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Apocalipsis del Sistema
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Empezar a leer

Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 16 Papá, ¿y antes de los Estados qué había?

A la cena, Sofía le anunció a su madre que su cuarto era un Estado.

—Muy bien —dijo Gea—. Pues en tu Estado hay una cama sin hacer. ¿Quién se encarga?

Sofía lo pensó con la cuchara en el aire.

—El Estado.

—Pues que se ponga.

Sofía se levantó, muy digna, y fue a hacerse la cama. El padre miró a Gea, y ella se encogió de hombros, como si no hubiera dicho nada. Mandar, pensó él, debería ser eso: encargarse.

Esa noche tuvo que ir más atrás. A antes de que existiera ningún Estado como el de ahora. Buscaba a alguien que se hubiera preguntado qué ley va primero.

Lo encontró en un fraile de hace siglos, Tomás de Aquino, que escribió un libro enorme, la Suma teológica. Le pidió a Sofía IA que le buscara lo que decía de las leyes.

Sofía IA: Tomás de Aquino escribe: «Se llama positivo a lo que procede de la voluntad humana».

Fue a buscar la frase en el libro, en latín, con el diccionario y con paciencia. Y aprendió algo de cómo estaba hecho aquel libro: cada artículo empieza con las razones de los que piensan lo contrario, y después viene la respuesta del autor. La frase estaba. Pero estaba en la parte de los que pensaban lo contrario, no en la respuesta.

Le escribió: «Esa frase no es lo que él responde. Es lo que él discute».

Sofía IA: Tienes razón. La tomé de una objeción, no de su respuesta. No es lo mismo.

No era lo mismo, no. Era como decir que un mecánico piensa que hay que cambiar el motor porque lo apuntó en la libreta, cuando lo que apuntó era lo que decía el cliente.

Siguió leyendo la respuesta, la de verdad. Y allí estaba el orden, de arriba abajo. Por encima de todo, la ley de Dios: la ley eterna, el gobierno de Dios sobre todo lo creado. Después, la ley natural, la parte de esa ley que la razón alcanza por sí misma. Después, la costumbre. Y al final, la ley que escriben los hombres. Y una frase que le hizo coger el lápiz: si la ley de los hombres «en algo discrepa de la ley natural, ya no será ley, sino corrupción de la ley».

Luego buscó el orden de hoy. Lo dice el Código Civil, al principio del todo: «Las fuentes del ordenamiento jurídico español son la ley, la costumbre y los principios generales del derecho». La ley escrita, arriba. Lo natural, al final. Y de Dios, nada.

Era el mismo orden, pero dado la vuelta.

Lo que más le costó fue entender qué era eso de la ley natural, porque la palabra se usa para dos cosas. Una describe lo que pasa: que el agua cae, que el fuego quema. Esa no se puede desobedecer. La otra dice lo que debería pasar: no matar, devolver lo que te han dejado. Esa sí se puede desobedecer, y por eso hace falta saber distinguir el bien del mal. Apuntó al margen: «Que una cosa pase no la hace buena».

Quiso saber si eso lo sabían todos los pueblos o solo los de aquí. Encontró que alguien lo había puesto a prueba en tradiciones sin contacto documentado entre sí, y que el resultado no era redondo: unas lo confirmaban, otras decían lo contrario y otras no daban para tanto. Le gustó que no fuera redondo. Lo redondo, ya lo había aprendido con Sofía IA, había que mirarlo con lupa.

Y encontró a un griego muy antiguo, de los primeros que se hicieron estas preguntas, que lo había dicho en una línea: «todas las leyes humanas se nutren de una sola, la divina».

El padre se quedó mirando la hoja. Aquello no era una planta más del edificio. Eran los cimientos. Todo lo que había encontrado hasta entonces descansaba ahí.

En «Comprobado» escribió: «El orden antiguo: la ley de Dios, la ley natural, la costumbre y la ley escrita. El de hoy: la ley escrita primero. Está al revés».

Y en «Lo que yo creo»: «Que hay una ley por encima de todas. Esto no lo puedo comprobar como una carta. Lo creo».

Pero si ponía la ley de Dios la primera, tenía que saber reconocerla. Se acordó del emperador que firmaba sus cartas como dios. Debajo escribió: «No todo lo que se ha llamado dios es el Creador. El verdadero sirve y no pide que lo adoren. El que lo suplanta, lo exige».


El sábado, en el taller, entró un cliente mayor, de los de toda la vida, a recoger el coche. Mientras pagaba, se quejó sin que nadie le preguntara.

—Vendí el piso de mis padres y me cobraron la plusvalía. Luego dijeron en la tele que el tribunal ese la había anulado. ¿Y sabes qué? A mí no me devolvieron ni un céntimo.

—¿Reclamaste?

—¿Yo? Si era ley. Lo que dice la ley va a misa. —Se guardó la cartera—. Si es ley, será justo, ¿no?

