Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 36 Cuentos de viejas
El lunes, cuando subió la persiana del taller, el monovolumen gris ya estaba en la puerta, con Justo dentro y la radio puesta. Volvía para el aceite, como había dicho.
—A primera hora, que luego no hay quien entre —dijo, y le dio las llaves.
Mientras el aceite viejo caía en la bandeja, Justo se sentó en la silla de plástico, junto a la máquina del café, con las manos en los bolsillos, igual que lo esperaba a mediodía en la farola del colegio.
—¿Y tu niña? El mío dice que pregunta mucho.
—Mucho. Ayer me preguntó si todos los libros dicen lo mismo.
—¿Qué libros?
—Los de cada pueblo. Los antiguos.
Se lo contó en corto, con las manos en el filtro: que en sitios que, que se sepa, no se conocían, habían dejado escrito que las pesas tienen que ser justas, que lo que te dejan se devuelve y que las deudas se perdonan cada cierto tiempo. Y que todavía hay una ley española, de hace más de un siglo, que anula los préstamos de usura.
Justo se rio por la nariz.
—Eso son cuentos de viejas.
—Puede. Pero están escritos.
—Escritos, ya. —Sacó una mano del bolsillo—. Mira, un país entero no se lleva con lo que decía la abuela. Hace falta una ley escrita, la misma para todos, que se sepa lo que vale y lo que no.
—En eso te doy la razón.
—Y lo de la esclavitud, que tanto se dice. La quitó la ley, no los libros viejos.
—También es verdad. La quitó el mismo poder que la había hecho legal.
—Pues por eso. Y hoy está todo en internet. Las leyes se publican, gratis, para que las lea quien quiera. Ya no hay latines.
—Eso es verdad. Lo que no sé es quién se las lee todas.
—Y lo de la usura será para los bancos. Ve tú a Hacienda con una ley de préstamos, a ver qué te dicen.
El padre apretó el tapón del cárter con la llave, sin pasarse.
—Que el impuesto no es un préstamo. Y tendrían razón: esa ley es para los préstamos.
—¿Entonces?
—Entonces, nada. Que es la misma vara. Si un banco te cobra de más, la ley lo anula. Me gusta saber que eso todavía está escrito.
Justo lo miró un rato, como el padre había mirado su correa la otra vez, buscando la grieta por dentro.
—¿Y quién te dice que esos libros cuentan la verdad de esos pueblos? Los escribirían los que llegaron después.
—Muchos, sí. Los escribieron los de fuera, y alguno pinta a los suyos mejor de lo que eran. Y no todos dicen lo mismo. En cada cosa hay alguien que dice lo contrario.
—¿Y eso también lo apuntas?
—En una columna aparte.
—Pues fíjate en esa columna —dijo Justo, y se levantó—. Que esa es la que manda.
Pagó con tarjeta, como la otra vez. Ninguno había convencido al otro, y los dos lo sabían. Desde la puerta, con las llaves en la mano, todavía dijo:
—Cuentos de viejas. Pero bien escritos, eso sí.
Cuando el monovolumen dobló la esquina, el padre abrió la libreta por la página del Arca y, debajo de las nueve filas, escribió «Lo que gana Justo», como había hecho con Amparo: que un país necesita ley escrita; que la esclavitud la quitó la ley; que las leyes se publican, gratis y en español; y que la ley de la usura no es para los impuestos.
Lo de la columna se le quedó dando vueltas toda la mañana. Entre un coche y otro, en el ordenador del taller, le pidió a Sofía IA los textos de la pata coja, uno por uno, y para cada uno se hizo la pregunta que se había hecho con la estantería: quién lo escribió, y para quién.
El del pueblo débil lo escribió el ministro de un duque, al que el duque había subido para que hiciera las leyes. El manual de la India que enseñaba a llenar el tesoro con engaños lo firmaba el que había derrocado una dinastía y puesto otra. Las leyes que llamaban al rey gran deidad eximían de impuestos a los que guardaban esas leyes. El romano que admitía acabar con familias enteras era uno de los que guiaban a un emperador joven. Y el código que mataba al hijo por la culpa del padre era el del propio rey.
