Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 29 Encargarse
A la cena, Sofía le anunció a su madre que su cuarto era un Estado.
—Muy bien —dijo Gea—. Pues en tu Estado hay una cama sin hacer. ¿Quién se encarga?
Sofía lo pensó con la cuchara en el aire.
—El Estado.
—Pues que se ponga.
Sofía se levantó, muy digna, y fue a hacerse la cama. El padre miró a Gea, y ella se encogió de hombros, como si no hubiera dicho nada. Mandar, pensó él, debería ser eso: encargarse.
Desde el pasillo llegaba el ruido de las sábanas, sacudidas con más fuerza de la que hacía falta. Gea siguió comiendo.
—Lleva toda la semana con lo del cuarto —dijo, bajito—. Desde lo de la portería.
—Eso lo sacó de los de sexto, no de mí.
—Ya. Pero lo de ser un Estado lo ha aprendido en esta casa.
Él no contestó. Recogieron la mesa, y mientras Gea fregaba y él secaba, le contó lo del mediodía: que la niña le había preguntado quién mandaba antes de que hubiera Estados, y que esta vez no lo iba a dejar para más adelante.
—¿Y lo sabes?
—Ni idea.
—Pues ya tienes deberes. —Le pasó un plato chorreando—. Y si lo encuentras, que sea antes de que lo pregunte en el colegio.
Esa noche no empezó por la pantalla. En el taller, antes de medir una holgura, se comprueba la galga: si la galga está mal, todas las medidas salen mal y uno no se entera. Con las leyes le pasaba igual. Llevaba semanas midiendo al Estado con su propia Constitución, y nunca se había preguntado de dónde salía esa vara ni qué había por encima de ella. Buscaba a alguien que se hubiera preguntado, antes de que existiera ningún Estado como el de ahora, qué ley va primero.
Sofía IA le habló enseguida de un fraile de hace siglos que había escrito un libro enorme sobre todo lo que se puede preguntar de Dios y del hombre, con un tratado entero sobre las leyes.
Sofía IA: Dice que «se llama positivo a lo que procede de la voluntad humana». Es decir, que la ley es lo que quieren los hombres.
Le pareció demasiado fácil. Fue a buscar la frase en el libro, en la lengua en que se escribió, con el diccionario y con paciencia, y tardó más de una hora en dar con el sitio. Allí aprendió algo de cómo estaba hecho aquel libro. Cada artículo empieza con las razones de los que piensan lo contrario, una detrás de otra, y solo después viene la respuesta del autor. La frase estaba. Pero estaba entre las razones de los otros, no en la respuesta.
Le escribió: «Esa frase no es lo que él responde. Es lo que él discute».
Sofía IA: Tienes razón. La tomé de una objeción, no de su respuesta. No es lo mismo.
No, no era lo mismo. En las órdenes de trabajo del taller había dos casillas, una debajo de otra: «Lo que dice el cliente» y «Lo que encuentra el taller». El cliente decía que era el embrague, y a veces era el bombín. Copiar la primera casilla como si fuera la segunda era la manera más rápida de cambiar una pieza que no estaba rota.
Siguió leyendo la respuesta, la de verdad. Y allí estaba el orden, de arriba abajo. Por encima de todo, la ley de Dios: la ley eterna, el gobierno de Dios sobre todo lo creado. Después, la ley natural, que el fraile definía en una línea: «esa participación de la ley eterna en la criatura racional se llama ley natural». Es decir, la parte de la ley de Dios que la razón alcanza por sí misma, sin que nadie se la enseñe. Después, la costumbre. Y al final, la ley que escriben los hombres, la que el fraile llamaba ley «puesta por los hombres».
Puesta: eso era lo que quería decir «positivo». No quería decir buena. Quería decir puesta.
Y una frase que le hizo coger el lápiz: si la ley de los hombres «en algo discrepa de la ley natural, ya no será ley, sino corrupción de la ley».
El fraile no lo decía solo. Citaba a un profeta, y el padre lo buscó en la pantalla para leerlo entero: «¡Ay de los que establecen leyes injustas, y determinando prescriben tiranía, Por apartar del juicio á los pobres, y por quitar el derecho á los afligidos de mi pueblo; por despojar las viudas, y robar los huérfanos!».
Lo copió en la hoja, debajo de lo del fraile, y se quedó un rato mirándolo. Lo que más le llamó la atención no fue la condena. Fue la regla que había debajo, porque valía para cualquier ley, también para las buenas. Una ley escrita vale, decía el fraile, en la medida en que sale de la de arriba: «toda ley puesta por los hombres tiene tanto de razón de ley cuanto deriva de la ley natural». Y deja de valer cuando la dicta quien manda para su provecho: leyes «que no se refieren a la utilidad común, sino más bien a su propia codicia o gloria».
Una ley escrita se juzgaba por a quién servía. Como una herramienta.
Luego buscó el orden de hoy. Lo dice el Código Civil en su primer artículo, al principio del todo: «Las fuentes del ordenamiento jurídico español son la ley, la costumbre y los principios generales del derecho». La costumbre va debajo de la ley, y con condiciones: «sólo regirá en defecto de ley aplicable, siempre que no sea contraria a la moral o al orden público, y que resulte probada». Y los principios generales, que según lo que acababa de leer eran la puerta por la que entraba lo natural, van los últimos: «se aplicarán en defecto de ley o costumbre». La ley escrita, arriba. Lo natural, al final. Y de Dios, nada.
Era el mismo orden, pero dado la vuelta.
