Parte 16 La brújula
Imagínense una brújula encima de esta mesa. Una brújula no les dice adónde ir. Les dice dónde está el norte. Adónde van, lo deciden ustedes.
Todas las puertas que hemos visto miran hacia fuera. Preguntar por escrito, dejar constancia, pedir el deslinde, llevar un cargo al juicio de la verdad. Todas sirven para pedirle algo al Estado. La obra guarda una última puerta, y esta no mira hacia fuera. Mira hacia dentro. La obra la llama la brújula.
¿Por qué al final? Porque la obra dijo desde el principio, y yo se lo dije a ustedes al empezar, que la vara se aplica a los dos lados, también a quien audita. Hemos pasado toda la tarde midiendo al Estado. Falta mirarse uno.
La idea de esta parte es sencilla: la brújula no mide al Estado, le mide a uno. Y su respuesta no es un dato de la obra: es de cada uno.
Tres pasos. Primero, desde dónde se mira: todos somos aprendices. Segundo, qué se mira: los dos árboles. Y tercero, cómo se mira: tres preguntas.
Primer paso: todos somos aprendices.
La obra no parte de «yo no soy así», que todavía mira al propio ego. Parte de algo más humilde, y más sólido: todos somos aprendices. Y lo dicen tradiciones sin contacto documentado entre sí.
Sócrates, en Atenas: «este cree saber algo sin saberlo; yo, como no lo sé, tampoco creo saberlo». Confucio, en China: «saber lo que se sabe, y saber que no se sabe lo que no se sabe: eso es saber». Y Jesús: «si no os volviereis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos».
Nadie está terminado. Pablo, que no era un cualquiera, lo dice de sí mismo: «no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago». La obra lo resume así: ninguna tradición de las que investigó dice que exista alguien en quien esa lucha esté resuelta del todo.
Entonces, ¿qué es ser maduro? La obra lo define una sola vez: la madurez es la que se reconoce por los frutos. No es un título. Nadie se declara maduro a sí mismo.
Y hay un dicho que me gusta, y que el autor oyó a un marinero: «De aguas mansas nunca han hecho marineros bravos». La obra dice de dónde viene: es un dicho que él oyó, no una cita con documento. Y le pone su límite enseguida: que la dificultad enseñe no justifica a quien la causa.
Recuerden lo que vimos con el título de quien manda: del aprendiz al ser superior. El autor lo lee así, y es lectura suya: el poder que se autoproclama es, en grande, lo que puede pasar dentro de cada uno, dejar de ser aprendiz. Por eso la brújula empieza aquí.
El autor lo dice con sus palabras, y es lectura suya: «La humanidad ha sufrido un aprendizaje a lo largo de toda su historia». Unos van más adelante y otros más atrás, cada uno según lo que ha vivido. Y pone un solo límite: «Todo es respetable mientras no haga daño a su hermano o hermana». De ahí saca él su manera de estar en esto: no juzgar a nadie, y sí exponer los hechos. Para él, el mal no se combate con más mal: se ilumina, se expone y se le da la oportunidad de corregirse.
Segundo paso: los dos árboles.
En la obra hay una imagen que lo recoge todo, y la dejé para el final. Dos semillas.
La primera es la semilla que se recibe: la ley de Dios y la ley natural. No la puso ningún autor humano con interés, y se reconoce porque aparece en tradiciones sin contacto documentado entre sí. La mesa con sus patas, ¿se acuerdan?
La segunda es la semilla que se siembra: la costumbre y la ley escrita. La ponen las personas, a partir de los hechos, de la necesidad y del acuerdo.
Y fíjense bien, porque aquí está la clave: las dos semillas no son el bien y el mal. Las dos hacen falta. Sin la segunda, no hay comunidad que se gobierne. Sin la primera, la segunda no tiene de dónde recibir su título.
Lo que hace dos árboles distintos no es la semilla. Es a qué se une lo sembrado. El árbol recto crece de lo recibido, y la costumbre y la ley escrita entran en él como ramas, unidas al tronco. El árbol torcido crece de lo sembrado solo. En el lugar de lo recibido pone una presunción, algo que se da por cierto sin prueba. Y todo lo que se construye encima hereda esa raíz.
Con la historia en su orden vimos, con fechas, cómo se tuerce un orden. La obra cuenta siete gestos que tuercen el árbol, en dos familias: cuatro de cómo se convence, como en el engaño del huerto, y tres de lo que hace quien manda: cortarse de lo recibido, ponerse por encima y ser juez en su propia causa.
Y de cada gesto que tuerce el árbol, la obra escribe un camino de vuelta a lo recibido. Lo anda cada uno, como vimos con las reglas del juego: nadie lo anda por otro.
Cada tramo tiene cuatro pasos. La rama seca, que es el gesto. La pesa que la mide, la de toda la obra: ¿roca o arena?, y, por sus frutos, ¿sirve más allá de sí, se sirve, o no cuida ni cumple? Lo recibido que la sana: el Arca y lo que se dio, se perdió y por dónde se vuelve. Y la puerta de la ley por la que se vuelve. La obra explica por qué hace falta esa puerta: «Sin la puerta, volver se oiría como salirse de la ley; con ella, se vuelve por la ley que ya existe».
Les pongo dos tramos. Ser juez en su propia causa: la pesa vale también para quien pesa; lo recibido, que el castigo no es un negocio; y la puerta, el deslinde, con las dos partes delante, y el jurado, ante el que también puede recusar la institución juzgada. Y el primero de los siete gestos que cuenta la obra, falsear la información, dar por cierto lo que no tiene documento: la pesa, ¿roca o arena?; lo recibido, las pesas y medidas justas; y la puerta, pedir por escrito la norma que ampara lo que se exige, y que quede constancia.
