Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 9 Copia sellada
La carta no era larga. Lo largo era lo que no decía.
Le reclamaban un pago del taller, con todos sus céntimos. Tenía un plazo, un número de expediente y, en medio de un párrafo, el artículo de una ley que él no había leído nunca. Buscó la ley y leyó el artículo. Decía lo que decía la carta, ni más ni menos. Él seguía creyendo que aquel pago no le tocaba. Pero eso era lo que él creía, y lo sabía.
Lo que no sabía era otra cosa: si la carta se equivocaba, quién tenía que demostrarlo.
Lo encontró en la ley del procedimiento administrativo, la de la que le había hablado Amparo. Los actos de la Administración «se presumirán válidos y producirán efectos desde la fecha en que se dicten». Y lo que anota un funcionario con condición de autoridad vale como prueba: sus documentos «harán prueba de éstos salvo que se acredite lo contrario».
Se presumirán. Ahora sabía cómo se llamaba aquello. La carta valía desde el día en que la firmaron, tuviera razón o no, y si no la tenía, era él quien tenía que probarlo.
Encontró además una cosa que Amparo no le había dicho, y que no le consoló. Cuando la Administración sanciona, la presunción cambia de lado: al que van a multar la ley le reconoce que no es responsable mientras no se demuestre lo contrario. Pero lo suyo no era una multa. Era un pago. Y en un pago, la carta valía.
Notó cómo le subía el calor por el cuello. Era el mismo calor del día que un cliente le dijo, delante de otros, que le había cobrado una pieza que no había cambiado. Se levantó, fue hasta la ventana y respiró despacio, varias veces, hasta que se le pasó. Luego volvió a la mesa. Enfadado no se diagnostica bien un motor.
Siguió leyendo, porque no quería quedarse solo con lo que le enfadaba, y lo que encontró fue lo mismo que le había dicho ella con el café: sin esa presunción no funcionaría ninguna administración, y la ley deja reclamar. Lo apuntó al lado, como se había prometido. En «Lo que yo creo» escribió que la balanza pesaba más de un lado que del otro.
Al día siguiente, mientras merendaban, la niña le preguntó si la carta tenía razón, y él le contestó con un ejemplo del colegio, la agenda donde la señorita apunta lo que pasa en clase: que lo que ella escribe vale, aunque no sea verdad, y que si no lo es, lo tienes que demostrar tú. «Pero entonces la señorita siempre gana un poco», dijo la niña. Lo había vuelto a decir mejor que él.
Esa noche se sentó a escribir.
No sabía cómo se escribía a la Administración, y no quería escribir como un enfadado. Buscó cómo se hacía, y encontró que había una escalera. Primero se pide, con respeto. Si lo que te contestan no contesta, o no te contestan, se exige que acrediten lo que dicen. Y si siguen callados, se les recuerda por escrito que tienen la obligación de resolver. Cada escalón, con la fecha del anterior.
Encontró también que su carta ya tenía expediente, y que cuando hay un expediente abierto el escrito va dentro de él, con su número, y no por libre. Y que lo que se pide antes de discutir el fondo es lo de siempre en cualquier taller: con qué competencia actúa quien te reclama, en qué hechos probados se basa, con qué motivos, y quién es el responsable de tramitarlo. Que te digan quién ha firmado la orden de trabajo, y por qué.
Había una advertencia, y la subrayó con el lápiz. Ese escrito no paraba nada. Ni el plazo ni el pago. Si había que pagar, se pagaba, y si había que recurrir, se recurría en su plazo, aparte.
Lo escribió a mano primero, como los presupuestos. Le salió largo, y con alguna palabra que en el taller se decía mucho y en un papel no se decía nunca. Puso al final una línea que no estaba en ningún sitio y que le salió sola: que lo escribía de buena fe, que él también podía estar equivocado, y que si se lo explicaban con motivos, rectificaría. Con la vara de la otra noche no podía pedirles a ellos lo que no se aplicaba a sí mismo.
Gea lo leyó por encima de su hombro, con la taza en la mano. Cogió el bolígrafo y tachó un adjetivo.
—Pon lo que pasó. Lo que tú piensas de ellos no hace falta.
Él lo volvió a leer sin el adjetivo. Era mejor. Sin él, el escrito no se defendía de nadie. Solo preguntaba.
—¿Se lo vas a enseñar a Amparo?
—Lo de pedir, no. Lo sé hacer. Si un día escribo lo de la casa entera, entonces sí.
Lo pasó a limpio en el portátil. Gea, desde el sofá, lo miró teclear y no dijo nada.
