Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 42 Más gente
El domingo, Gea se levantó antes que nadie para hacer la tortilla. Cuando él entró en la cocina, le estaba dando la vuelta con el plato, de un golpe de muñeca, sin que se le escapara ni una patata. La envolvió en papel de plata todavía caliente.
Él bajó al coche la manta de cuadros, el frisbee y la bolsa de las manzanas, que seguía junto a la puerta desde el sábado. Sofía bajó detrás, a saltos, contando en voz alta los quince escalones.
Salieron de la ciudad con las ventanillas un poco bajadas. Nadie habló de cartas ni de libretas. Él conducía con las manos en el volante, y el coche iba recto.
Gea eligió el sitio: debajo de un árbol grande, junto a un huerto con la valla caída.
—Aquí —dijo—. Que da sombra y no molestamos a nadie.
Comieron sentados en la manta, con la tortilla todavía tibia. Después, el padre y Sofía se pusieron a jugar con el frisbee. La niña lo lanzó con todas sus fuerzas, el frisbee hizo una curva rarísima y se perdió detrás de unos árboles.
—¡Voy yo! —dijo él.
Volvió al rato con el frisbee en la mano y la cara colorada como un tomate. Detrás de los árboles había una pareja muy acurrucada que no esperaba visita.
—Papá, ¿qué te pasa?
—Nada, nada. Que ahí detrás había gente.
—¿Y qué hacen?
El padre buscó una respuesta corta, de las de día, y no encontró ninguna.
—Pues, hija… más gente.
Gea se tapó la cara con la servilleta y se le escapó una carcajada que se oyó en todo el campo. Sofía miró a su padre y a su madre sin entender nada, y decidió que eso iba en «No lo sé».
Él se sentó en la manta, todavía colorado. Gea le dio con el codo sin dejar de reírse.
—Más gente —repitió, secándose los ojos—. Eso apúntalo en la libreta.
Luego Sofía se subió a una rama baja y se colgó cabeza abajo hasta que Gea le dijo que bajara, y bajó. Se sentó con una manzana, de las del puesto de Tomás, apoyada en el tronco, con las piernas cruzadas.
—¿Qué pasó en el jardín? —preguntó con la boca llena.
Él tenía la semana entera en la libreta, de lunes a sábado. Le contestó con lo del lunes.
—Había dos árboles. Uno, el de la vida. Otro, el del conocimiento del bien y del mal. Y una sola norma: de ese segundo, no comáis.
—Y se comieron la manzana.
—No dice manzana.
Sofía dejó de masticar.
—¿Cómo que no?
—Dice «el fruto». Manzana no aparece por ninguna parte. Lo he buscado.
—¿En serio? —dijo Gea, que tampoco lo sabía.
—¡Pero todo el mundo dice manzana!
—Ya. Y todo el mundo decía que el Estado somos todos.
Sofía miró su manzana con desconfianza, y luego se rio.
—¿Y la serpiente era mala?
Pensó en la hoja de inspección del jueves, en la línea del viernes, en todo lo que no cabía en una respuesta de día. Escogió lo que cabía.
—Lo que el texto cuenta es lo que hizo. Le dio la vuelta a la norma y prometió una cosa sin dar ni una prueba. Una promesa sin un dato es una presunción. Y si el que la hace sabe que no es verdad, es una mentira. Y lo que se levanta sin nada debajo no aguanta: se cae, como la casa del Evangelio, la que no estaba sobre la peña.
—Como la casa sin peña.
Él se quedó un segundo callado. Lo había dicho mejor que él.
—Como la casa sin peña.
Luego sacó la hoja de las tres columnas, que llevaba doblada en el bolsillo, como los presupuestos, y le dio la vuelta. Por detrás, apoyado en la manta, con el lápiz corto, dibujó dos árboles juntos, y después uno de ellos, más pequeño, un poco más lejos, y otro más, y otro, cada vez más lejos.
—Yo lo veo así —dijo—. Esto no está en el libro: es lo que creo yo. El árbol de la vida se quedó en su sitio. El que se fue alejando fue el otro. No se separaron los dos: se fue uno solo. Despacio. Cada vez que alguien eligió por lo que le entraba por los ojos, sin preguntar, dio un fruto que lo llevó un poco más lejos.
Gea miró el dibujo, y luego el árbol que les daba sombra, y no dijo nada. Era un árbol viejo, con el tronco abierto por un lado y las raíces fuera de la tierra, agarradas a ella como dedos.
Llevaba semanas viéndolo así, con la libreta en la mesa de la cocina y la luz encendida hasta las tantas. No sabía adónde iba todo aquello. Sabía que no lo hacía por llevar razón: le había visto tachar más de lo que escribía, y darle la razón a Amparo, y apuntarlo.
A su lado, Sofía volvió a la manzana. Antes de morderla la apretó con el pulgar, cerca del rabo. Gea reconoció el gesto, el suyo, y no recordaba habérselo enseñado. Le quitó a la niña una hoja seca del pelo.
Sofía se quedó mirando el dibujo. Señaló el último arbolito, el más lejano.
—¿Y nosotros? ¿Nosotros dónde estamos?
Gea lo vio mirar el dibujo con la niña. Sabía qué pregunta era: la de todas las noches, la que había empezado con una carta.
—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.
Recogieron cuando empezó a refrescar. Sofía se durmió antes de salir del camino de tierra, con lo que quedaba de la manzana en la mano. Gea se lo quitó con cuidado y lo envolvió en una servilleta. Él conducía callado, y la hoja doblada le asomaba del bolsillo de la camisa, con los árboles por dentro.
Gea miró hacia atrás, a la niña dormida, y luego por la ventanilla, a los campos que se iban quedando. No sabía dónde estaban ellos en aquel dibujo. Sabía dónde estaban esa tarde: los tres en el coche, volviendo a casa. Le puso la mano en la rodilla, y él, sin apartar los ojos de la carretera, la tapó con la suya.