de veintitrés mil a más de treinta y un mil. Y la palabra: no cumple.

Lo que no había hecho era leer lo que venía detrás. Unos artículos más allá había otra frase, y esa lo cambiaba todo. Esos derechos, el de la vivienda y los demás que la Constitución pone a cargo de los poderes públicos, «Sólo podrán ser alegados ante la Jurisdicción ordinaria de acuerdo con lo que dispongan las leyes que los desarrollen».

Es decir: con la Constitución en la mano no se va al juez a pedir una casa. Hace falta una ley que diga cómo, y lo que esa ley diga es lo que se puede pedir. La Constitución lo llama derecho, pero es un encargo a los que hacen las leyes.

Amparo se lo había dicho el jueves, de pasada, entre los derechos y el tribunal de Europa, y él no lo había apuntado. Lo apuntó ahora, con su nombre al lado.

Buscó la fila de aquel otro artículo. La había rellenado él mismo, noches atrás: cumple. Y se cumplía al pie de la letra. El tribunal que mira si las leyes caben en la Constitución lo venía diciendo desde 1988 sin moverse: esos artículos, solos, no dan nada que se pueda pedir a un juez. Se quedó mirando una fila y la otra. La de la vivienda no se cumplía. La que se cumplía era la que impedía reclamarla.

Buscó entonces si alguien había hecho el encargo. Lo habían hecho: una ley de vivienda de 2023. Y el mismo tribunal había dicho, en 2024 y otra vez en 2026, que con esa ley el derecho sí se puede pedir. Lo que diga la ley, no lo que diga la Constitución. El padre del de las gafas no tenía toda la razón, pero tampoco le faltaba toda.

Lo del tribunal que ampara también existía: el recurso de amparo, ante el Tribunal Constitucional. Sofía IA le encontró en un momento la memoria del propio tribunal de 2025, con un resumen que sonaba muy bien, y él abrió la memoria. Ese año le habían llegado nueve mil ochenta y nueve recursos de amparo. Admitió cincuenta y nueve. La primera razón para no admitirlos, en más de la mitad de los casos, era la «falta de especial trascendencia constitucional». Volvió a la Constitución, a la parte del amparo, y la leyó despacio. No hablaba de trascendencia. El filtro no estaba ahí: estaba en la ley del propio tribunal.

Buscó la razón del otro lado, y era seria. El amparo es un recurso extraordinario. Los primeros que tienen que defender los derechos de cada uno son los jueces de siempre, y al Constitucional se llega después, cuando ya se ha pasado por ellos. Lo apuntó al lado.

Gea entró en la cocina a por agua, y él se lo leyó en voz alta, lo de la vivienda.

—Hombre, una casa para cada uno no se saca de debajo de una piedra. Hay que hacerla, y eso cuesta. Por eso lo dejan en manos de las leyes, que dirán cómo y cuándo.

Era la mejor defensa que había leído, dicha más corta que en ningún papel. La apuntó también.

—Y mira esto otro —le dijo—. Cuando el que no cumple soy yo, nadie espera a ninguna ley.

Se lo enseñó en la hoja de la carta, que ya se sabía de memoria. Lo que dice la Administración se da por válido y se ejecuta enseguida, y lo ejecuta ella misma, sin juez, hasta el embargo. Y si uno paga tarde, recargo: del cinco, del diez o del veinte por ciento, según lo tarde que pague. Cuando es Hacienda la que devuelve tarde, paga intereses, los mismos que cobra, pero ningún recargo.

Gea se sirvió el agua y se apoyó en la encimera.

—¿Y tú quieres que Hacienda vaya al juez por cada recibo? No habría jueces para tanto. —Bebió—. Y el recargo es para que la gente pague a tiempo. Tú pagaste a tiempo y no te cobraron nada.

—Eso es verdad. Y el interés es el mismo para los dos. —Pasó el dedo por la línea—. Lo que no es igual es el recargo.

—Pues apúntalo así, con todo. —Le apretó el hombro al pasar—. Y mañana hay taller.

Ya solo, encontró que la Constitución no hablaba igual cuando pedía que cuando prometía. Lo que debe el ciudadano se le exige directamente, y el deber de contribuir lo guardaba el cobro que acababa de enseñarle a Gea. Lo que deben los poderes públicos venía con otros verbos, «garantizarán», «promoverán», y con aquella frase detrás, la de las leyes que los desarrollen.

Y una cosa más, que era de su oficio. Lo que escribe un inspector de Hacienda en sus papeles hace prueba de los hechos, «salvo que se acredite lo contrario». Pero el Constitucional le había puesto un límite que él habría firmado: «ese valor probatorio sólo puede referirse a los hechos comprobados directamente por el funcionario, quedando fuera de su alcance las calificaciones jurídicas, los juicios de valor o las simples opiniones». En el taller era igual. Lo que el mecánico ve con la rueda en la mano vale. Lo que opina de cómo conduce el cliente, no.

