Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 21 La cuerda
El domingo comieron en casa de la abuela, la madre de él, en su piso pequeño de la mesa camilla y las fotos de todos encima del aparador. Había hecho natillas, como cada domingo que iban, y las tenía en la nevera desde por la mañana, tapadas con un plato.
Antes del postre sacó una carta del cajón y se la puso delante a su hijo, con las gafas en la punta de la nariz. Era de la Seguridad Social: le decían cuánto le subían la pensión.
—Lo mío —dijo, dando golpecitos en el papel con el dedo—. Lo que yo he puesto toda la vida. Ni un duro regalado.
—¿Y dónde lo tenían guardado, abuela? —preguntó Sofía.
—En la hucha de las pensiones, hija. Donde va a estar. Lo que una cotiza se lo guardan para cuando es mayor.
Él leyó la carta entera, porque ahora leía las cartas enteras. Lo de la hucha era la misma frase de la clienta de la revisión, la que tenía apuntada en la libreta del taller, en «Aún no lo sé», desde hacía semanas. Era también lo que él había creído siempre, y no lo había mirado nunca. No iba a discutirle a su madre una cosa que no había comprobado. Gea lo miró por encima de la fuente de las natillas, y él negó despacio con la cabeza: ahora no.
En el coche, de vuelta, Sofía le preguntó de dónde salía la pensión de la abuela, y si la tenían en una hucha, como la suya. Él le contestó lo único que podía contestar sin engañarla: que aún no lo sabía.
Esa noche buscó la ley de la Seguridad Social, y lo encontró pronto, en una frase seca: «El sistema financiero de todos los regímenes que integran el sistema de la Seguridad Social será el de reparto».
De reparto. Lo que se paga hoy reparte las pensiones de hoy. Lo que él pagaba cada mes con la cuota del taller y lo que le descontaban a Gea en la nómina no se guardaba para cuando fueran mayores: pagaba la pensión de su madre, y la de todos los mayores de ahora. Y lo que su madre había pagado toda la vida no estaba en ningún sitio esperándola: había pagado las pensiones de los mayores de entonces. No era una hucha. Era una cadena.
La hucha existía, eso sí. Se llamaba Fondo de Reserva, y la buscó año por año, porque no se fiaba de los resúmenes. En 2011 había llegado a tener sesenta y seis mil ochocientos quince millones. Al año siguiente, un decreto dejó sin efecto el límite de lo que se podía sacar cada año: «no resultará de aplicación el límite del tres por ciento». Y se fue sacando, un año detrás de otro, hasta dejarla casi vacía. Ahora volvía a tener más de catorce mil millones, pero no por lo que se había guardado, sino por una cotización nueva que pagan desde 2023 los trabajadores y las empresas.
Y en qué estaba. La ley manda invertirla en títulos públicos, y el último informe a las Cortes lo decía claro: «La cartera está compuesta, exclusivamente, por deuda pública española». La hucha de las pensiones no guardaba dinero: guardaba papeles en los que el propio Estado prometía devolverlo. En el comité que decide dónde se pone se sienta el director general del Tesoro. En los últimos diez años había rendido un cero coma doce por ciento al año, mientras los precios subían un dos coma treinta y nueve. Como la hucha de Sofía, perdía fuerza.
Después miró la cadena por el otro lado, por los que la sostienen. Unos dos afiliados por cada pensión. Y nacían uno coma diez hijos por mujer.
A dónde va cada euro también estaba publicado, y lo leyó sin hacer tabla, que esa ya la habían hecho otros. De cada cien euros que gastaron en 2024 entre todas las administraciones, cuarenta y uno fueron a protección social; de esos cuarenta y uno, casi veintitrés eran pensiones de vejez. Algo más de cinco, a intereses de la deuda. Y lo que las cuentas llaman vejez lleva dentro, juntas, las pensiones de la Seguridad Social y las de los funcionarios del Estado, que salen de los Presupuestos.
Buscó lo que se le podía contestar, y lo había, y era serio. La pensión depende de lo que uno cotizó y de los años que cotizó: en eso, su madre tenía razón. El Estado la garantiza, y la Constitución manda que las pensiones sean «adecuadas y periódicamente actualizadas»: la carta de la mesa camilla era eso. La ley pide que el fondo sea seguro, y la deuda del Estado es de lo más seguro que hay. La hucha es un colchón para los años malos, no un ahorro de cada uno, y se usó para lo que se hizo, para pagar pensiones: nadie se la llevó. En veinte años, había rendido algo por encima de los precios. Y la pensión de aquí, comparada con el sueldo, es de las altas: el ochenta coma cuatro por ciento del salario, frente al cincuenta y dos de la media de la OCDE. Lo apuntó todo al lado.
Antes de apagar la luz buscó lo que dice la ley de Dios de lo que a uno le confían. Del que retuvo un depósito, el Levítico dice que «lo restituirá, pues, por entero, y añadirá á ello la quinta parte». Y unas páginas más allá encontró otra que se quedó mirando un rato, pensando en la carta de la mesa camilla: «Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano».
En «Comprobado» escribió: «La pensión de la abuela la pagan los que trabajan hoy: el sistema es de reparto. Lo que ella pagó, pagó las pensiones de su tiempo. La hucha de las pensiones guarda deuda del propio Estado, y ha ganado menos de lo que subían los precios. La pensión depende de lo cotizado, y el Estado la garantiza».
