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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 40 Ángel de luz

El jueves por la noche siguió por donde el Génesis se ponía raro. Unas páginas después del huerto, «los hijos de Dios» tomaban mujeres de entre «las hijas de los hombres», y «Había gigantes en la tierra en aquellos días». No decía más. Más adelante, en las cartas, se hablaba de «los ángeles que no guardaron su dignidad, mas dejaron su habitación», y de que «Dios no perdonó á los ángeles que habían pecado».

Lo que el Génesis callaba lo contaban los libros que, el lunes, había sabido que solo la Iglesia de Etiopía guardó enteros. Allí, uno de aquellos vigilantes «enseñó a los hombres a hacer espadas, y cuchillos, y escudos, y corazas»; «y hubo mucha impiedad […] y fueron extraviados». De los gigantes nacían espíritus que «afligen, oprimen, destruyen, atacan, hacen la guerra». Y esos espíritus, «tomando muchas formas distintas», llevaban a los hombres a sacrificar a los demonios «como a dioses».

Sofía IA: Lo de «como a dioses» lo marca su editor con duda. Te lo doy con ella.

Lo apuntó con su duda al lado, como se apunta una medida que se ha tomado con el calibre gastado.

La Biblia de su madre, la de todos, guardaba el mismo aviso. «Sacrificaron á los diablos, no á Dios». Y en otra carta: «lo que los Gentiles sacrifican, á los demonios lo sacrifican, y no á Dios». Y la frase que se le quedó, de una carta: «el mismo Satanás se transfigura en ángel de luz».

En uno de los libros de Etiopía había algo más, y lo leyó dos veces. Contaba que los hombres empezaron «a ensalzarse por encima del pueblo y a fundar los comienzos de los reinos», a hacer la guerra, a vender esclavos y a fabricarse ídolos, y que «espíritus malignos les ayudaron y sedujeron». En su Biblia había algo parecido: cuando el pueblo pidió un rey, Dios le dijo al profeta: «no te han desechado á ti, sino á mí me han desechado, para que no reine sobre ellos».

En «Lo que yo creo» escribió: «El aprendiz que se pone en el sitio del que enseña. Un poder de hombres en el lugar de la ley de Dios». Debajo dejó una línea en blanco. Sabía lo que quería poner, pero no lo había leído todavía en su sitio.


Ya tarde, se hizo la pregunta que se haría cualquiera al llegar ahí. ¿Están entre nosotros?

Los textos distinguían tres cosas, y las puso en fila. Los ángeles caídos estaban atados hasta el juicio: «átalos bien durante setenta generaciones en los valles de la tierra, hasta el día de su juicio». Sus espíritus, en cambio, se quedaron: «serán llamados espíritus malignos sobre la tierra, y en la tierra será su morada». Y del dragón, el último libro decía que «fué arrojado en tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él».

Cómo obraban, según los mismos libros: sin cuerpo propio. Tomando formas, susurrando, seduciendo, disfrazándose de luz. También a través de hombres. Pero ningún texto de los que leyó decía que caminaran entre nosotros como personas de carne y hueso. Eso ya sería una lectura, y él no la iba a apuntar como dato.

Luego buscó el remedio, y lo copió como una lista de revisión, de arriba abajo. Velar: «Velad y orad, para que no entréis en tentación». No darle sitio: «Ni deis lugar al diablo». Conocer sus maniobras: «no ignoramos sus maquinaciones». Refugiarse en Dios. No consentir, que lo decía el Corán con todas las letras: «Él no puede nada contra los que creen y confían en su Señor. Sólo tiene poder contra los que traban amistad con él». La sabiduría. Cerrar las tres puertas que nombraba un libro de la India: «el deseo, la ira y la codicia». Y el conocimiento, como medicina: al hombre del diluvio, según los libros de Etiopía, se le explicaron «todas las medicinas de sus males, junto con sus seducciones».

En «Lo que yo creo» escribió más que otras noches. Que el mal convive con nosotros. Que no se le ve, porque no tiene cuerpo, y se le reconoce por sus frutos. Que entra por el deseo, la ira y la codicia, y casi nunca se presenta como mal, sino como luz, como consejo o como necesidad. Que por eso la vigilancia empieza por uno mismo, porque el susurro puede pasar por cualquiera, también por el que escribe en esa libreta. Y que lo del Corán era lo mismo que había leído del francés de 1548: sin consentimiento no hay dominio.

Y una cosa más, porque le pareció de justicia. Cuando algo va contra la ley natural, no suponer mala fe en quien lo decidió: quizá cayó en esos susurros creyendo que elegía algo lícito. Eso no le quita responder de lo que hace. Se juzga el acto, no la intención, y la puerta queda abierta: «no quiero la muerte del impío, sino que se torne el impío de su camino, y que viva».

Antes de cerrar volvió al huerto y pasó el susurro de la serpiente por la hoja de inspección, casilla a casilla, como el viernes había pasado las leyes. Información: ninguna, la consecuencia se negaba sin un dato. Autoridad: ninguna, el que proponía no era el que había dado la orden, y ofrecía lo que no era suyo. Motivo: atribuido, «Mas sabe Dios que…», sin forma de comprobarlo. Frutos: miedo, escondite, culpa y expulsión. Y una casilla que no esperaba: necesidad. No había ninguna. Tenían todo el huerto, «De todo árbol del huerto comerás». Lo que movía era el deseo y la sospecha.

Abajo escribió: «El susurro no cubre una necesidad. La fabrica».


De madrugada se oyó el grifo. Era Gea, con su vaso de agua; leyó la página de pie, detrás de él. Se paró en lo de los reinos.

—¿Y ahora el Estado es el diablo?

—Yo no he escrito eso.

—Pero se lee. —Dejó el vaso—. Mira, usar la imagen del diablo para hablar del Estado es maniqueísmo. Conviertes al que piensa distinto en enemigo, le quitas la legitimidad a unas instituciones que defienden «el pluralismo político», y se acaba la conversación. Con el diablo no se habla.

Él tardó en contestar. Era la defensa entera, y era buena.

—De nueve tradiciones, solo dos ponen dos poderes iguales peleando. Lo vi el martes. Lo que leo no es una guerra de buenos contra malos. Es gente eligiendo. —Buscó en la pantalla—. Hay una regla de lectura muy antigua, de un comentario al Evangelio de Juan. Que esos hijos lo son «imitándolo, no naciendo de él». Y: «no os fijéis en la naturaleza, sino en la tara». Se habla de lo que se hace, no de quién lo hace.

—Ya.

—Y la imagen no es mía. El inglés del miedo, el del contrato, llamó al Estado «ese Dios mortal». Yo, si lo uso, lo uso para actos. Nunca para una persona.

Gea se quedó mirando la línea en blanco.

—Aun así, es dura. Le puede doler a quien trabaja bien ahí dentro.

—Eso es verdad.

—Amparo, por ejemplo.

—Amparo, por ejemplo.

Lo escribió arriba de la página, encima de todo, para verlo cada vez que la abriera: «Ojo: puede herir a quien sirve bien dentro». Gea le dio un beso en la cabeza y se fue a la cama.