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Apocalipsis del Sistema
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Parte 14 La historia en su orden

Les dije que lo que venía después ya no juzgaba a nadie. Esta parte no juzga: ordena.

Imagínense un motor desmontado encima de un banco de taller. Las piezas salen en un orden. Primero la tapa, porque es lo que está fuera. Después, lo que había debajo. Y la última pieza que sale es la del centro, la que se montó la primera. Si las dejan en el banco tal como fueron saliendo, tienen el orden del desmontaje. Para entender cómo funciona el motor hay que ponerlas en el otro orden, el del montaje.

El autor de la obra, se lo conté al principio, es mecánico, y desmontó el Estado como se desmonta una máquina. Empezó por lo que tenía más cerca: las presunciones de los movimientos que defienden la soberanía, y los pilares en que se apoya el Estado. Después, los filósofos que pensaron el Estado. Y desde ahí, hacia atrás, los textos sagrados. Ni la obra ni esta conferencia han seguido el orden en que pasaron las cosas: han seguido el de la explicación. Y el autor las fue encontrando en otro orden todavía. Fíjense en lo que eso quiere decir: lo que el autor encontró primero es lo último que pasó. Y lo que encontró al final, el huerto del principio, es lo primero.

Hoy vamos a montar el motor. Las mismas piezas que han oído, puestas en el orden en que pasaron.

La idea de esta parte cabe en una frase: puestas en orden, las piezas dibujan un camino, y eso es una dirección, no una intención.

Dos avisos antes de empezar. El primero: no añado nada. Cada paso que les voy a contar está en la obra, con su fecha tal como la da la obra y con su fuente. Y cada uno lleva su capa: si es un dato con documento, un relato antiguo contado como relato, una presunción de la ley, algo que circula sin documento, o una lectura del autor. Se lo iré diciendo.

El segundo aviso es el de toda la obra: un patrón no prueba una intención. Poner los hechos en orden enseña hacia dónde van. La obra lo dice así: «Es la dirección que marcan los hechos, no un juicio sobre la intención de nadie».

Lo vamos a hacer en tres tiempos. El tiempo de lo que se guardó. El tiempo en que se torció el orden y se levantó el Estado. Y el tiempo de hoy, con lo que la historia enseña de cómo acaba una forma que se ha quedado vacía.

Primer tiempo: lo que se guardó.

Al principio está el relato. Dos árboles en medio del huerto y una sola prohibición, y el engaño en tres jugadas, que vimos en la parte del bien y el mal. Es un relato, no un hecho con fecha: la crítica fecha el texto, y lo fecha de varias maneras. El autor lee en «seréis como dioses» la primera vez que la autoridad prestada se toma por la propia: el orden de las leyes, invertido en pequeño. Eso es lectura suya, y así se lo digo.

Después llegan los documentos. Hacia el año 2350 antes de Cristo, el rey de Lagash que vació la prisión de los endeudados. Y desde ahí hasta el islam, pueblos sin contacto documentado entre sí guardaron lo mismo, los nueve principios del Arca. Entre ellos: el que gobierna existe para el pueblo, los impuestos con medida, las pesas justas, las deudas que se perdonan, cada uno responde de lo suyo. En Babilonia, el código de Hammurabi lo dice al final, en su epílogo: «para que el fuerte no perjudique al débil, para proteger a viudas y huérfanos». Casi siempre, la fecha de esos textos la pone la crítica, y no el propio texto: son fechas aproximadas, y la obra lo dice.

Y en ese mismo tiempo había una puerta que hoy casi nadie conoce. Un jurista del emperador romano, Juliano, escribió que las leyes pueden quedar abolidas «por el consentimiento tácito de todos, mediante el desuso». Escúchenlo otra vez, despacio: por el consentimiento tácito de todos, mediante el desuso. En el orden antiguo, la ley escrita valía mientras el pueblo no le retirara su consentimiento. Y se lo podía retirar sin escribir nada: con una costumbre contraria, o sencillamente dejando de usarla.

Apúntense esa puerta, porque en el segundo tiempo se cierra.

Segundo tiempo: cómo se torció el orden, y cómo se levantó el Estado.

Aquí corren dos hilos a la vez. El primero es la costumbre. El segundo es el título de quien manda.

El hilo de la costumbre ya lo vimos de pasada en la parte del contrato: la obra examinó ocho casos, y en siete quien puso la ley escrita por encima de la costumbre era quien tenía el poder de legislar. Ahora pónganlos en fila, por fechas.