Y en la columna suya, la de «Lo que yo creo»: «Que la palabra “hucha” hace creer una cosa que no es. Y que lo que se confía hay que devolverlo entero».
Debajo escribió algo más, despacio, porque sabía que era lo más fuerte que había puesto nunca en esa columna: «Quien guarda el dinero de otros tendría que hacerlo crecer, en cosas sólidas del país, para devolverlo cuando uno es más débil. Prestárselo al mismo Estado, que pone el interés sabiendo que el dinero pierde valor, no es guardarlo. Ahí yo veo mala fe». Y justo debajo, para no engañarse, lo que valía en contra: que la ley obliga a invertirlo así; que se usó para pagar pensiones; que en veinte años ganó algo a los precios; y que una cosa que se repite no prueba que alguien la quiera.
El miércoles, en el patio del colegio, mientras esperaba a que saliera Sofía, vio a un grupo de niñas jugando a la comba. Las de los extremos daban a la cuerda y las demás saltaban, por turnos. Cuando a una le tocaba salir, se ponía a dar a la cuerda, y la que daba entraba a saltar. Se quedó mirándolas más de lo que habría mirado otro día.
En el coche se lo explicó a Sofía con la comba, y ella lo entendió a la primera. Luego se quedó callada, con la frente pegada a la ventanilla, y preguntó lo que él todavía no se había preguntado en voz alta:
—¿Y si cada vez hay menos niñas para dar a la cuerda?
Él la miró por el espejo. Uno coma diez hijos por mujer. La niña había llegado sola al sitio donde la cosa se ponía seria.
Al salir del taller pasó por la pastelería. Lo tenía apuntado.
Cuando subió los quince escalones con la bandeja, Amparo y Gea estaban en la cocina con el café, y Gea ya le había contado lo de la carta de la abuela.
—Ha traído postre —dijo Gea.
—Lo tenía apuntado.
Amparo miró la bandeja por encima de las gafas, no dijo nada y cogió el primero.
—Lo de tu madre —dijo luego—. Yo me voy a jubilar por la Seguridad Social, como tú. Como casi todos los del ayuntamiento. Y mi cuota de empresa la paga el ayuntamiento. Con vuestros impuestos, sí. Eso también lo pongo yo encima de la mesa.
Él sacó la libreta. Había dos bolsas, y se publican aparte. En una, la Seguridad Social: la de su madre, la de los autónomos, la de casi todo el mundo. En la otra, Clases Pasivas: los funcionarios del Estado que entraron antes de 2011. La pensión media de la segunda era uno coma siete veces la de la primera. Una de cada quince pensiones se llevaba uno de cada nueve euros.
—Clases Pasivas es un régimen a extinguir —dijo Amparo—. Desde 2011, los que entran cotizan como todos, con las mismas edades. Lo que ves es lo que queda.
—Y lo que queda conserva su regla. Se pueden jubilar a los sesenta, si llevan treinta años de servicio. La regla de todos, este año, es a los sesenta y seis años y diez meses.
—Eso es verdad.
—Y los que entraron después no salen de la cuenta: están en la otra bolsa, con la cuota de empresa pagada con impuestos. Como la tuya.
—Como la mía. —Amparo dejó la taza—. Y ahora dime quién está en Clases Pasivas. No son los políticos. Son maestros, militares, guardias civiles, jueces, gente de la Administración.
—Por eso lo he apuntado por el régimen, no por la gente.
Gea partió otro pastel y lo repartió.
—¿Y lo de los expresidentes? —dijo—. En la peluquería dicen que cobran el ochenta por ciento del sueldo toda la vida.
—Eso no es así —dijeron Amparo y él a la vez, y se miraron.
Él lo había leído el lunes. La pensión de un expresidente del Gobierno es el ochenta por ciento, sí, pero durante tanto tiempo como estuvo en el cargo y con un máximo de veinticuatro mensualidades. No es para toda la vida. Lo que sí tiene desde que cesa son dos puestos de trabajo a su servicio, una oficina pagada con los Presupuestos y un coche con conductor, y el decreto no le pide que justifique en qué gasta la oficina.
—Pues en la peluquería lo dicen muy seguras —dijo Gea.
—Lo que no tiene papel no se admite —dijo él, y Gea se rio, porque era la primera línea de su libreta.
Amparo pasó una hoja.
—Pon también lo del despido, que lo vas a poner igual.
—A mí, si un día me echan por causas objetivas —dijo Gea—, veinte días por año, con un máximo de doce mensualidades.
—Y a mí, solo por una falta muy grave o una condena —dijo Amparo—. Ya lo sé. Y no voy a pedir perdón por haber aprobado una oposición.
—Nadie te lo pide —dijo él—. Lo apunto como está.
—Pues apúntalo como está.
Esa noche, ya en la cama, con la luz apagada, Sofía volvió a hablar cuando él creía que estaba dormida.
—Papá. Si los de ahora pagan a los de antes, y los de antes pagaban a los de más antes… ¿quién empezó? ¿Quién le dio el poder al primer Estado?
Él se quedó en la puerta, con la mano en el interruptor.
—Esa me la debes desde el otro día —dijo ella, medio dormida.
—Lo sé. Déjame mirarlo.