Once de trece los había escrito el que mandaba o su ministro, o se habían escrito para él, o beneficiaban a quien los guardaba. Las dos excepciones no tenían poder. Una era un labrador griego, que se quejaba de los reyes que se comían los regalos. La otra, el que escribió que «toda alma se someta a las potestades superiores», y que después acabó preso de aquel mismo imperio, «con un soldado que le guardase».
Era lo mismo que la estantería: siete de ocho.
Los frutos los apuntó como hechos, sin adjetivos. Al ministro del pueblo débil lo descuartizaron con carros cuando murió su duque, y acabaron con toda su familia: la culpa compartida que él mismo había escrito. El imperio que salió de aquellas leyes duró quince años.
En «Lo que yo creo» puso que la parte interesada se había hecho juez de su propia causa, y en la página de las máximas buscó la que lo decía: «nadie puede ser juez en su propia causa». Debajo, para no engañarse, lo de siempre: que un patrón no prueba una intención.
Entre el cambio de unas pastillas y el de un manguito, buscó por qué casi nadie conocía aquello, si era tan antiguo. La primera razón le hizo gracia. De las primeras tablillas de barro que se conservan, «la mayoría son documentos de contabilidad». No eran leyes ni historias: eran facturas. Lo que los pueblos tenían por ley se pasaba de boca en boca. Había sacerdotes que sabían escribir y no escribían su enseñanza, para que no se divulgara entre el pueblo y para que sus alumnos no se fiaran de lo escrito y descuidaran la memoria. Cuando un emperador prohibió su religión, su saber se perdió con ellos.
La segunda: cuando sí se escribió, se escribió en latín, en tratados enteros de Salamanca y de Coímbra, cuando casi nadie sabía leer. No hizo falta prohibir nada. La lengua ya separaba al que podía leer la ley del que tenía que obedecerla.
La tercera: algunos libros se quedaron fuera de las listas. Lo de Nicea, que había oído contar más de una vez, no estaba en los papeles de Nicea; lo que sí estaba era que la lista se fue cerrando despacio, y que un libro que contaba la caída de los ángeles se quedó fuera, y que una iglesia de África lo guardó.
Justo tenía razón en una cosa: hoy no había latines. Las leyes se publicaban gratis, en español, para todo el que quisiera. La barrera ya no era la lengua. Era el montón. Publicar no es poder conocer.
A mediodía, esperando a Sofía en la puerta del colegio, siguió en el móvil con los textos de cada pueblo. Justo estaba en su farola, con las manos en los bolsillos. Se saludaron con la cabeza, cada uno en su sitio.
Leyó pocos, y despacio. Una regla de los sabios de Israel, la más directa de todas: «no se decreta una norma sobre la comunidad si la mayoría no puede cumplirla». Pensó en quién se las lee todas. De la India: «El rey que no protege a sus súbditos es en verdad un ladrón». De China, la barca y el agua: el que manda es la barca, el pueblo es el agua, y «el agua la sostiene y el agua la vuelca». De un pueblo del sur de África, que «los soberanos, en vez de ser sostenidos por la comunidad, son su principal sostén». De los mexicas, que el señor ha de sustentar al pueblo «como á niños que están en la cuna». De Hawái, que el rey mandaba, «pero solo mientras obrase con rectitud».
Y de pueblos que se habían dado su orden por su cuenta, en el hielo, en las praderas, en los Andes, en las islas, tres cosas que se repetían: la tierra en común, el daño que se compensa y lo que se decide en consejo. Como el tribunal de los jueves. El orden no había nacido con los Estados.
Lo que más le gustó lo encontró ya con la niña a la vista, saliendo por la puerta con la mochila a rastras. En tres lenguas antiguas, el griego, el hebreo y una lengua de la India, la palabra de la falta era la de un tiro que no da en el blanco. De unos honderos de la Biblia se decía que «tiraban una piedra con la honda á un cabello, y no erraban», y ese no erraban era el verbo del pecado.
Un error de dirección. En el taller, un coche que tira hacia un lado no se tira a la chatarra: se alinea.
