Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 57 La última palabra
El jueves, a media tarde, Gea le mandó un mensaje al taller: que estaba Amparo, y que había traído pasteles. Bajó la persiana antes de hora. Cuando subió, Sofía salía de su cuarto al oler la caja; cogió uno, dijo «gracias» con la boca llena y volvió a los deberes, con la puerta entornada.
La libreta estaba en la mesa, donde la había dejado esa mañana, y encima, la hoja del lunes. Amparo ya la tenía en la mano. Leía sin prisa, con las gafas ya puestas, con el dedo debajo de las líneas, hasta que llegó abajo, a las dos palabras de la firma.
—«Opinión desfavorable» —leyó—. Ya me lo había contado esta.
—Y tú le habrás dicho algo.
—Le he dicho que te lo diría a ti. —Dejó la hoja en la mesa y la alisó con la mano—. Y ya sabes quién habla cuando hablo así: el que defiende esto en serio, no yo.
Él se lavó las manos en el fregadero y se sentó enfrente. Gea le acercó un pastel sin preguntar.
—Lo primero. Tú escribes aquí que esta forma de gobierno se ha acabado. Eso lo lee alguien que no lee lo de abajo, y deja de pagar. La ley obliga a todos, también a ti.
—Por eso lo de abajo está en grande. —Le señaló el renglón—. No exime a nadie de lo que hoy obliga. Es un diagnóstico, no una orden. Y lo que se acaba es una forma, no la ley, ni el orden, ni la gente. Por la puerta que dejó abierta la propia Constitución.
—Ya. Pero derecho a resistirse no hay ninguno escrito.
—No lo hay. Y no lo pido.
Amparo lo miró por encima de las gafas, como si esperara más, y pasó a lo siguiente.
—Lo segundo. España no es una dictadura. Hay partidos nuevos, hay multas a los partidos, hay sentencias que anulan leyes. Tú mismo lo pusiste.
—Lo puse. Es un perfil mixto, y es verdad. Pero dice dónde falla: en las puertas. A los que vigilan, al Consejo de los jueces, al Tribunal de Cuentas y a parte del Constitucional, los eligen las Cámaras, que son los partidos a los que vigilan. Y si la gente quiere cambiar eso con firmas, no puede: las leyes que lo regulan son de las que la iniciativa popular no puede tocar.
—Eso es un defecto. Los defectos se corrigen.
—Un defecto que nadie puede corregir desde fuera no es un defecto. Es el diseño.
Gea partió su pastel por la mitad y no dijo nada.
—Lo tercero —siguió Amparo—, que es lo que más me molesta. Tú hablas como si nada se frenara. Pregúntales a mis compañeras interinas si el tribunal de la Unión no frenó nada.
—Lo frenó en 2024. Y en 2026 tuvo que volver a decirlo, porque la primera corrección no bastó.
—Pero lo frenó.
—Lo frenó. —Buscó la hoja de la tabla—. Y no digo que esto sea una tiranía: los frenos actúan, y lo tengo escrito. Lo que digo es dónde. En lo que la Constitución le promete a la gente, de cuarenta y tres veces que se pasaron, el freno actuó en dos.
Pensó en la reforma de 2011, la que puso la deuda por delante de todo. La noche antes, buscando otra cosa, Sofía IA le había dicho que aquella reforma se hizo «en menos de dos semanas». Sonaba a cosa sabida, y por eso fue a mirarla. Él tenía las fechas de las votaciones, del 2 al 7 de septiembre, y no la del día en que se propuso. Lo de las dos semanas no tenía papel. Lo había tachado. Así que no lo dijo.
—Lo cuarto. —Amparo dio unos golpecitos en la hoja con el dedo—. Lo de la forma sin sustancia. «Corrupción» es una palabra moral, no jurídica. Un auditor no puede medir con un filósofo.
—Con un filósofo no. Con lo que me diste tú. —Él pasó las hojas hacia atrás hasta encontrar su nombre, escrito con el lápiz corto—. Las auditorías que no miran si se siguió el procedimiento, sino si se consiguió lo que se buscaba. Economía, eficiencia y eficacia. Lo mido con eso. Y no llamo corrompida a ninguna institución entera: casos, uno por uno, cada uno con su papel.
