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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 19 Papá, ¿te han contestado?

Al volver de la excursión, con la manta debajo del brazo y Sofía dormida en brazos de Gea, el padre abrió el buzón por costumbre. Debajo de la propaganda del supermercado había un sobre blanco con ventanilla y un escudo en la esquina. El mismo escudo del primer día.

No lo abrió en la escalera. Esperó a que la niña estuviera en la cama.

Lo abrieron Gea y él en la mesa de la cocina, apartando el salero. Era la respuesta a lo que él había pedido por escrito: en qué se basaban para reclamarle aquel pago. La leyeron despacio, cada uno por su lado, y luego juntos.

La hoja repetía el artículo de la ley de la primera carta y decía que el pago era correcto. Ni una palabra sobre su caso: por qué aquel artículo le tocaba a él. Era una hoja que habría servido para cualquiera.

—Te han contestado —dijo Gea.

—Me han contestado. Pero no a lo que pregunté.

Esa noche buscó si con eso bastaba. Y encontró que no: lo que limita los derechos de alguien tiene que explicar sus motivos, con los hechos y con las normas, y una explicación de plantilla no cumple ese deber. Encontró también lo que no encajaba con su enfado: pedir explicaciones no detiene los plazos. Lo que hay que pagar se paga a tiempo, y la pregunta se hace al lado. Él ya lo había hecho así: había pagado dentro del plazo, y había preguntado.

Y encontró algo más, que le hizo apretar el lápiz. Si el ciudadano se retrasa, hay recargo, sanción y apremio. Si la que no cumple es la Administración, el ciudadano tiene que ir a un tribunal y esperar años.

Luego hizo lo que hace con un coche al final de la revisión: el informe. Buscó cómo quedan las cuentas del Estado medidas con la misma regla que la ley aplica a cualquier empresa, también a su taller. Con esa regla, estaría en causa de disolución: obligado a cerrar. Pero un informe honrado lleva también lo que alegaría la otra parte, y él sabía de sobra lo que alegaría, y que era verdad: un Estado no es una empresa. Cobra impuestos y no desaparece como un taller. Lo apuntó al lado, para que la balanza no la inclinara él.

En «Comprobado» escribió: «Me han contestado sin contestar. Lo que se paga, se paga en plazo; lo que se pregunta, se pregunta por escrito. Si yo me retraso, recargo; si ellos no cumplen, a esperar. Con la regla de cualquier taller, estaría cerrado. Pero un Estado no es un taller».

Y en «Lo que yo creo»: «Que la balanza sigue pesando más de un lado».

Gea cogió la respuesta, la carta del primer día y la copia de lo que él había mandado, y las grapó juntas.

—Esto se guarda —dijo—. Todo junto y con su fecha. Lo que pediste, lo que te contestaron y cuándo.

—¿Para qué?

—Para que conste. Si cada uno guardara lo suyo y se pudiera ver todo junto, se vería quién contesta y quién no.

Él la miró. No se le había ocurrido. Sacó una carpeta de cartón del cajón de los papeles del taller y escribió en la tapa, con el lápiz corto: «Lo pedido y lo respondido». Era su archivo. Uno para todos no existía; de momento, era una idea de su mujer en la mesa de la cocina.

Por la mañana, Sofía vio la carpeta antes que el desayuno.

—¿Te han contestado?

—Me han contestado como quien contesta a todos. He pagado lo que me pedían, porque los plazos se cumplen. Y lo que pregunté sigue escrito, con su fecha. Eso no se lo lleva el viento.

—¿Y si tú llegas tarde a pagar?

—Me cobran más.

—¿Y si ellos llegan tarde a contestar?

—Hay que esperar. O ir a un juez.

—¡Eso no es justo!

—Eso es lo que yo creo también. Pero ahora está escrito, y lo escrito se puede enseñar.

Sofía se quedó mirando la tapa de la carpeta.

—¿Y el Estado está roto?

—Si fuera un coche de mi taller, le daría un informe malo. Pero no es un coche, y no se tira. Los coches se arreglan.

Sofía cogió una galleta y se quedó pensando, con la galleta a medio camino.

—Papá, ¿y cuánto le pagas tú al Estado? ¿Y mamá?

Él se sirvió el café. Lo que pagaba cada mes lo sabía de memoria. Lo que se llevaba de verdad, todo junto, nunca lo había sumado.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.