Se fue sin esperar respuesta. Sofía, desde el taburete alto, se quedó mirando la puerta.

—Papá, ¿lo que dice la ley es justo porque es ley?

—Eso es lo que acaba de decir él. Esta noche lo miro.

Esa noche lo encontró enseguida, porque estaba escrito en las sentencias del propio tribunal. La plusvalía, tal como se calculaba, la habían anulado. Y antes, una amnistía de impuestos que se había aprobado años atrás. Una y otra, solo hacia delante: lo que ya se había pagado y estaba cerrado no se volvió a mirar. Y encontró algo más: un artículo de un reglamento de sanciones que se había aplicado cuarenta y cuatro años sin la ley que la Constitución exige, hasta que el tribunal lo declaró «inconstitucional y nulo».

Luego se dio la vuelta y lo miró desde el otro lado, y desde allí se veía otra cosa. El sistema no da por justa cualquier ley: tiene un tribunal que las anula, y las anula. Que no se devuelva lo pagado protege que la gente sepa a qué atenerse y que las cuentas no se hundan. Y el que recurrió a tiempo pudo recuperar lo suyo. Eso último le dio que pensar: el cliente no recurrió, porque creía que la ley era justa por ser ley.

Luego quiso saber qué había por encima de la Constitución, para medirla. Ciudadanos y poderes públicos, dice ella misma, «están sujetos a la Constitución», y el Código Civil remata: «Carecerán de validez las disposiciones que contradigan otra de rango superior». La escalera termina ahí. Encima de la Constitución, la ley no pone nada. Aunque encontró un matiz, y lo apuntó: la propia Constitución habla de derechos «inviolables» e «inherentes» a la persona, es decir, que ya estaban antes que ella. Pero los interpreta ella sola. Aunque sola del todo, tampoco: manda leer esos derechos de acuerdo con la Declaración Universal, y hay tribunales, de dentro y de fuera, que la vigilan.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro y los apóstoles responden: «Es menester obedecer á Dios antes que á los hombres».

En «Comprobado» escribió: «Una ley puede estar años cobrando y luego anularse, y lo pagado no se le devuelve al que no reclamó. Por encima de la Constitución, la ley no pone nada, aunque ella misma reconoce derechos que ya estaban antes. Tiene su razón: sin eso, nadie sabría a qué atenerse».

Y en «Lo que yo creo»: «Que lo legal no es justo por ser legal: se mide con lo que hay por encima».


Al día siguiente, Sofía estaba sentada en la encimera, otra vez, mientras él pelaba patatas.

—¿Qué había antes de los Estados?

—Había leyes. Unas encima de otras, como en esta casa.

—¿En esta casa hay leyes?

—Claro. Mira. Hay cosas que pasan quieras o no: que el fuego quema, que si no duermes te caes de sueño. Y hay otras que sabes sin que nadie te las enseñe, pero que sí se pueden desobedecer: que no se le quita a otro lo suyo, que lo que te dejan se devuelve, que no se pega al pequeño. Esas van primero. Luego están las costumbres de casa: las lentejas del domingo, el beso de tu madre antes de irse. Y al final, las normas que ponemos nosotros: no sentarse en la encimera.

Sofía se bajó de un salto, muy digna.

—¿Y las costumbres siempre valen?

—No. Una costumbre manda cuando no hay otra norma, y si no hace daño a nadie. Que algo se haga desde siempre no lo hace bueno.

—Como los de sexto con la portería.

—Como los de sexto. Eso lo miraremos otro día.

—¿Y si papá pone una norma que diga que los mayores pueden quitarles los cromos a los pequeños?

—Entonces no sería una norma. Sería un abuso. Un señor que pensó mucho dijo que una ley así ya no es ley, sino corrupción de la ley.

—¿Y qué va primero de todo?

El padre dejó el pelador.

—Eso ya no te lo puedo comprobar como la carta. Te puedo decir lo que escribieron los que pensaron en ello: que por encima de todo está la ley de Dios, la que gobierna todo lo que existe. Y te puedo decir lo que creo yo: que es verdad.

—¿Y hoy?

—Hoy está al revés. Primero la ley que escriben los hombres. Lo demás, si sobra sitio.

—Como el señor del coche, que decía que si es ley, es justo.

—Como él. Y a él le cobraron una ley que luego resultó que no valía.

Sofía se quedó pensando, con una piel de patata en la mano.

—Es como si en casa mandara más lo de la encimera que lo de dormir.

—Eso es lo que yo creo, sí. Y solo con lo real se puede edificar. Si los cimientos están al revés, la casa se tuerce.

—¿Y esa ley de Dios dónde está escrita?

—En muchos libros. Cada pueblo tiene los suyos.

—¿Y dicen todos lo mismo?

Él la miró. Era la pregunta a la que llevaban todas las demás.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.