Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 10 La vacuna
Si quería preguntar por la casa entera, primero tenía que saber qué preguntar. Esa semana, cada noche, después de cenar, hizo una lista.
La dividió como dividía las averías: las que se ven con la luz del taller y las que solo salen en carretera. Arriba puso lo que la ley daba por cierto con sus propias palabras, cada cosa con su artículo. Que los actos de la Administración valen mientras no se pruebe lo contrario. Que cobra sin juez. Que lo que anota el que tiene condición de autoridad hace prueba. Que la notificación electrónica que uno no abre a tiempo se da por rechazada. Que, en algunas peticiones, el silencio de la Administración quiere decir que no. Que todos conocen todas las leyes.
Ahí encontró una que no esperaba, y que le tocaba de cerca. Los datos que uno pone en sus declaraciones a Hacienda, dice la ley, «se presumen ciertos para ellos y sólo podrán rectificarse por los mismos mediante prueba en contrario». Pensó en la hoja de las crucecitas que le preparaba el gestor cada trimestre y que él firmaba sin leer. Lo que había firmado allí se tenía por cierto contra él. Y si estaba mal, le tocaba probarlo a él.
Debajo, en la segunda parte, puso lo que ninguna ley escribía y todo el mundo daba por hecho. Que el pueblo dijo que sí. Que hay un pacto. Que uno acepta lo que le toca al nacer. Que el que te representa te obedece. Que lo legal es justo por ser ley. Esas no tenían artículo. Se sostenían en que se creían.
Y al lado de cada una, la misma pregunta, la de la ley de enjuiciamiento: de qué hecho salía. La escribió con las palabras que encontró para esos escritos, porque eran mejores que las suyas: que le dijeran «el hecho demostrado o admitido del que parte respecto de mi persona, y el documento que lo acredita».
Había plantas enteras que no sabía rellenar. Lo del dinero, lo de los que aún no han nacido, lo de las promesas. Las dejó en blanco. No iba a preguntar por lo que no había mirado.
Amparo vino el jueves por la tarde a devolver una fiambrera, y Gea la sentó en la cocina antes de que pudiera decir que tenía prisa. Él le enseñó la lista. Se lo había prometido.
Ella la leyó despacio, con las gafas en la punta de la nariz, pasando el dedo por los artículos como quien repasa una suma.
—La primera parte está bien —dijo—. Cada artículo es lo que dices. Eso no te lo discute nadie.
—¿Y la segunda?
Se quitó las gafas.
—Eso te lo inadmiten.
—¿Por qué?
—Porque una petición tiene que pedir algo concreto, y tú preguntas cosas generales. En qué se funda la soberanía. ¿Quién te contesta a eso? Te dirán que no es una petición, que es una opinión. Y si te contestan, te contestarán que porque lo dice la Constitución, y a otra cosa.
—Pues que me lo digan por escrito.
Ella se rio, pero no le dio la razón.
—¿Y qué ganas?
—Que quede escrito que me han contestado con lo mismo que pregunto. Si les pregunto en qué se funda lo que dice la Constitución y me dicen que en la Constitución, eso también es una respuesta.
Amparo se quedó un rato mirando la lista. Luego dobló la hoja y se la devolvió.
—No la mandes todavía.
—No la iba a mandar.
Era verdad. Le faltaban plantas. Pero se dio cuenta, mientras la acompañaba a la puerta, de que la lista le había servido ya sin mandarla. Desde que la había escrito, cada vez que oía en la radio algo que se daba por cierto, le salía solo preguntar de qué hecho partía. Era como una vacuna. No curaba nada. Pero el que la había pasado ya no se tragaba una presunción sin mirarle los papeles.
Esa noche escribió otro papel, este solo para él.
Lo había visto entre los modelos de escritos, y era el más raro de todos, porque decía de sí mismo que no servía para nada ante nadie. Era una constancia: dejar por escrito que el sí que se le presumía no lo había dado nunca. Lo copió a mano y lo fue rellenando con lo que él tenía comprobado. Que «Nunca he firmado ni prestado consentimiento expreso a un contrato social», y que sin consentimiento no hay contrato. Que los derechos que uno tiene por ser persona no nacen de ningún contrato: la Constitución los reconoce como suyos, inherentes. Que actuaba de buena fe y que cumpliría lo que le tocara cumplir.
