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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 28 Mandato

A mediodía de ese jueves, con el dinero del embrague todavía en el cajón del taller, fue a por Sofía. En su clase elegían delegado, y ella se había presentado. Lo supo el padre en cuanto la vio salir, con la mochila arrastrando y la cara larga.

—Ha ganado el de las gafas.

—¿Y tú?

—Me han votado la de la trenza y yo. —Le dio una patada a una piedra—. Él ha dicho que, si salía, pediría más recreo. Y claro, le han votado todos.

El padre le cogió la mochila.

—¿Y tú qué habías dicho?

—Que pediría que arreglaran la fuente del patio. Que no sale agua.

—Pues eso era verdad, y hacía falta.

—Ya. Pero no me han votado.

Él se agachó para quedarse a su altura, allí mismo, en la acera, y le dijo lo que le salió de dentro: que lo que ella valía no lo decidía ninguna votación. Lo dijo sin pensarlo, como se dicen las cosas que uno sabe desde antes de saber por qué.

Sofía se sorbió la nariz y echó a andar. Hacia el final de la avenida, ya más tranquila, se volvió hacia él.

—¿Y tú a quién votas, papá? Cuando votan los mayores.

—A una lista.

—¿Una lista de quién?

—De un partido. No votas a una persona: votas la lista entera, en el orden que ellos ponen.

—¿Y quién pone el orden?

Él abrió la boca y la volvió a cerrar. Llevaba votando toda la vida, y no lo sabía.

—¿Y si luego no hacen lo que dijeron? —siguió ella—. ¿Les puedes quitar?

—Esta noche lo miro.


Por la noche, Gea le preguntó desde el sofá cómo se lo había tomado la niña.

—Mejor que yo —dijo él.

Antes de lo de la lista, quiso saber si lo de la acera lo había dicho en verdad o solo por consolarla. No lo había comprobado nunca: era de las cosas que uno cree sin mirarlas. Así que lo apuntó donde tocaba, en «Lo que yo creo», y luego buscó si estaba solo.

No lo estaba. Encontró la idea de que el cuerpo es lo primero de cada uno, el sitio desde donde se vive, y que nadie decide por otro qué entra en él. Que la conciencia gobierna ese sitio, y que no se la inventa nadie: las tradiciones dicen que se recibe. Una de las cartas del Nuevo Testamento dice de los que no tienen ley que muestran «la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio juntamente sus conciencias». Y un filósofo alemán, el mismo de «¡atrévete a saber!», lo dejó dicho con una frase que el padre copió entera en la hoja: que «todo tiene o un precio o una dignidad». Lo que tiene precio se puede cambiar por otra cosa. Lo que no admite nada a cambio tiene dignidad. Y la dignidad, apuntó debajo, porque lo había leído también, no se gana en ninguna votación: «la dignidad no se concede, se reconoce».

Eso no era un dato, y lo sabía. Era lo que él creía, con compañía. Lo dejó en su columna.

Después abrió la Constitución por donde hablaba de los diputados. Lo de su hija tenía una respuesta corta: «Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo». Tuvo que buscar qué era un mandato imperativo, y era justo lo que él había dado siempre por hecho: que el que sale elegido tiene que hacer lo que le mandan los que le votaron. La Constitución decía lo contrario. Y durante el mandato nadie los puede apartar, salvo en unos pocos casos que fija el reglamento de la propia cámara.

Luego, lo de la lista. La ley de los partidos solo les pide que su organización y su funcionamiento sean «democráticos». Ni esa ley ni la de las elecciones dicen cómo elige cada partido a los que pone en la lista: eso lo deja a sus estatutos. Así que sí, él elegía. Elegía una lista, y la lista la hacían otros.

La defensa la buscó igual que buscaba la de todo, y la encontró enseguida, porque era buena. Si el elegido estuviera atado a lo que le mandan unos pocos, representaría solo a esos pocos; libre de ese mandato, puede representar a todos, también a los que no le votaron, y no le pueden apretar los de siempre. Y las cuentas se piden en cada elección: el que no cumple no vuelve a salir. Era verdad. Pero lo que no encajaba también estaba escrito, y no lo escondía nadie: entre una elección y otra, el votante no tiene ningún medio para pedirles cuentas. Al Gobierno lo puede hacer caer el Congreso con una moción de censura. Al diputado, el que le votó no lo puede apartar.

En el Evangelio estaba la medida, y la copió: «el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor».

Ya iba a cerrar la libreta cuando se acordó de algo que la radio del taller decía a cada rato: que el Gobierno aprobaba por decreto esto o aquello. La Constitución deja al Gobierno dictar normas con fuerza de ley, pero solo «En caso de extraordinaria y urgente necesidad». Es la excepción: las leyes las hacen las Cortes. Y el Constitucional había anulado al menos cinco veces decretos de esos porque no justificaban la urgencia.

