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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 65 Por el principio

Esa noche, cuando Sofía se durmió, Gea se quedó en el sofá con su libro y él volvió a la mesa de la cocina. Los montones seguían allí. Antes de sentarse salió un momento al balcón. La maceta estaba igual, con la tierra todavía oscura.

Abrió la libreta por la página de «Las palabras», la de las primeras noches, con la regla del almacén arriba: cada pieza, un nombre, y siempre el mismo. Si una junta se llama junta un día y retén al siguiente, alguien acaba pidiendo la que no es. Con un libro pasaba igual.

Debajo, en una línea nueva, empezó a poner nombre a las partes. El libro, con la palabra de la esquina de la hoja, la que quería decir revelación: no anunciaba el fin del mundo, enseñaba cómo funcionaba algo que estaba a la vista de todos y que nadie veía de tan enredado. El Registro, solo para el archivo de los frutos, el que había bautizado el jueves, y para nada más. Las partes, numeradas por niveles, como en los despieces del fabricante, donde el punto separa un nivel de otro y no es una coma. Y la hoja de los árboles, pasada a limpio, sería otra manera de entrar: la raíz, el tronco, las ramas y los frutos, cada cosa en su sitio.

Pensó también en quién lo iba a leer. Uno querría saber solo a qué se llega; otro, en qué se apoya; y otro, ir al papel mismo. Cada uno tenía que poder entrar por su puerta sin perderse.


Luego apuntó lo que le había costado, para no prometerle a nadie un plazo. Desde la carta, unas semanas de otoño. Varias noches, muchas, que no había contado. Las horas no las tenía apuntadas, y no las iba a inventar. A quien quisiera hacer lo mismo con la de su país, como Bienvenido, no le podría decir cuánto iba a tardar. Solo que no se saltara ningún paso.

Le escribió a Sofía IA y le mandó la página de la mañana, la de «Para que lo compruebe cualquiera», para que la tuvieran todas las demás herramientas antes de empezar.

Sofía IA: Recibida. Empezamos por los papeles, enteros. Y lo que no podamos leer, te lo diremos.


Gea apareció en la puerta de la cocina con el libro cerrado contra el pecho.

—¿Ya sabes por dónde vas a empezar?

—Por donde me dijiste. Por el principio.

—¿Y cuál es el principio? ¿La carta?

Lo pensó. La carta era su principio, no el del libro.

—No. Lo que la gente ha guardado con más cuidado.

Gea se quedó un momento mirándolo desde la puerta.

—No te acuestes tarde —dijo, y se fue a la cama.

Lo buscó esa misma noche, y lo encontró en tres sitios que no tenían nada que ver entre sí. Un rollo del libro de Isaías hallado en unas cuevas, de hace más de dos mil años, que coincide en general con las copias que se hacían mil años después. Los Vedas de la India, que se han pasado de memoria durante miles de años, cuidando que no cambie el sonido de cada palabra. Y unos evangelios escritos hace unos mil quinientos años, que todavía se veneran en su monasterio de Etiopía.

La humanidad guarda con más celo lo que más valora. Lo que aquellos pueblos guardaban así era lo que tenían por ley por encima de toda ley. Cada uno le daba a Dios su nombre, y lo que todos guardaron coincidía en lo esencial.

Por ahí empezaba. Puso la hoja de los árboles a un lado, la libreta al otro, y abrió el portátil.

Esa noche empezó a escribir.