El modelo traía otro punto, sobre el dinero y lo que pierden los ahorros. Ese lo dejó fuera. No lo había comprobado, y no iba a firmar lo que no había comprobado. Ya bastante había firmado así en su vida.
Y al final, la línea que hacía al papel distinto del vídeo del de los toldos: «Esta constancia no produce efectos legales ante la Administración ni ante los tribunales, y no me exime de ninguna obligación vigente». Los papeles del hombre de la estantería prometían sacarte de todo. Este no prometía nada. Decía la verdad sobre sí mismo, y por eso nadie podía tomarlo por lo que no era.
Lo firmó y lo guardó en la carpeta, detrás de la copia sellada. No sabía todavía para qué. Para que constara.
Luego leyó los demás modelos, uno detrás de otro, como se lee el manual de un coche que todavía no te ha entrado en el taller. Para pedir los datos que tiene la Administración sin tener que decir para qué los quieres. Para reclamarle cuando te debe algo concreto y no te lo da. Para quejarse a una institución que investiga a la Administración, gratis y sin abogado. Para recordarle por escrito, si no te contesta, que tiene la obligación de hacerlo; ese lo marcó, por si acaso.
Y los últimos, que le hicieron gracia, porque eran el espejo. Si el ciudadano paga tarde, paga intereses; si Hacienda devuelve tarde, «también los debe, sin que se le pidan». Si el ciudadano hace un daño, lo paga; si el funcionamiento de la Administración hace un daño, lo tiene que indemnizar. Lo mismo que se le exige a uno, exigido de vuelta. En el taller eso se llamaba garantía, y valía para el que arregla y para el que paga.
El viernes por la noche se quedó solo en la cocina con la hoja de las columnas y la de la casa, una al lado de la otra.
Le quedaba una pregunta de la noche de las plantas: por qué había durado tanto. Una parte ya la tenía. La había encontrado aquella misma noche, después de que Gea se fuera a la cama: que la primera razón por la que la gente obedece sin que nadie la obligue es la costumbre, haber nacido dentro y no conocer otra cosa. Ahora encontró la otra parte en un griego muy antiguo, que lo había escrito pensando en los que hacen las leyes: «los legisladores hacen buenos a los ciudadanos acostumbrándolos; esa es la voluntad de todo legislador, y los que no lo hacen bien yerran; y en eso se distingue un buen régimen de uno malo».
Acostumbrándolos. La costumbre no era solo cosa de los que obedecen. También la daba la ley. Y lo que se repite forma: para bien o para lo contrario.
Lo apuntó en «Lo que yo creo», y debajo escribió lo que llevaba días rondándole y no se había atrevido a poner. Que la piedra de todo aquello era una sola. Que nadie le había preguntado nunca. Que había nacido dentro, como la niña, como un pez que no sabe que está en el agua, y lo había aceptado sin saberlo, firmando donde le decían. Si eso era verdad, todo lo que llevaba buscado se sostenía sobre ella. Y si no lo era, tenía que haber un papel en algún sitio que lo demostrara: un sí dicho de verdad.
Lo dejó en «Lo que yo creo». Lo creía, pero no estaba en ningún papel.
Después miró la columna de «Aún no lo sé». Se había ido haciendo larga sin que se diera cuenta, a base de noches: cómo se construyó el Estado, si cumple lo que promete, de dónde sale el dinero, quién va a pagar lo que se debe, qué había antes, con qué se mide la Constitución. Leída de arriba abajo no parecía una lista de dudas. Parecía una orden de trabajo, con las averías puestas en el orden en que había que mirarlas.
Estaba en eso cuando le sonó el móvil. Era su hermano.
—El domingo comes aquí —le dijo, sin saludar, como siempre—. Y tráete eso de los papeles, que me ha dicho Gea que andas de noche con el Estado.
—¿Te lo ha dicho Gea?
—Me lo ha dicho Gea. Y yo te digo una cosa: los Estados se han hecho siempre igual. Ya te lo explicaré el domingo.
Colgó antes de que pudiera contestarle. Él se quedó mirando el móvil, y luego la primera línea de la orden de trabajo. Cómo se construyó el Estado. Su hermano tenía una opinión. Él, de momento, solo tenía la pregunta.