Antes de cerrar la libreta dio con una frase de Santiago que parecía escrita para las promesas: «Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma».

En «Comprobado», con su letra apretada de taller, dejó: «La Constitución llama derecho a la vivienda, pero no se puede pedir al juez sin una ley que diga cómo. Y el tribunal que ampara, de cada cien que llaman a su puerta, abre a menos de uno». Y debajo: «Cuando no cumple uno, el Estado cobra solo, sin juez y con recargo. Cuando no cumple el Estado, hace falta antes una ley. El interés es igual; el recargo, no».

Y en «Lo que yo creo»: «Que lo que no se puede reclamar es una promesa, no un derecho». Y otra, que le salió sola, mirando una fila y la otra: «El Estado cobra con la ley de los hechos consumados y paga con la ley de los hechos aplazados».


El sábado por la mañana bajó al taller a terminar un coche que había prometido para el lunes. A media mañana paró en la puerta un monovolumen gris, y de él bajó un hombre que conocía de la puerta del colegio: el que esperaba a mediodía junto a la farola, con las manos en los bolsillos.

—Justo —dijo, y le tendió la mano—. Mi chico va a clase con tu niña. El de las gafas.

—Ya sé cuál.

Al arrancar en frío le chillaba la correa. El padre levantó el capó, la miró con la linterna y le dijo que tenía arreglo esa misma mañana, si podía esperar. Justo se sentó en la silla de plástico junto a la máquina del café, como se sentaban todos, y enseguida estaba hablando de su sobrino.

—Con la edad que tiene, y en casa de su madre. No hay piso. Y mira que está en la Constitución: derecho a una vivienda digna. Si no se la dan, al juez. Para eso está.

El padre aflojó el tensor y sacó la correa vieja. Por fuera parecía buena. Por dentro, por donde no se ve, estaba cuarteada.

—Eso lo miré anoche —dijo—. Lo de la vivienda está en la Constitución, sí. Pero unos artículos más allá pone que solo se puede pedir al juez según las leyes que lo desarrollen. Es un encargo a los que hacen las leyes. Con la Constitución sola no te dan una casa.

—Pues para eso se vota. Si la ley no te gusta, votas a otros que la cambien.

—Eso es verdad.

—Y mejor con Constitución que sin ella, ¿o no?

—Mejor con ella.

Justo se cruzó de brazos, conforme.

—¿Y el tribunal? El del amparo.

—Existe. Pero el año pasado le llegaron más de nueve mil recursos y admitió cincuenta y nueve. A la mayoría les dice que no tienen especial trascendencia. Y eso no lo pone la Constitución: lo pone la ley del tribunal.

—Hombre, si cada uno que tiene un problema se va al Constitucional…

—También es verdad. Los primeros que tienen que defenderte son los jueces de siempre. El Constitucional viene después.

—¿Ves? Al juez.

—Al juez, con una ley en la mano. —Le enseñó la correa nueva antes de ponerla—. Y para tu sobrino algo hay: desde 2023 hay una ley de vivienda, y el Constitucional ha dicho que con esa ley sí se puede pedir. Lo que diga esa ley.

Justo lo pensó mirando cómo montaba la correa.

—Pues yo le voy a decir que vaya igual.

—Que vaya con un abogado —dijo el padre, que era lo que el gestor le decía a él cuando había dinero de verdad—. Y que guarde copia de todo.

Arrancó el motor. No chillaba nada. Justo pagó en el acto, con tarjeta, cosa que el padre agradeció más que la conversación, y se fue diciendo que volvería para el aceite. Ninguno había convencido al otro. El padre tiró la correa vieja al bidón y se quedó un momento mirándola.


Gea volvió de la panadería a mediodía con la barra debajo del brazo. Desde la puerta de la cocina los vio sentados: él en su silla, la niña en el borde de la de al lado, y entre ellos la mesa a medio poner, con los tenedores en fila como soldados. No estaban hablando de tenedores. Lo supo por el silencio, que no era de enfado.

No preguntó. Dejó el pan, le dio un beso a la niña en el pelo y otro a él en la frente, y terminó de poner la mesa.

Mientras comían, Sofía estuvo callada. Hacía bolitas con la miga, que era lo que hacía cuando pensaba. Al final, con la cuchara en la mano, preguntó:

—Papá, si no cumple lo que promete, ¿por qué manda? ¿Quién le dio el poder al primer Estado?

Gea lo miró a él. Antes de la carta, a una pregunta así le habría contestado lo primero que hubiera oído en la radio, y muy seguro.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.

Gea siguió comiendo. Por la tarde, cuando él volvió al taller, encontró la libreta en la mesa de la cocina, abierta por la fila de la vivienda. Al lado de la frase de las leyes que la desarrollen había un nombre escrito con el lápiz corto: «Amparo». Gea cerró la libreta y sonrió.