Amparo leyó su propio nombre al lado de la frase.
—Te dije que no te acostumbraras.
—Y no me he acostumbrado.
—Lo quinto. Lo de los diez casos. Comparar esto con lo que pasó en sitios así…
—No los comparo por cómo eran. Los comparo por el orden en que pasó: primero el poder se queda sin sustancia, y consta por escrito; después la gente deja de sostenerlo. Y no todos eran dictaduras: en Islandia cayeron los bancos, dimitió el Gobierno y hubo elecciones. Por las vías de siempre.
—Pero la comparación con España la haces tú.
—La hago yo. Por eso va en la otra columna.
Amparo se quitó las gafas y las sostuvo por una patilla.
—Lo sexto te lo digo yo, que lo veo todos los días. La gente se fía de la gente, eso sí. Y si se fía, será porque hay jueces, hay policía y hay hospitales. Algo de mérito tendrá lo que hay.
Él lo tenía apuntado desde la tarde de las sumas, cuando ella dijo que la gente era peor que antes, y llevaba días buscando cómo decírselo sin que sonara a otra cosa.
—Te debía una. Lo de que la gente es peor que antes. No lo es: la confianza entre la gente es hoy más alta que hace doce años. Lo que no aprueba es otra cosa. Ninguna administración.
Amparo tardó en contestar.
—Ya lo sé. Lo veo en la ventanilla.
—Y lo que tú dices también es verdad. Algo de esa confianza es de lo que hay. Cuánto, no lo sé medir.
—Lo séptimo, y me voy. —Volvió a ponerse las gafas—. Aquí abajo dices que el sistema creó los problemas. Eso no sale de tus números. Es un salto.
—Lo es. —Le dio la vuelta a la hoja y le enseñó la otra cara, la de «Lo que yo creo»—. Por eso está aquí, y no en la otra.
Amparo leyó, asintió despacio y dejó la hoja donde estaba.
Él lo contó después, en la libreta, como se cuentan las piezas de un desmontaje para que no sobre ninguna. Trece objeciones al informe. Cinco se las había dado Gea el lunes, en bata. Una, Cándido, con el periódico doblado en las rodillas, el día del dinero sin respaldo. Las otras siete, Amparo, esa tarde. De las trece, en cinco tenían razón, y lo había escrito: que un Estado no es una empresa y no está en quiebra; que el informe no vale nada oficial; que se cumple la mayor parte de la Constitución; que los frutos son reales; y que lo del sistema que crea los problemas es suyo, no de los datos. Ninguna de las cinco tocaba los números de los que salía el informe. Lo que quedaba en pie era la misma vara.
En la puerta, con el bolso al hombro y la caja de los pasteles vacía, Amparo se volvió.
—¿Y esto a quién se lo vas a dar? ¿A un juez?
—Un juez no lo puede mirar. No es un pleito.
—¿Entonces?
—No lo sé todavía.
Esa noche, con Sofía dormida y Gea en la cama, abrió la libreta por la página de lo que llevaba días sin nombre: la idea del archivo para todos, la carpeta de Gea en grande, con su «Esto no existe. Es una idea» debajo. Le puso nombre arriba, con letra clara, como se escribe el nombre de un cliente en una orden de trabajo: el Registro de los frutos. Registro, porque es lo que hace: dejar constancia de lo pedido y de lo respondido, o del silencio. De los frutos, por la vara.
Debajo, los tres pasos. El Registro, para que cada uno guardara su escrito y la respuesta, con un código para que cualquiera lo comprobara, y su nombre solo si quería. Después, un juicio. Y al final, dinero puesto por quien quisiera, con las cuentas a la vista, para pagar el juicio y un abogado que mirara cada caso, sin prometer a nadie que le iba a pagar una multa.
El juicio era la pregunta de Amparo. Un juez no podía mirarlo, y él no quería que lo mirara un juez. Quería un tribunal de opinión: sin carácter oficial y sin fuerza de ley, y que lo dijera desde la primera línea. Un jurado sacado por sorteo, con gente de todas las edades, que juzgara al Estado cargo por cargo, institución por institución, y nunca a una persona con nombre. Lo apuntó en «Lo que yo creo», porque no existía. Lo que sí existía lo puso al lado: el jurado de verdad, que la Constitución reconoce, y los tribunales de la costumbre, como el de los jueves de Valencia.
