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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 19 La mejor defensa

Amparo vino el jueves, otra vez por la tarde, y esta vez no traía nada que devolver. Gea la había llamado. Sofía hacía los deberes en su cuarto con la puerta entornada, y en la cocina olía a café.

Él le puso delante la libreta abierta por la tabla. Amparo se colocó las gafas en la punta de la nariz y pasó el dedo por la primera fila, despacio, como se pasa por una factura que no cuadra.

—¿Esto lo has hecho tú solo?

—Con papeles.

—Ya lo veo. —Pasó una hoja—. Vamos por partes. Lo que te voy a decir no es mío: es lo que diría cualquiera que defienda esto en serio. Y hay que defenderlo en serio, porque si no, no vale lo que tú has hecho.

Empezó por arriba. Los pilares, dijo, funcionan: un Estado social y democrático de Derecho, la soberanía del pueblo, el pluralismo. Lo que falla son casos concretos, una lengua en una escuela o una bandera en un ayuntamiento, y los tribunales los corrigen.

—Los partidos —dijo él—. Tienen que ser democráticos por dentro, lo dice la Constitución. Un grupo del Consejo de Europa le hizo a España seis recomendaciones sobre su dinero, y en 2011 no se había cumplido del todo ninguna.

—¿Y en 2016?

Él miró la fila.

—Cinco.

—Pues apúntalo también.

—Está apuntado.

Así fueron, título a título: los derechos, la Corona, las Cortes, el Gobierno, los jueces, la Hacienda, las comunidades, el Constitucional, la reforma. En cada uno, Amparo daba la mejor razón que tenía, y casi siempre era buena.

En los derechos dijo que España es una democracia de verdad, con jueces, con el Constitucional y con el Tribunal Europeo de Derechos Humanos detrás; y que lo de la vivienda y los demás principios no son derechos que se reclamen mañana, sino encargos a quien hace las leyes. Él le habló del tribunal de Europa, que había condenado a España entre nueve y diez veces por no investigar bien denuncias de torturas o malos tratos; y del confinamiento, que el propio Constitucional llamó después «un vaciamiento de hecho o, si se quiere, una suspensión del derecho».

—Eso lo dijo el Constitucional —dijo Amparo—. Lo dijo, ¿eh? Eso también es que funciona.

—Después.

—Después. Pero lo dijo.

En los jueces le puso delante lo que él ya tenía en «Comprobado»: que el Supremo había condenado a un Fiscal General del Estado en ejercicio, la primera vez desde que hay democracia. Él se lo concedió, y le enseñó la línea de al lado: el Fiscal General lo sigue nombrando el Gobierno. En la reforma, que la Constitución se ha reformado cuatro veces y el procedimiento funciona. Él: las cuatro sin referéndum, y una de ellas para que la deuda se pague antes que nada.

Amparo cerró la libreta con el dedo dentro.

—Mira. Te digo lo que veo. El sistema también se corrige a sí mismo, y no una vez. El Constitucional avaló en 2012 la ley que amplió el matrimonio, en vez de recortarlo. El tribunal de la Unión obligó a España a empezar a corregir la temporalidad de los empleados públicos. La ley de amnistía la frenaron en parte. Y la cobertura del paro, en noviembre de 2025, fue la más alta de su serie para ese mes. Eso no es una máquina hecha para fallar.

—No. Eso está en la libreta. En «Comprobado».

Abrió por la fila del derecho de reunión. No se notaba nada, así que se lo contó.

—Y esta la puse mal. La corregí yo.

Amparo se rio por primera vez.

—¿Ves? Hasta tú te corriges.

—Por eso me fío de lo demás. —Volvió a la tabla—. Pero fíjate en dónde se corrige deprisa. Cuando se pelean entre ellos, el Gobierno con el Congreso o una comunidad con el Estado, se litiga y se resuelve, y casi siempre pronto. Cuando el que pide es uno de fuera, una lista de espera, una vivienda, una pensión, tarda años o no llega.

—Eso ya es lo que tú crees.

—Por eso va en la otra columna.


Ella le dio la vuelta a la libreta para leer una fila al revés.

—Lo de los niños.

—Uno de cada tres niños en riesgo de pobreza o de exclusión social, frente a uno de cada cuatro en el conjunto. Y el artículo dice que los poderes públicos aseguran la protección de la familia.

—El artículo sigue ahí.

—Por eso. —Se quedó pensando cómo decírselo—. Un coche puede tener la pegatina de la inspección en el cristal y, al cabo de unos meses, los frenos gastados. La pegatina sigue pegada. Dice que el coche frena. El que conduce se fía de la pegatina.

Esa semana había encontrado que la idea era muy vieja. Un griego la había explicado con una estatua: «por materia entiendo, por ejemplo, el bronce; por forma, la figura; y por lo que resulta de ambas, la estatua, el conjunto». Sin el bronce, la figura es un dibujo en un papel. Un romano se lo había escrito a su emperador: «el tirano se distingue del rey por los hechos, no por el nombre». Y en un reino de África, cualquiera del pueblo podía empezar el proceso para destituir a un jefe, y si lo destituían, le quitaban el taburete, el símbolo del cargo. La forma se quedaba en el sitio; el que la había vaciado, no.

—Nosotros también nos medimos así —dijo Amparo, y le sorprendió a él más que a ella—. Hay auditorías que no miran si se siguió el procedimiento, sino si se consiguió lo que se quería. El Tribunal de Cuentas lo pone en su manual: si las actuaciones «son concordantes con los principios de eficacia, eficiencia y economía».

—Por los resultados.

—Por los resultados. No te acostumbres.

Él le leyó los siete casos que tenía apuntados con esa vara. Amparo los fue separando con el dedo. Dos estaban arreglados o arreglándose: la zona de bajas emisiones de Madrid, que un tribunal anuló, y la hucha de las pensiones, que se usó para pagar pensiones y había vuelto a crecer. Dos no eran incumplimientos, sino cosas de diseño: la asignación de los diputados, que la Constitución autoriza a que se la pongan ellos, y una expropiación que, por lo que se sabe, se pagó con una ley de hace setenta y dos años. Él se lo concedió. Ella le concedió a él los otros tres, que seguían sin resolver: el IVA de los autónomos pequeños, por el que la Comisión Europea había llevado a España ante el tribunal de la Unión; la presunción de inocencia en las multas, que hay que pelear caso por caso; y los niños.

—Tres es tres —dijo ella.

—Y dos es dos.


En la puerta, con el bolso al hombro, Amparo se volvió, como la otra vez.

—Y te voy a decir una cosa que no está en tu libreta, porque la veo. Hay leyes que obligan a decidir en minutos lo que un juzgado tarda meses en aclarar. Una familia en un piso que dice que es suyo y otra que dice lo mismo, a la una de la madrugada. La ley tiene vías: al propietario le da una para pedir «la inmediata recuperación de la plena posesión». A quien denuncian, una audiencia que «habrá de celebrarse en un plazo máximo de setenta y dos horas». Y los jueces deniegan cuando no ven claro. Pero el primer momento es el primer momento.

Él pensó en las averías que se diagnostican en la cuneta, con la grúa esperando y el cliente nervioso. Salen peor que en el taller, con el coche en la elevadora y tiempo para mirar. No porque el mecánico sea peor.

—No es que la gente sea mala —dijo.

—No. Es que hay que decidir antes de saber.

Esa noche lo escribió en «Lo que yo creo», con sus palabras: «No hace falta menos protección para nadie. Hace falta más prueba en el primer momento». Y debajo, porque ella se había reído con lo de la goma, apuntó: «Amparo. La próxima vez, que haya postre».