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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 34 Crónica: Los códigos y las cadenas

En 1794, Francia abolió la esclavitud. En 1802 la mantuvo de nuevo: «la esclavitud se mantendrá».

En 1804, Francia se dio un código, y con él las costumbres, las generales y las locales, perdieron su fuerza de ley. En 1811, el código de Austria solo le dejó a la costumbre un hueco: «en los casos en que una ley se remite a ella». La ley escrita se ponía encima de lo que un pueblo hacía desde siempre.

El 6 de agosto de 1811, en Cádiz, el señor dejó de gobernar lo que poseía. Las Cortes lo decretaron así: «Desde ahora quedan incorporados á la nacion todos los señoríos jurisdiccionales de cualquiera clase y condicion que sean». La tierra quedó como cualquier otra propiedad; el mandar y el juzgar pasaron a la nación. Y el título se acabó con el mismo decreto: «En adelante nadie podrá llamarse señor de vasallos».

En 1833, el Reino Unido declaró la esclavitud «abolida del todo y para siempre» a partir del 1 de agosto del año siguiente, y dio «veinte millones de libras esterlinas». Se las dio a los propietarios, no a las víctimas.

En 1848, Francia la abolió otra vez, con estas palabras: «la esclavitud quedará abolida del todo en todas las colonias».

En 1865, los Estados Unidos la abolieron en su Constitución, con una excepción que sigue en el texto: «salvo como castigo por un delito del que la parte haya sido debidamente condenada».

El 22 de marzo de 1873, una ley española escribió: «Queda abolida para siempre la esclavitud en la isla de Puerto-Rico». Pero los libertos quedaron obligados a contratos de al menos tres años, y a los propietarios se les pagaron 35 millones de pesetas con un empréstito a cargo de las rentas de la propia isla.

En 1874, en África, los ashanti depusieron a su rey, cuando se descubrió que había profanado las tumbas de sus antepasados. Entre ellos, el que mandaba no estaba a salvo del último de los suyos: cualquier persona del común podía iniciar el proceso para destituir a un jefe, que era juzgado, y si perdía, perdía también el asiento, el taburete que era el símbolo del cargo.

El 13 de mayo de 1888, Brasil escribió: «Queda declarada extinguida, desde la fecha de esta ley, la esclavitud en Brasil». Lo que fue legal durante siglos no era justo, y lo confesó el mismo poder que lo había hecho legal, al derogarlo.

En 1889 le llegó el turno al Código Civil español, que se cubrió las espaldas en su propio texto: «no prevalecerá contra su observancia el desuso, ni la costumbre o la práctica en contrario». Así, código a código, aquel siglo dejó tapiada la vieja salida por la que un pueblo le retiraba su consentimiento a una ley: la costumbre contraria y el desuso.

De 319 a 1889, el orden que habían guardado las tradiciones, la ley de Dios, la ley natural, la costumbre y al final la ley humana, quedó del revés. Y quien le dio la vuelta fue, en siete de ocho casos, el que tenía el poder de legislar: la parte que gana con el cambio. El autor lo lee así: la parte interesada se nombró juez de su propia causa, y «seguridad jurídica» es el nombre que le da quien se beneficia de él.

Entre 1896 y 1901, los británicos conquistaron a los ashanti, y el 1 de enero de 1902 los declararon colonia de la Corona. Los mejores mecanismos internos de corrección no bastaron contra una fuerza de fuera.