Luego se preguntó con qué se juzga. En los pleitos de verdad, lo que se aporta con papeles la ley lo llama «la prueba documental», y no basta con decir dónde está un papel que se puede pedir: hay que llevarlo, «sin que pueda limitarse a efectuar la designación». Aquella ley no regía su juicio. De ella tomaba la forma, no la fuerza. Y la prueba documental de su juicio era lo que tenía en la mesa: la Biblia de su madre, la Constitución, las cuentas del propio Estado y la libreta, con cada cosa en su sitio y su papel al lado.
El jurado era lo que más le preocupaba. Si lo sacaba él, lo sacaba a su gusto. Buscó cómo lo hace la ley con el suyo y se encontró hecho casi todo. Que cada voto se razone por escrito: el jurado de la ley tiene que explicar, aunque sea en corto, por qué da cada hecho por probado o no; él quería además que cada voto fuera público, porque lo que se juzga son cosas y no personas. Que nadie juzgue donde tiene interés: la ley aparta al que «Tenga interés, directo o indirecto, en la causa», y él lo apuntó caso a caso, nunca por grupos. Debajo puso lo que había pensado esa tarde mirando a Amparo con su pastel: cobrar del Estado no aparta a nadie. Eso «no es conflicto: es ser el pueblo». Que la institución juzgada pueda recusar, como cualquier acusado, con motivo y, unos pocos, «sin alegación de motivo determinado». Y que a nadie se le pregunte lo que piensa, porque la Constitución se lo prohíbe a todos: «Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias». Al jurado solo se le pide lo que jura el de la ley: juzgar «sin odio ni afecto».
Tres de las cuatro reglas ya las tenía el jurado del Estado. La cuarta la pedía la Constitución para todos. No había inventado nada: lo había llevado de un sitio a otro.
Y las dos caras. Lo que hacía desde el primer domingo, desde la comida de los pasteles atados con cinta, lo escribió como regla: cada cargo, con la mejor defensa del Estado delante, escrita antes de que la diera él, porque «un juicio que solo oye a la acusación no convence a nadie; uno que expone la mejor defensa y la mide con la misma vara, sí».
Contó los cargos. Veintiocho. Cada uno, una presunción, y cada uno con el mismo orden, para poder compararlos: lo que se da por cierto, con las palabras con que se sostiene; la vara; dónde estaba probado; la pregunta a la institución; su defensa; lo que él respondía y dónde la defensa aguantaba; lo que no podía probar; y un hueco para la respuesta, o el silencio.
Le faltaba el final de cada cargo. Lo encontró en la ley del juicio penal, y le gustó que fuera de ahí. Cuando acaban la acusación y la defensa, «el Presidente preguntará a los procesados si tienen algo que manifestar al Tribunal». La última palabra es del acusado. Y en la Biblia de su madre, lo mismo, dicho antes: «¿Juzga nuestra ley á hombre, si primero no oyere de él […]?». Y en los Proverbios: «El primero en su propia causa parece justo; Y su adversario viene, y le sondea».
Escribió la fórmula para cerrar cada cargo, y la dejó como estaba: que la verdad ya estaba expuesta ante cada ley, la de Dios, la natural y la costumbre, y que ahora, con sus propias reglas, la institución tenía la palabra para defenderse en verdad. Se paró en esas dos palabras. En verdad, no en su verdad. La verdad era lo que tenía papel.
Ya tarde, pasó a lo que cualquiera podía hacer mañana, sin esperar a ningún juicio. Cada cargo tenía su pregunta, y había más, cada una con su destinatario. Escogió una para el sábado, la que le quemaba desde la noche de la deuda: por qué las pensiones ya prometidas no se publican junto a la cifra de la deuda, y cuándo se pondrá al día la tabla de 2021. Se mandaba por escrito, y se guardaba la respuesta, o el silencio.
Y otras que no eran para ninguna institución, sino para quien quisiera seguir buscando, porque él no llegaba a todo. En «Lo que yo creo» lo dejó dicho, y no le costó escribirlo: que aquello era muy grande para una persona sola. Que si alguien quería coger el relevo, lo hiciera con el mismo método, cada cosa con su papel, y corrigiendo en paz lo que estuviera mal.
