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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 60 La raya

El día de la asamblea, en la cena, Sofía lo contó todo de un tirón, con la boca llena.

—Traga, que no se te entiende —dijo Gea.

Sofía tragó.

—La maestra dejó hacer un juicio. Pero no a los de sexto: a la norma. La escribió en la pizarra: «La portería es de los de sexto porque siempre ha sido suya». Y cada uno tenía que decir qué votaba y por qué. Si no decías por qué, no valía.

—¿Y qué votó la gente?

—El de las gafas dijo que se quedara como estaba. Que si siempre ha sido así, por algo será.

—Por algo será, sí. Eso hay que mirarlo, porque a veces es por algo bueno.

—Por eso a los de sexto les dejaron hablar los últimos. Dijeron que cuando ellos eran pequeños tampoco la tenían, y que esperaron. Que ahora les toca a ellos.

—¿Y eso es verdad?

—Sí. Tenían su parte de razón. Lo dije yo.

El padre dejó el tenedor en el plato. Un juicio que solo oye a una parte no convence a nadie. Eso lo creía él desde hacía tiempo, y su hija lo acababa de hacer en el patio. Y había tres cosas más que él tenía escritas desde la noche del jueves, con otras palabras: a la norma y no a los de sexto; cada uno, con su porqué; y los de sexto, los últimos.

—¿Y cómo acabó?

—Por turnos. Un día ellos y otro día los demás. Y la raya del campo, que ya no se veía y nadie sabía dónde acababa el área, la pintamos otra vez. Con los de sexto delante, para que nadie dijera luego que la habíamos movido. Con las tizas de mamá.

Gea no dijo nada. Le sirvió a Sofía otro trozo de tortilla.

—¿Y castigaron a alguien?

Sofía lo miró como si le hubiera preguntado una tontería.

—¿Por qué? Si ya está arreglado.


Mientras Sofía se ponía el pijama, él buscó en el móvil si lo de la raya tenía nombre. Lo tenía, y era la palabra a la que el martes le había puesto un interrogante: deslindar. Estaba en el Código Civil: «Todo propietario tiene derecho a deslindar su propiedad, con citación de los dueños de los predios colindantes». No acusa a nadie de haber movido el mojón. Pide que se vuelva a marcar, con unos y otros delante.

El mismo Código le añadía dos matices, y los apuntó en una línea: el que vio construir en lo suyo «a su vista, ciencia y paciencia, sin oponerse» ya no puede pedir que se derribe, pero esa tolerancia no le quita lo suyo, porque «los actos meramente tolerados […] no afectan a la posesión». Lo que queda es volver a marcar el límite y compensar lo que se tomó de más.

Y encontró también, escrito hace mucho, lo que su hija había dicho sin pensarlo: «No paguéis á nadie mal por mal».

Lo apuntó de pie, en la encimera. En «Comprobado»: «Cuando no se ve dónde acaba lo de cada uno, se vuelve a marcar, con unos y otros delante. No es acusar a nadie. Y corregir no es vengarse». Y en «Lo que yo creo»: «Que mi hija lo ha entendido antes que yo».

Luego buscó en la libreta la página «Las puertas» y tachó el interrogante del martes. Los tres verbos estaban ya enteros. Debajo del último apuntó cómo se pide: que se explique la distancia allí donde exista y que se corrija donde proceda, sin acusar a nadie y sin hablar de tirar nada abajo. Y que acaba como sus otros escritos, con la buena fe por delante: «corregir lo que se debe corregir también es un buen fruto».

Cuando fue a apagarle la luz, Sofía todavía estaba despierta, con la manta hasta la nariz.

—Papá. Lo de la portería se fue torciendo poco a poco, ¿verdad? Un recreo y otro, y nadie se daba cuenta.

—Eso parece.

—Como tu árbol del dibujo. El que se iba yendo.

Él se quedó en la puerta, con la mano en el interruptor.

—Me debes una —dijo Sofía—. La de los árboles. ¿Nosotros dónde estamos?

Era la pregunta del dorso de la hoja. Desde aquel día había contestado todas las demás, y esa la había ido dejando para el final.

—Esa todavía no la sé. Déjame mirarlo.