A la mañana siguiente, con la persiana del taller todavía bajada, lo imprimió por duplicado y firmó los papeles después de leerlos enteros, palabra por palabra. Después pagó en el banco lo que reclamaba la carta, dentro del plazo, y guardó el justificante. Luego fue a la oficina de registro antes de abrir el taller. Cogió número, esperó entre una señora con una carpeta de plástico y un chico con el casco de la moto en la mano, y cuando le tocó dejó en la ventanilla el escrito y su copia. La mujer del otro lado los leyó por encima, sin interés, como él leía las hojas de pedido de los proveedores. Cogió el sello, lo mojó en la almohadilla y le dio un golpe seco a cada papel. Le devolvió la copia.
En la esquina había una fecha, un número de registro y el nombre de la oficina, en tinta morada.
Él se quedó un momento mirándolo, delante de la ventanilla, hasta que el siguiente carraspeó. Era una tontería. Era un sello. Pero era el primer papel de su vida que no había firmado donde le dijeron.
El sábado por la mañana la niña se fue con él al taller y se subió al taburete alto de las herramientas finas. A media mañana entró el del furgón blanco. Llevaba semanas sin pagar el embrague y lo sabía, porque levantó las manos antes de que nadie abriera la boca.
—A final de mes, te lo juro. Este mes Hacienda me ha embargado la cuenta y voy justo.
—¿Te la han embargado?
—Sin juez ni nada. Un día miro el banco y me falta el dinero. —Se encogió de hombros—. Y mira, algo de lógica tiene. Si Hacienda tuviera que ir al juez por cada uno como yo, no cobraba nunca.
Se rio de sí mismo y se fue. La niña preguntó por qué su padre no iba a casa del del furgón a cogerle el dinero, y él le contestó que porque no podía, que él necesitaba un juez. Y la niña preguntó lo que tenía que preguntar: por qué a él se lo habían quitado sin juez.
Esa noche dejó la carta a un lado. Lo que dice un cliente en la puerta del taller es como lo que dice un periódico: te dice dónde mirar, no lo que hay.
Lo que había lo encontró en la misma ley de la otra noche. Los actos de la Administración «serán inmediatamente ejecutivos», y ella misma puede ejecutarlos, sin pedirle antes permiso a ningún juez. Luego buscó lo suyo, lo de un taller al que no le pagan, y lo encontró en otra ley: «La acción ejecutiva deberá fundarse en un título que tenga aparejada ejecución». Para cobrar a la fuerza, él necesitaba antes una sentencia, o un papel que valiera como ella. Así que lo que daba por hecho tanta gente, y él el primero, que el Estado y el ciudadano se cobran con la misma vara, no era una presunción. Era falso, y lo decía la ley con todas sus letras.
Buscó también lo que podía hacer el del furgón, que eso no se lo había preguntado nadie. Contra el embargo de Hacienda cabía recurso, en un mes desde que te lo notifican, pero no por cualquier motivo: la ley los cuenta uno a uno, y entre ellos estaba que no te hubieran notificado antes la providencia de apremio, el papel con el que empieza el cobro a la fuerza. Por eso había que pedir siempre la prueba de la notificación. Y había otra cosa que el del furgón no iba a querer oír. Recurrir no paraba el cobro. Para pararlo mientras se discutía había que dejar una garantía por lo que te reclamaban, con sus intereses y sus recargos. Las sanciones de Hacienda, esas sí, se paraban sin garantía.
Así que el que tenía dinero para garantizar podía discutir sin pagar, y el que no lo tenía discutía con la cuenta vacía. Lo apuntó en «Comprobado», con la defensa al lado, que el del furgón ya le había dado gratis: si Hacienda tuviera que ir al juez por cada cobro, no cobraría, y lo que cobra es para lo de todos.
El domingo por la mañana, en el desayuno, la niña dejó su hucha de cerámica encima de la carta, para que su padre pagara y no le quitaran el dinero. Él tardó en poder hablar. Le dijo que se la guardara, que eso era suyo.
El lunes llamó al del furgón.
—¿Te notificaron el apremio antes de embargarte?
—Yo qué sé. Me llegan muchas cartas.
—Pues pide la prueba. Tienes un mes, desde que te notificaron el embargo, para recurrir, y si no te la notificaron, es un motivo. Si te la notificaron, por lo menos sabrás qué pasó.
—¿Y eso me devuelve el dinero?
—No lo sé. Eso no te lo puedo decir.
Hubo un silencio al otro lado. Se oía una radio.
—Ya veré —dijo el del furgón—. A final de mes te pago, de verdad.
Esa noche guardó la copia sellada en una carpeta, con el justificante del pago y la carta del escudo debajo. Miró la hoja de la casa, que seguía en la mesa. Su escrito preguntaba por su carta, y estaba bien. Pero en la oficina que tramitaba su carta nadie le iba a contestar por los cimientos, por el sí que nadie dio ni por el registro de las setenta y dos horas. Eso no lo podía contestar quien tramita un pago. Si quería preguntar por la casa entera, tenía que ser a otra puerta, y con otro papel.