Pero ahora viene lo que esta imagen no dice, y la obra lo dice con la misma claridad. Son tres cosas.
No dice que el Estado sea el árbol torcido. De los ciento sesenta y nueve artículos de la Constitución, noventa y tres se cumplen. Las ramas de un mismo árbol caen de un lado o de otro.
Y no dice que quien tuerce lo haga con mala fe. Ninguna intención es un dato de esta obra. Eso ya lo saben.
Y no sitúa a nadie. Enseña el terreno, lo recibido y las puertas, pero dónde está cada uno lo mira cada uno, y la respuesta es suya. Que es, justamente, lo que hace la brújula.
Una cosa más del árbol. Su follaje no es su fruto. El Evangelio lo avisa con una imagen que conocen: los que vienen «con vestidos de ovejas, mas de dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis». Y el Daodejing, en China, dice del hombre grande que «se queda con el fruto y no con la flor».
Los frutos se miden con datos, y eso es lo que hemos hecho toda la tarde. El follaje, lo que se siente al vivir bajo un árbol, no se afirma: se pregunta. Y esa pregunta es la brújula.
Tercer paso: las tres preguntas.
Son del autor, y la obra se las deja a quien la lee. Hoy se las dejo a ustedes.
La primera: «¿Cómo te hace sentir vivir en este árbol?». Y, puesto al lado, ¿cómo te haría sentir vivir en el otro?
La segunda: «¿Cómo lo vive el otro?». La obra dice que el otro no es ni más ni menos que otro tú. La misma justicia que uno quiere para sí es la que se le debe. Es la pregunta que impide que la brújula se quede en el egoísmo.
La tercera: «¿A qué das tu consentimiento?». Esta es la de fondo. Toda la conferencia ha hablado de un consentimiento que se presume sin que nadie lo dé. La obra lo llama así: la presunción es consentimiento sin información. Y lo que ha hecho la obra es dar la información, con su fuente, para que el consentimiento pueda ser de verdad. Como el médico de las puertas, que explica al paciente antes de tocar.
¿Y cómo se lee esta brújula? Con cuidado, porque la obra no se engaña con ella. «Lo que uno siente es una señal, no una prueba». Uno puede estar acostumbrado, porque lo que se repite forma costumbre, como vimos en el bien y el mal. O puede estar engañado. Por eso la brújula funciona con dos lecturas a la vez: lo que dicen los frutos, con su fuente, y lo que uno siente. Y si no coinciden, dice la obra, «esa diferencia ya es información».
El autor añade una lectura suya. La brújula tiene muchos nombres según lo endurecido que esté cada uno: el corazón, el resentir, o, más llano todavía, cómo te hace sentir. Para él, uno se endurece como quien se pone una armadura. Y no lo reprocha: ante la duda de qué es verdad y qué es real, dice, es una postura legítima de autodefensa. Y deja una pregunta de espejo que vuelve a los árboles: ¿qué semilla estás cultivando y qué árbol estás creando? Dice que vale igual para quien manda, porque el que corrige se mira primero.
Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra en esta parte?
Que la brújula no es un dato. No se mide y no prueba nada. La propia obra lo deja escrito: su instrumento de medir «mide cosas, nunca personas», y el juicio juzga instituciones.
Que lo que uno siente puede engañar, y por eso nunca va solo: va al lado de los frutos.
Que la imagen de los dos árboles no prueba que el Estado sea el torcido, ni que nadie obre con mala fe, ni sitúa a nadie.
Y que la respuesta es de cada uno. La obra lo dice así: «La respuesta es de cada uno, y nadie tiene que dársela a nadie». Tampoco yo.
Recapitulo, y con esto termino. La brújula es la última puerta, y mira hacia dentro. Empieza por saberse aprendiz, porque nadie está terminado. Mira los dos árboles: el que crece de lo que se recibe, y el que crece de lo sembrado solo, con una presunción en la raíz; y de cada gesto que tuerce el árbol, un camino de vuelta, por la puerta de la ley, que anda cada uno. Y se lee con tres preguntas: cómo te hace sentir vivir en este árbol, cómo lo vive el otro y a qué das tu consentimiento. Una señal, no una prueba, al lado de los frutos.
Y ahora, déjenme volver al principio.
Empecé esta conferencia con un mecánico. Un hombre que no se fiaba de lo que no podía comprobar por sí mismo, y que decidió desmontar la máquina pieza a pieza. Les conté que la obra «no pide fe, la somete a examen». Y les dejé una pregunta para el camino: de todo lo que dan por cierto sobre el Estado, ¿qué han comprobado ustedes mismos?
Esa pregunta sigue en pie, y el método también. La obra dice que lo que se hizo con la Constitución de España se puede hacer con la de cualquier país, y deja escrito cómo. El orden y la lectura son del autor. Los hechos, ya lo saben, «son de todos».
Y la última palabra no es mía. Es del autor, y la obra la deja en el aire, para cada uno. Se la leo despacio, tal como la escribió.
«Ahora que nadie te mira y ves tu reflejo interior, la pregunta que surge: ¿cuáles serán tus frutos? ¿Qué vas a hacer tú? ¿Qué vas a dejar para la gran tribu humana, para que viva en el mundo en que te gustaría vivir?».
Muchas gracias.
Y ahora, como les prometí al empezar, la otra cara tiene su voz. El turno de preguntas es suyo.