Ahí se acordó del francés del poder que frena al poder, y fue a leerlo entero. Si el que hace las leyes y el que las ejecuta son el mismo, escribió, «no hay libertad». El decreto era eso: el Gobierno haciendo de legislador por un rato. Por eso tenía su freno. El Congreso tiene que votarlo en treinta días y lo puede tumbar, y el Constitucional anula lo que no se justifica. Lo que no le gustó fue cómo se vota: «de totalidad», sí o no a un texto que ya está en vigor, sin cambiarle una coma. Tramitarlo después como una ley, con sus cambios, se puede, pero la Constitución dice «podrán», no que deban.

La otra cara, también. Gobernar a veces no puede esperar, y hay urgencias de verdad: una pandemia lo es. Y el Congreso también tumba: derogó al menos siete entre enero de 2024 y septiembre de 2026. Lo que se discute no es que exista, sino cuántas veces se usa. Un estudio privado, hecho con los datos del boletín oficial, lo contaba: de cada diez normas con rango de ley aprobadas entre 2013 y 2024, unas cuatro fueron decretos. Lo apuntó con su cautela, porque el estudio era de una organización de empresarios y no del Estado. En los Proverbios encontró una línea que parecía escrita para eso: «todo presuroso, indefectiblemente á pobreza».

Y antes de apagar volvió al inglés de 1690, al de la propiedad del martes, porque había visto una frase que no se le iba de la cabeza: que «la tiranía es el ejercicio del poder más allá del derecho, al que nadie puede tener derecho», y que es un error pensar que eso solo les pasa a los reyes, porque «otras formas de gobierno están expuestas a ella igual que esa». La tiranía se mide por lo que se hace, no por cómo se llegó. Llegar por los votos no vacunaba a nadie.

Y en «Comprobado» quedó así: «El diputado no está atado a lo que le pide el que le vota: lo dice la Constitución. Se vota una lista cerrada, y cada partido la hace a su manera. El decreto es para lo urgente, y a veces se ha usado sin urgencia: lo ha dicho el Constitucional. Tiene su razón: así representan a todos, y las cuentas se piden en cada elección».

Y en «Lo que yo creo», debajo de lo de la acera: «Que el que manda tendría que ser un servidor. Y que entre elección y elección, el que vota se queda sin voz». Y una línea más, con el lápiz casi sin punta, pensando en su hermano y en los vigilantes: «Que cuando el que tiene que ser frenado elige al que le frena, el freno sigue escrito, pero ya no frena».


El lunes, Sofía llegó del colegio con noticias.

—El de las gafas dice que no puede pedir más recreo. Que ahora es delegado de toda la clase, también de los que no le votaron, y que a muchos no les gusta el recreo largo porque se aburren. Y que la señorita dice que tiene razón.

El padre se rio por dentro. Un niño de su edad acababa de explicar en un momento lo que a él le había costado una noche.

—Pues tiene su parte de razón. Es lo mismo que dice la Constitución de los diputados: que representan a todos, no solo a los que los votaron.

—¡Pero lo prometió! Le votaron por eso.

—Eso también es verdad.

—¿Y no le pueden quitar?

—Hasta la próxima elección, no.

Sofía se cruzó de brazos.

—Entonces, ¿para qué le votamos?

—Para elegir. Lo que no tenéis es manera de pedirle cuentas hasta la próxima vez. Esa es la parte que yo no veo clara.

—¿Y tú, con tu lista?

—Lo mismo, pero en grande.

Sofía se quedó pensando. Luego se descruzó de brazos, porque se le había ocurrido otra cosa.

—Papá, en el cole hay una puerta de emergencia. Solo se puede abrir si hay un fuego. ¿Eso es como lo del decreto que dice la radio?

Él dejó de secar el vaso que tenía en la mano. No le había contado nada del decreto. La niña había oído la radio del coche, camino del colegio, tanto como él.

—Igualito. Está para cuando hay fuego. Si se usa para salir antes al recreo, ya no es una puerta de emergencia.

—¿Y la usan para salir antes?

—Alguna vez, sí. Lo ha dicho el tribunal.

Sofía asintió despacio, como cuando una cuenta le cuadraba.

—Pues antes de que hubiera Estados, ¿quién mandaba? ¿También votaban a listas?

Era la pregunta de la portería, que había vuelto sola. El padre dejó el vaso en el escurridor. Esta vez no la iba a apuntar debajo de todo.

—Tampoco lo sé todavía. Déjame mirarlo.