En la China de Qin, en el siglo tercero antes de Cristo, la ley escrita sube por encima de la costumbre. En el año 319, el emperador Constantino decreta que la costumbre no vale tanto «como para vencer a la razón o a la ley». En 1348, en Alcalá, el rey guarda los fueros, «salvo en aquello que nos falláremos que se deve mejorar e emendar». En 1804, el código de Bonaparte: las «costumbres generales o locales […] dejan de tener fuerza de ley». En 1811, el emperador de Austria: la costumbre solo cuenta «en los casos en que una ley se remite a ella». Y en 1889, el Código Civil español: «no prevalecerá contra su observancia el desuso, ni la costumbre o la práctica en contrario».

Fíjense en la palabra que está ahí. El desuso. La puerta de Juliano, la de dejar de usar una ley, está nombrada para cerrarla. La obra lo resume así: los códigos del siglo diecinueve cerraron esa puerta por escrito. Y el motivo que dan es la seguridad jurídica, que hoy garantiza la Constitución.

Esto es un dato, con sus documentos. La lectura del autor viene aparte: cuando quien escribe las leyes decide que su ley va por encima, la parte interesada se nombra juez de su propia causa. Y para él, «seguridad jurídica» es el nombre que le da a ese orden quien se beneficia de él.

El segundo hilo es el título.

En Egipto, desde el día de su coronación, el faraón lleva entre sus títulos el de «Hijo de Ra». La obra no da el año. En Roma, Augusto escribe que superó a todos «en dignidad», pero que no tuvo «más poder que los que fueron también mis colegas en cada magistratura». Menos de un siglo después, Domiciano dicta cartas que empiezan así: «Nuestro señor y dios ordena que se haga esto». En 1075, un documento auténtico reclama para el papa «que le es lícito deponer a los emperadores». Otro documento, la llamada Donación de Constantino, sostuvo durante siglos un poder político, y en 1440 se demostró que era falso. En 1598, un rey de Escocia escribe que el rey ha de ser «juzgado solo por Dios, a quien solo debe rendir cuentas». Y en 1651, el teórico fundador del Estado moderno, Hobbes, llama al Estado «Dios mortal».

Del hijo de un dios al dios mortal. La obra le pone nombre a ese camino: «Del aprendiz al ser superior».

Y a la vez, el freno se escribe. En 1689, Inglaterra deja escrito que suspender las leyes «sin consentimiento del Parlamento es ilegal». En 1776, los gobiernos «derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados». En 1789, la sociedad que no garantiza los derechos ni separa los poderes «no tiene Constitución». Y en 1946, el emperador del Japón declara por escrito que el vínculo con su pueblo no se basa en «la idea ficticia de que el emperador es un dios manifiesto». Un título divino, retirado por escrito por quien lo llevaba.

¿Qué saca la obra de este hilo? Lo dice con cuidado. En los casos que mira, el cierre por dentro, creerse en posesión exclusiva de la verdad, llega antes que el cierre de los frenos de fuera: los concilios, los parlamentos, los tribunales. Y pone el límite en la misma frase: «siete casos no hacen una ley».

En este segundo tiempo pasan más cosas, y casi todas ya las conocen. La ley natural de Salamanca y de Coímbra se escribe en latín cuando casi nadie sabe leer. La moneda se rebaja, y se advierte hacia 1355, en 1609 y en 1919. Y la esclavitud es legal durante siglos. El Reino Unido la abole, y paga veinte millones de libras esterlinas a los propietarios, no a las víctimas. España la abole en Puerto Rico en 1873. Brasil, en 1888. La conclusión de la obra es de las que conviene oír despacio: «lo que fue legal durante siglos no era justo, y lo confesó el mismo poder que lo había hecho legal, al derogarlo».

Y al final del segundo tiempo aparece una frase que ayuda a entender todo lo anterior. La escribió Weber en 1922. Ninguna forma de mandar, dice, se conforma para durar con que la sigan por interés o por afecto: «cada una procura más bien despertar y cultivar la creencia en su "legitimidad"». El autor lo lleva un paso más allá, y es lectura suya: el poder vive de la creencia de quienes lo sostienen.

Tercer tiempo: hoy.

En 1971 el dinero deja de poder cambiarse por oro: vale lo que la ley declara y la confianza de la gente. Lo vimos en los frutos.

