Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.
Capítulo 20 Papá, ¿todo se publica?
Para sumar lo que pagaban en casa hacía falta la nómina de Gea, y la de ese mes aún no había llegado. La pregunta de Sofía se quedó en la columna de «Aún no lo sé», esperando un sobre.
Mientras tanto, la niña se llevó la carpeta al recreo. No la de cartón, que seguía en el cajón de los papeles del taller, sino lo que ponía en la tapa. A la hora del bocadillo se lo contó a la de la trenza y al de las gafas: que su padre lo guardaba todo, lo que pedía y lo que le contestaban, cada cosa con su fecha.
A la salida venía con el ceño fruncido.
—El de las gafas dice que su padre dice que eso de la carpeta es una tontería. Que el Gobierno lo publica todo en internet, y que el que no se entera es porque no mira.
El padre se colgó la mochila de la niña al hombro.
—Papá, ¿todo se publica?
—Mucho, sí. Si todo, no lo sé.
—Pero ¿sí o no?
—Si te digo que sí sin haberlo mirado, te estoy dando una presunción.
Sofía puso los ojos en blanco, porque esa palabra ya se la sabía, y echó a andar por la avenida pisando las hojas secas que más crujían.
Esa noche se lo preguntó primero a Sofía IA, por ganar tiempo.
«¿Se publica lo que cobran los que mandan? ¿Y el total?».
Sofía IA: Sí. El Portal de la Transparencia publica lo que cobra cada alto cargo del Gobierno, y el total de cada año.
«¿Has visto ese total? Dame la página».
Sofía IA: No la tengo. Lo he sacado de resúmenes que lo cuentan así; los ficheros no los he abierto. Esto no lo he podido comprobar.
Al principio le habría dado la página aunque no existiera. Ahora le bastaba una pregunta para reconocerlo. Él asintió delante de la pantalla y fue a abrir los ficheros.
Lo que cobra cada alto cargo, que es como se llama a los de arriba de cada ministerio, estaba publicado, uno por uno. Pero no en una página: en veintitrés ficheros, uno por ministerio. Y ninguno traía el total.
Uno de los ficheros no se abría: daba un error del servidor. Lo intentó tres veces. Nada. Un callejón, y lo apuntó como tal.
Sacó el lápiz corto, el de los presupuestos, y empezó a sumar, fichero a fichero, como quien suma las piezas de una avería grande. Le llevó varias noches. Y por el camino aprendió que lo que sumaba no eran personas, sino apuntes: una misma persona podía salir más de una vez, y cuando cambiaba el Gobierno salían más. Lo apuntó al lado, para que nadie creyera que eran tantas personas.
Cuando terminó, la suma de un año, solo de los de arriba del Gobierno, se acercaba a los setenta millones de euros. No la había publicado nadie. La había hecho él, con un lápiz.
Luego buscó a los asesores de confianza. Del total, nada: solo constaba lo que cuestan los del presidente del Gobierno.
Y luego, lo que cobran los cargos de las comunidades y de los ayuntamientos. Ahí se le cayó el lápiz. Estaba recogido, pero sin sumar, y para sumarlo había que consultar, una a una, más de ocho mil entidades: ayuntamientos, diputaciones, gobiernos de cada comunidad.
—Vaya puzle más grande —dijo en voz baja.
Gea apareció en la puerta de la cocina, en pijama, con un vaso de agua.
—¿Qué sumas a estas horas?
—Lo que no suma nadie.
Ella miró las hojas llenas de números y se sentó un momento a su lado.
—Hombre, por lo menos está. Cualquiera lo puede mirar. Y lo que no está, lo puedes pedir, ¿no?
Era la mejor defensa, y era verdad. Lo buscó, y estaba en la ley con todas las letras: «Todas las personas tienen derecho a acceder a la información pública». Cada dato que él había sumado lo publicaban porque la ley les obligaba a publicarlo. A lo que la ley no les obligaba era a sumarlo.
—Pues pídelo sumado —dijo Gea—. Por escrito, como lo de la carta. Y la copia, a la carpeta.
Buscó cómo se pide. Lo puede pedir cualquiera, y no hace falta decir para qué. Tienen un mes para contestar, que pueden alargar otro si es mucho trabajo; y si no contestan, la respuesta es que no. Escribió una sola pregunta: cuánto cobraron en total, el año pasado, los altos cargos, los asesores y los cargos elegidos de todas las administraciones. La firmó, la mandó y grapó la copia en la carpeta de cartón.