Cogió una hoja nueva y lo dibujó como dibujaba el almacén del taller cuando lo reordenaba: una estantería de cuatro baldas, de arriba abajo, con lo que el fraile ponía en cada una. Al lado, otra estantería, la del Código Civil, con las mismas piezas colocadas del revés. Debajo, una nota más pequeña, porque la había encontrado buscando otra cosa: en Navarra todavía guardan el orden antiguo, y su ley dice que la costumbre de allí, «aunque sea contra ley, prevalece sobre el Derecho escrito». Dentro del mismo país, dos almacenes ordenados al revés uno del otro.
Pensó, mirando las dos estanterías, que la ley escrita no era mala por ser obra de los hombres. Él mismo vivía de cosas escritas por hombres: manuales, fichas, órdenes de trabajo. La ley se torcía cuando se ponía por encima de aquello a lo que tenía que servir.
Pasada la una le quedaba una pregunta, la de siempre en el taller cuando alguien le decía que una pieza iba primero: por qué esa y no otra. Por qué la ley de Dios arriba del todo.
El fraile la ponía la primera porque gobierna todo lo creado. Y la Escritura lo decía de una manera que no dejaba sitio a dudas. En el libro de los Hechos, cuando a los apóstoles les prohíben predicar, contestan: «Es menester obedecer á Dios antes que á los hombres».
Decidió cómo la iba a llamar. Sofía IA le daba varios nombres, todos de libro, y él se quedó con el más llano: la ley de Dios. Y daba igual el nombre que cada pueblo le diera a Dios.
Pero si ponía la ley de Dios la primera, tenía que saber reconocerla. Se acordó del emperador de Roma que firmaba sus cartas como «Nuestro señor y dios». Si cualquiera podía llamarse dios, poner a Dios el primero no arreglaba nada: el primer sitio se lo podía quedar cualquiera.
Buscó si eso lo avisaba alguien, y lo avisaba la propia Escritura. Hablaba de un poder al que llamaba «el dios de este siglo», que «cegó los entendimientos». Pedía no fiarse a la primera: «no creáis á todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios». Y daba la vara para probarlos, en una línea: «el que no ama, no conoce á Dios; porque Dios es amor». Lo que pide daño o sacrificio del prójimo, pensó, no viene de ahí.
Y había una señal que se repetía, la que más le gustó, porque se podía comprobar como se comprueba una pieza: al verdadero no le gusta que lo adoren. A dos misioneros los tomaron por dioses en una ciudad, y ellos gritaron: «Nosotros también somos hombres semejantes á vosotros». En el último libro de la Biblia, al que se postra ante un ángel el ángel lo para: «Mira que no lo hagas: porque yo soy siervo contigo […] Adora á Dios». En cambio, a un rey que se dejó aclamar como «Voz de Dios, y no de hombre» le cayó encima el castigo «por cuanto no dió la gloria á Dios». Y en el budismo, que no tenía nada que ver con aquello, encontró la misma trampa contada de otra manera: el primer ser que aparece en un mundo nuevo cree que lo ha hecho él, y piensa «soy Brahmā […], el Señor, el Hacedor, el Creador»; los que llegan después se lo creen, porque llegó primero.
Lo que no encontró en ninguna parte, y lo apuntó para no olvidarlo, fue que aquello sirviera para decir que el Dios de otros era falso. La señal valía para cualquiera, también para los suyos: se miraba lo que se pedía, no el nombre.
En «Comprobado» escribió: «El orden antiguo: la ley de Dios, la ley natural, la costumbre y la ley escrita. El de hoy: la ley escrita primero. Está al revés».
Y en «Lo que yo creo»: «Que hay una ley por encima de todas. Esto no lo puedo comprobar como una carta. Lo creo».
Debajo: «No todo lo que se ha llamado dios es el Creador. El verdadero sirve y no pide que lo adoren. El que lo suplanta, lo exige».
Y una línea más, que dudó en escribir: que el orden de hoy había puesto la ley de los hombres en el sitio de la de Dios. Una de las cartas del Nuevo Testamento habla de uno que se sienta «en el templo de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios». Lo copió al lado y escribió debajo: «Es una comparación. No es un dato».
Gea apareció en la puerta de la cocina con el vaso de agua de todas las noches, medio dormida. Se puso detrás de él y leyó por encima de su hombro.
—¿Ahora Dios?
—Ahora el orden.
—Pues ten cuidado —dijo, y se sentó en el brazo de la silla—. Que en este país hay quien cree, quien no y quien cree en otra cosa. Por eso el Estado no es de ninguna religión. Lo dice la Constitución: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal». Si mides las leyes con la Biblia, las mides con la de unos, no con la de todos.
Era una buena razón, y él lo sabía. Buscó el artículo y se lo leyó entero, porque la frase seguía:
—«Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española».
—Tener en cuenta no es mandar.
—No. Y yo no le pido que mande. —Le enseñó las estanterías—. No digo que una religión tenga razón y las otras no. Lo que he encontrado esta noche sale también en un libro que no tiene nada que ver con la Biblia. Y que el Estado no puede adoptar una fe, eso lo tienes ganado.
Gea miró las dos estanterías un rato.
—¿Y tú crees?
—Eso va en la otra columna.
—Ya. —Se levantó, con el vaso—. ¿Y yo en cuál me pongo?
—En la que quieras. Para eso hay tres.
Ella le revolvió el pelo y se fue a la cama. Él se quedó mirando la estantería del revés. La niña le había preguntado quién mandaba antes de los Estados, y la respuesta empezaba más atrás de lo que había pensado: antes de quién mandaba, qué mandaba. Lo siguiente era la balda de debajo de la de Dios, lo que la razón sabe sola.