Por la tarde, con el último coche ya en la calle, volvió a la página del Arca y miró las nueve filas de arriba abajo. Lo que la noche anterior había visto debajo, sin poder nombrarlo, ahora estaba claro. Las nueve decían lo mismo de nueve maneras: el impuesto que empobrece, la pesa falsa, el depósito que no se devuelve, el castigo que se cobra, el préstamo que esclaviza. Todo era servirse del otro en lugar de servirle.
Estaba escrito por todas partes. «Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir». Y en China, sin contacto documentado con aquello: «los ríos y los mares pueden ser reyes de los cien valles porque saben ponerse por debajo de ellos». En la India, a los que salían por los caminos a enseñar se les mandaba ir «por el bien de muchos, por la felicidad de muchos, por compasión del mundo». Y lo que no sirve, se separa: «Todo árbol que no lleva buen fruto, córtase y échase en el fuego».
Mandar era encargarse. Se lo había dicho la cama de Sofía el lunes anterior, sin hacer, en un cuarto que ella había declarado Estado.
Al pie de la página, debajo de lo que ganaba Justo, escribió una sola pregunta, para hacérsela a cada ley que le quedara por mirar: «¿sirve, o se sirve?».
Esa noche, Sofía no se quería dormir. Él se sentó en el borde de la cama.
—¿Y dicen todos lo mismo? —preguntó ella, ya con los ojos medio cerrados.
—Casi. Pueblos que, que se sepa, no se conocían dicen las mismas cosas. Que el sí se dice. Que la medida tiene que ser justa. Que el que manda, sirve.
—Eso lo dice también la abuela de la de la trenza —dijo Sofía—. Reza en otro idioma, pero en su casa también se devuelve lo que te dejan. Me lo contó en el recreo.
—¿Ves? Y que se sepa, nadie se lo ha copiado a nadie.
—El de las gafas dice que su padre dice que eso son cuentos de viejas.
El padre se acordó de la silla de plástico y de las manos en los bolsillos. Se lo había oído esa misma mañana, de primera mano.
—Está en su derecho de pensarlo. Por eso hay que leerlo, y no creérselo porque sí. Ni lo de la abuela, ni lo de su padre, ni lo mío.
—¿Y de los niños dicen algo?
Él sonrió en la oscuridad.
—Dicen que si no te haces como un niño, no entras en el reino de los cielos.
Sofía abrió un ojo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Lo que pone, es eso. Lo que yo creo es que quiere decir preguntar sin miedo y sin trampa, y aceptar lo que es verdad, aunque no te guste. Como haces tú.
—Pero yo no sé casi nada.
—Por eso. El que cree que ya lo sabe todo no pregunta. Y pone también que el que se hace pequeño como un niño, ese es el mayor.
Sofía se quedó callada tanto rato que él pensó que se había dormido.
—Papá. Si él decía eso, lo de hacerse como un niño, ¿por qué no lo enseñan así? Lo enseñan en la cruz. Y viendo lo que le hicieron a ese hombre, a mí no se me ocurriría decir ni pío.
Él no contestó enseguida.
—Lo que pone es lo que te he dicho: que hay que hacerse como un niño. Lo que yo creo, y esto es solo mío, es que una imagen así te dice «no muevas ni un dedo, que mira lo que te va a pasar». Y el que no mueve un dedo tampoco pregunta.
—¿Y lo hicieron por eso?
—Eso no lo sé. Y lo que no sé no lo digo como si lo supiera.
Gea estaba en la puerta, con el hombro en el marco. Había venido a darle un beso a la niña y se había quedado escuchando.
—Tu abuela no lo mira así —dijo bajito—. Para ella no es un aviso. Es lo que dio por los demás.
—Eso también lo apunto —dijo él—. Al lado.
Gea entró, le dio a Sofía un beso en el pelo y se fue sin encender la luz.
Sofía se dio la vuelta, abrazada a la almohada.
—Papá. ¿Y al principio de todo qué pasó? Antes de todos esos libros.
—Hay una historia, la primera de todas. Un jardín con dos árboles.
—¿Y qué pasó en el jardín?
Él la tapó hasta la barbilla. Se sabía la historia de oídas, como la sabe todo el mundo. Y de oídas, ya sabía lo que valía.
—Esto aún no lo sé bien. Déjame mirarlo.