Antes de acostarse abrió la Biblia de su madre, que seguía en la mesa desde lo del jardín, y buscó una línea que conocía de oídas. Estaba en el Evangelio de Lucas: «Porque nada hay encubierto, que no haya de ser descubierto; ni oculto, que no haya de ser sabido».
No decía que nadie lo escondiera. Él tampoco lo había encontrado: sumarlo no estaba prohibido; solo no era obligatorio. Pero sí decía cómo acaba lo que se tapa.
En «Comprobado» escribió: «Se publica cada pieza, y la suma no. La ley obliga a publicar cada dato; nadie está obligado a publicar la suma. La de los de arriba del Gobierno la he hecho yo: en un año, cerca de setenta millones. La de las comunidades y los ayuntamientos no la puede hacer un hombre solo. Tiene su razón: está todo, y cualquiera lo puede pedir. No he encontrado que se esconda a propósito».
Y en «Lo que yo creo»: «Que lo que se publica suelto cumple la letra y no el fin. Un montón de piezas sin la tapa no es un puzle: es un montón».
El domingo llovió desde por la mañana. Después de comer, Gea bajó del altillo del armario una caja vieja, atada con una goma.
—Un puzle —dijo, y lo volcó en la mesa de la cocina—. La tapa se perdió hace años. No sé lo que sale.
Él la miró. Ella no le devolvió la mirada: apartó el salero y se puso a buscar los bordes.
—Primero los bordes —dijo—. Siempre.
Sofía se puso de rodillas en la silla y removió las piezas con las manos.
—¿Y cómo vamos a saber dónde va cada una, si no sabemos lo que sale?
—Juntándolas —dijo Gea.
Estuvieron un buen rato. Gea con los bordes, Sofía con todas las piezas azules, que eran cielo seguro, y el padre con las que no eran de nadie.
—Papá, ¿y lo de internet? ¿Al final todo se publica?
—Más o menos como esto. —Señaló la mesa—. Las piezas están todas. Cada una en su sitio de internet, y cada sitio en su caja. Lo que no hay es tapa: nadie ha puesto el dibujo entero.
—¿Y por qué no la ponen?
—Porque la ley les obliga a publicar cada pieza. La tapa no se la pide nadie.
—Entonces el padre del de las gafas tiene razón.
—Tiene su parte. Está todo. Lo que no está es la suma.
Sofía cogió una pieza azul y le fue dando vueltas hasta que encajó.
—¿Y lo esconden?
—No he encontrado que lo escondan. Está todo a la vista. Solo que suelto.
—Pues suelto es como escondido —dijo la niña—. Pero sin tener que esconderlo.
El padre dejó la pieza que tenía en la mano. A él le había costado varias noches llegar ahí, y ella había llegado con una pieza de cielo.
—Eso lo creo yo también. Pero eso va en «Lo que yo creo». Lo comprobado es que está suelto.
—¿Y tú lo has juntado?
—Un trozo. El de los de arriba del Gobierno, con el lápiz. El resto no lo puede juntar un hombre solo.
—Pues que lo junten ellos, que tienen todas las piezas.
—Eso he pedido. Por escrito.
—¿Y te lo van a dar?
—Tienen un mes para contestar.
—¿Y si no contestan?
—Entonces es que no. Y eso también va a la carpeta.
A media tarde, a Sofía le sobraba una pieza. La había probado en todas partes.
—Esta no es de aquí. Será de otro puzle.
—Es de este —dijo él—. Todas son del mismo dibujo, aunque cada una suelta no lo parezca.
Le cogió la mano con la pieza y se la llevó despacio hasta un hueco en el centro, donde no había mirado nadie. Encajó.
—Con la gente pasa igual, hija. Todos somos uno. Lo que hemos perdido es la conexión, y cada uno mira solo su pieza y se cree que va suelto.
Sofía se quedó mirando el hueco que ya no estaba.
Cuando pusieron la última, era un árbol grande, cargado de fruta, en medio de un campo. Antes de desmontarlo, Gea le hizo una foto con el móvil.
—Mañana la imprimo y se la pego a la caja —dijo—. Para la próxima vez. Ya tiene tapa.
Sofía miró la foto en la pantalla, y luego a sus padres.
—Papá, ¿y lo vuestro? ¿Cuánto pagáis mamá y tú? Eso no lo tiene que publicar nadie: lo podéis juntar vosotros.
Él miró a Gea. La nómina de ese mes había llegado el viernes, y estaba en su bolso, sin abrir.
—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.