En 1978, la Constitución se ratifica en referéndum. Desde entonces se presume que todos los poderes emanan del pueblo y que el pueblo los consintió, también quien no tenía edad para votar entonces y todos los que nacieron después. Esto ya no es un dato: es una presunción de la ley. Y la raíz de todo el edificio que subimos planta a planta es esa: el consentimiento se presume aunque nunca se dio.

Y después vienen las demás, cada una con su ley y su fecha. El pago de la deuda, con «prioridad absoluta» desde 2011. El nacimiento, comunicado al Registro Civil en setenta y dos horas. Los actos de la Administración, que se presumen válidos. Las leyes, que se presumen conocidas por todos. Y el impuesto sobre la renta, que sube sin que ninguna ley lo suba. La obra no dice que esas presunciones sean falsas. Pide la prueba de cada una.

Ahora quiero que hagan algo conmigo. Pongan dos piezas una al lado de la otra.

En el primer tiempo, el consentimiento tácito del pueblo podía retirar una ley: bastaba con dejar de usarla. En el tercer tiempo, el consentimiento se presume para sostenerla, también el de quien nació después. No les digo lo que eso significa. Les pregunto: ¿hacia dónde se ha movido la puerta?

Después de las presunciones, los frutos, que también tienen fecha, y que ya oyeron: más años cotizados para lo mismo, desde 1974; la vivienda, de menos de tres años de renta bruta del hogar mediano en 1987 a más de ocho hoy, que no es el esfuerzo real; las cuentas públicas en déficit casi todos los años. Y la auditoría de esta misma obra: de cada diez artículos de la Constitución que tocan al ciudadano, seis no se cumplen. Que todo eso sea una quiebra camuflada es lectura del autor, y la obra lo dice así.

Queda el último hilo, el que corre por debajo de los otros tres tiempos: el pueblo que retira su consentimiento. Hacia 1548, La Boétie vio que el poder vive de los muchos que se lo dan. Y la obra reúne diez casos, de 1688 a 2009, en tres continentes, que vimos en el dictamen. En todos, el mismo orden: «primero se agota la sustancia del poder, y consta por escrito, y solo después el pueblo deja de sostenerlo». Y añade: «la forma puede seguir en pie mucho tiempo después de haberse vaciado, pero no para siempre».

La lectura del autor ya la oyeron en el dictamen, y es suya: en España ve la primera parte de esa secuencia, y quiere que la segunda no sea una retirada a ciegas.

Y la obra, con esto, no propone retirar la obediencia ni exime a nadie de ninguna obligación. Lo que retira es la creencia sin comprobar.

Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra, y qué dice el Estado?

Concede que el orden es del autor. Él monta las piezas, y las fechas antiguas casi siempre las pone la crítica, no el texto.

Concede que esta historia en orden solo lleva lo que tiene su fuente en la obra. Lo que la obra cuenta sin decir de dónde sale se queda fuera de la fila hasta que lo diga. Es la misma vara, aplicada a la propia obra.

Concede que un patrón no prueba una intención, y que siete casos no hacen una ley.

Y el Estado tiene una respuesta a la puerta cerrada, que la obra recoge con sus mejores palabras: «Si la costumbre o el desuso pudieran derogar las leyes, nadie sabría qué está vigente, y hay costumbres injustas que la ley escrita vino a corregir». La obra le da la razón en una parte, y lo dice: «una sociedad grande necesita ley escrita, y la codificación trajo la igualdad ante la ley». No propone abolirla. Lo que pide es que se respete el orden de las fuentes. El resto de esa defensa lo oirán en el turno de preguntas.

Recapitulo. Las mismas piezas de toda la conferencia, montadas en el orden en que pasaron. Primero, lo que se guardó: el relato del principio, las tradiciones que convergen, y una puerta por la que el pueblo podía retirar una ley dejando de usarla. Después, el orden que se tuerce: la ley escrita sube por encima de la costumbre, los códigos del siglo diecinueve cierran la puerta por escrito, y el título de quien manda sube hasta llamarse dios, mientras otros papeles escriben el freno. Y hoy, el consentimiento que se presume, los frutos con su fecha, y la historia de diez pueblos que retiraron el suyo cuando la forma se quedó vacía. Todo eso es dirección. La intención, si se dice, es lectura del autor.

Les dejo una pregunta. Una historia en orden dice de dónde venimos. ¿Dice también adónde hay que ir?

La obra no lo pretende. Lo que sí hace, antes de su última puerta, es pesar con la balanza que les enseñé al empezar. En la próxima parte, la balanza, probada en pequeño.