Y siguió, porque una cosa tiraba de la otra. Lo del geranio de Gea, podar lo seco y lo podrido, lo había escrito pensando en el Estado, y no era solo para el Estado. Quien supiera de medicina, de biología, de física, de química, de cualquier ciencia, o de cuentas, de expedientes o de juicios, podía hacer en lo suyo lo mismo que él había hecho con los papeles: comprobar cada cosa en su fuente y mirarla por sus frutos. No lo escribió como una orden. Lo escribió como un deber para quien quisiera, para el que se sintiera llamado a dejar en la casa de todos algo más grande que servirse a sí mismo: servir a los demás, que son otros yo, en otros cuerpos y en otras situaciones vividas.
Se levantó a beber agua del grifo. Al volver por el pasillo se asomó al cuarto de Sofía: dormía con un brazo fuera de la manta, y se lo tapó. Volvió a la silla y siguió escribiendo, más despacio.
Que aquello estaba por encima de todos y de cada uno, y cabía cualquiera. Que se admitían aprendices, que él lo era: nadie llegaba a la altura de Jesucristo, y no era cosa de esperar a que volviera y se encontrara la casa sin barrer. Y, por si acaso, una línea para más arriba: que a las potestades celestiales les pedía aliento y guía. La siega no era suya; la hacían los ángeles enviados, como en la parábola de la cizaña. A él le tocaba separar el grano de la paja, caso a caso y con pruebas, sabiendo que la misma vara le medía a él.
La nevera se puso a zumbar, como hacía siempre a esas horas, y él esperó a que callara para seguir.
Lo último lo apretó al pie de la hoja, porque no le cabía: que si alguien encontraba un método mejor que el suyo, lo trajera. Que allí se podía poner todo en duda, también lo que él escribía. Que habría que revisar la historia entera, con sus papeles. Y que aquello era solo el principio.
Luego pasó la hoja y escribió arriba de la siguiente, en la otra columna, «Lo que clama al cielo».
Lo había apuntado el lunes en la lista de lo que solo podía ir allí, y ahora sabía de dónde venía. La tradición llama así a lo que no se puede callar, y nombra tres cosas: «el clamor del pueblo oprimido», «el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano» y «la injusticia para con el asalariado». No escribió ninguna sin un hecho comprobado al lado. El pueblo que clama, como en el Éxodo, «á causa de sus exactores»: el cobro del Estado va sin juez y con recargo, mientras se incumplen más de seis de cada diez artículos de los que afectan a la gente. El huérfano: en 2025, uno de cada tres menores estaba en riesgo de pobreza o de exclusión. El asalariado: tres horas y diecinueve minutos de cada jornada de ocho se van en impuestos y cotizaciones, y en la carta de Santiago, «el jornal de los obreros que han segado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado de vosotros, clama».
Debajo puso uno que la lista no nombraba al pie de la letra, y lo marcó como suyo: el que no puede valerse solo es hoy la viuda y el huérfano. En 2025, más de catorce mil personas murieron con su derecho a la dependencia reconocido y sin haber recibido la ayuda. Al lado, lo que no encajaba, porque sin eso la hoja mentía: las muertes en la lista bajaban de 2023 a 2025. Y lo que no podía decir: que murieran por esperar. Murieron esperando lo que la ley les reconocía.
Al pie, la fórmula, en su columna y con su aviso. Que aquello clamaba al cielo. Que quizá no fue del todo culpa de quienes lo decidieron, que uno de los libros de Etiopía que había leído la noche de los ángeles caídos lo dice así, «espíritus malignos les ayudaron y sedujeron», y la carta a los de Éfeso, «no tenemos lucha contra sangre y carne». Que por eso era un aviso, para rectificar, como el de Ezequiel: «no quiero la muerte del impío, sino que se torne el impío de su camino, y que viva».
Un aviso, escribió. Para rectificar. Y debajo, con la letra más pequeña, una línea del mismo capítulo que la cizaña, unos versículos antes: «Quien tiene oídos para oir, oiga».
Cerró la libreta. Antes de apagar la luz miró la puerta del cuarto de Sofía, entornada, y se quedó un momento mirándola.