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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 18 Ciento sesenta y nueve

La primera noche leyó el primer artículo varias veces y no apuntó nada. Decía que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, y que la soberanía reside en el pueblo. Eso ya lo tenía en la hoja, de cuando buscó quién dijo que sí. Lo que no tenía era la manera de medir lo demás.

La encontró en el taller, como casi todo. Cuando un cliente le dice que el coche ya está arreglado, porque se lo ha arreglado un cuñado, él no discute: lo arranca y mira si funciona. No lo que pone la factura del cuñado. Lo que hace el coche.

Así que haría lo mismo con cada artículo. Primero, lo que dice, con su letra, copiado tal cual. Después, lo que pasa, con un papel que lo diga: una sentencia, un informe, una estadística. Y al final, una palabra sola: cumple, no cumple o por ver. Nada de opinar en cada línea. La opinión, si la había, iría aparte, al final, y diciendo que era suya.

La hoja de las tres columnas no daba para tanto. Sacó la libreta del taller, la de las averías raras, y por la parte de atrás, después de la página de las palabras, trazó con la regla una tabla con una fila por artículo. Contó las filas que le iban a hacer falta. Ciento sesenta y nueve.

Algunos artículos se cumplían solos: la capital del Estado es la villa de Madrid, y nadie lo discute. Otros tenían detrás una ley entera. Otros, solo una frase bonita. Y algunos tenían dentro varias frases, varios apartados, y se cumplían unos y otros no. Con esos hizo lo que hace con un coche que trae más de una avería: si una no está arreglada, el coche no está arreglado.

Sofía IA le ayudaba a buscar. Encontraba deprisa, más deprisa que él, y le daba resúmenes que sonaban muy bien. Él le pedía siempre el papel. El de verdad, el que se pudiera leer entero.


La cuarta o la quinta noche llegó al derecho de reunión. «Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas». Sofía IA le resumió que una ley castigaba a quien protestara delante del Congreso, y él lo apuntó en la tabla con rabia: no cumple. Era la primera fila que le daba la razón, y la escribió apretando el lápiz.

Unas noches después, buscando otra cosa, tuvo delante esa ley, la de seguridad ciudadana, y la leyó entera. No castigaba la protesta. Castigaba como infracción grave «la perturbación grave de la seguridad ciudadana» con ocasión de las reuniones delante del Congreso, del Senado o de los parlamentos de las comunidades. Reunirse sin avisar era una infracción leve. Y el tribunal que mira si las leyes caben en la Constitución la había examinado: le quitó las palabras «no autorizado» en otro punto y dejó el resto en pie.

Se quedó un rato mirando la fila. Lo primero que había apuntado con rabia era lo primero que tenía que borrar. Lo borró con la goma hasta que no se notó y escribió: cumple. Debajo de la tabla, en el margen, dejó una regla para las noches siguientes: si un tribunal mira una queja y dice que no tiene razón, eso no cuenta como incumplido. Cuenta como cumplido, y limpio.

Con los sindicatos le pasó lo contrario. El artículo dice que su funcionamiento tiene que ser democrático, y el único papel que encontró fue un informe sobre un contrato que cumplía la ley. No le servía ni para un lado ni para el otro. Lo puso en «por ver», y no le gustó, porque una fila sin terminar le molestaba como un tornillo sin apretar. Pero era lo que había.


Una noche, buscando cómo se revisa algo tan grande sin perderse, dio con un fiscal americano de 1945. Se preparaba el juicio de Núremberg, y él escribió a su presidente que había que dejarlo todo por escrito, con claridad y precisión, para que el futuro, en tiempos de paz, no encontrara increíbles las acusaciones hechas durante la guerra. Y una frase que el padre copió en la libreta, debajo de la tabla: «Debemos probar hechos increíbles con pruebas creíbles».

En el juicio, el mismo fiscal dijo a los jueces que no les pediría condenar a nadie por lo que dijeran sus enemigos: «No hay cargo de la acusación que no pueda probarse con libros y registros». Con sus propios papeles.

Eso era lo que estaba haciendo, y no sabía que tenía nombre. No se juzgaba al poder por lo que se contara de él. Se le ponía delante su propia letra, y al lado, lo que había pasado.

Algunas filas se entendían solas. «Los Diputados y Senadores percibirán una asignación que será fijada por las respectivas Cámaras». La fijaban ellos mismos: en 2026, algo más de tres mil trescientos euros al mes, la misma para todos los diputados, y luego los complementos. En el taller, el precio de la hora lo ponía él, pero el cliente se podía ir al taller de enfrente. Para el Congreso no había taller de enfrente.

Otra: el órgano que gobierna a los jueces tiene que renovarse cada cierto tiempo, y estuvo cinco años y medio con el mandato caducado, de diciembre de 2018 a junio de 2024. El grupo del Consejo de Europa que vigila la corrupción lo llamó, por escrito, «un asunto de preocupación crítica».

Ninguna de esas filas, leída sola, probaba más de lo que decía. Cada una tenía su explicación, y algunas eran buenas. Pero él sabía lo que pasa cuando un coche viene montado con piezas de varios sitios, todas legales, todas con su sello. Cada pieza, sola, está bien. Lo que hay que mirar es si el coche anda. En «Lo que yo creo» escribió: «Nadie ha tenido que diseñar nada a escondidas. Basta con que cada pieza parezca razonable y con que nadie se siente a mirarlas todas juntas».


Las últimas noches fueron las de los derechos que la Constitución pone a cargo de los poderes públicos: la familia, la salud, la vivienda, la cultura. Pasó por el de la vivienda sin pararse. Tenía delante muchas filas, y era tarde.

Una noche, por fin, escribió la última fila y se puso a contar con el lápiz, como cuenta las piezas de una caja. Ciento sesenta y nueve artículos. Noventa y tres se cumplían. Sesenta y nueve no. Siete estaban por ver. Y en veintitrés de los que no se cumplían no hacía falta su libreta: ya lo había dicho por escrito el Tribunal Constitucional, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el de la Unión Europea o un organismo de fuera.

Luego hizo dos montones. En uno, los artículos que tocan a la gente en su vida de cada día: los derechos, el trabajo, la salud, la vivienda, la familia, los jueces cuando uno los necesita. En el otro, los que organizan a los que mandan: cómo se eligen, cómo se reparten el poder, quién controla a quién. Sesenta y seis en el primero; ciento tres en el segundo.

En el de la gente, no se cumplían cuarenta y uno: más de seis de cada diez. En el de los que mandan, veintiocho: menos de tres de cada diez. El título de los derechos, el que la gente toca cada día, era el que más filas tenía sin cumplir: veinticinco de cuarenta y seis.

Y quiso medir otra cosa, la que más le importaba. Las veces en que de verdad alguien se había pasado de la raya, ¿cuántas lo había parado otro poder? En los artículos de la gente, dos de cuarenta y tres. En los de los que mandan, diez de treinta y ocho. El freno funcionaba más de cinco veces más a menudo cuando el poder se controlaba a sí mismo que cuando protegía a la gente.

Lo apuntó en «Comprobado» tal cual, con el porqué al lado de cada número. Y apuntó también lo que no encajaba con su enfado, porque si no lo apuntaba no valía lo demás: que más de la mitad de los artículos se cumplían; que doce veces un tribunal había parado de verdad un intento de pasarse; que los frenos funcionaban, a veces; y que siete filas seguían por ver. No era un rey que disuelve el Parlamento. Era una balanza que pesaba más de un lado.

Gea lo encontró de madrugada con la libreta abierta y el lápiz sin punta. Leyó la cuenta de pie, con el vaso de agua en la mano.

—Esto se lo tienes que enseñar a Amparo.

—Por eso lo he hecho con papeles.