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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 31 Los jueves

El miércoles por la noche le tocaba la balda de la costumbre, y empezó por lo que tenía más a mano, que era el taller.

El taller tenía costumbres de antes de que fuera suyo. La de devolverle al cliente la pieza vieja en una bolsa, para que viera que se la habían cambiado, la había heredado del dueño anterior, y no estaba escrita en ningún sitio. La de no tocar un coche sin que el cliente hubiera dicho que sí, tampoco. Y había otra que había oído ofrecer toda la vida, la de cobrar sin factura, «que así sale más barato». Esa no la había hecho nunca, pero si le hubieran preguntado por qué, solo habría sabido decir que no le gustaba.

Un obispo de Sevilla, de hace muchos siglos, lo había dejado dicho en una línea: «la costumbre es lo aprobado por la antigüedad, o ley no escrita». Y también cuándo manda: «se toma por ley cuando falta la ley». Como la bolsa con la pieza vieja. Ninguna ley le decía que la diera, y la daba.

Luego encontró a los que le habían dado un sitio alto. Un jurista romano escribía que la costumbre arraigada se guarda «con razón» como ley, y que las leyes pueden quedar abolidas «por el consentimiento tácito de todos, mediante el desuso». Una ley que todos dejaban de cumplir, sin decir nada, dejaba de serlo. Un maestro chino distinguía dos maneras de llevar a un pueblo: con leyes y castigos, la gente evita el castigo, «pero no tiene vergüenza»; con la virtud y los ritos, «se hace bueno». Pensó en los que solo levantan el pie delante del radar. El fraile, el de siempre, decía que la costumbre «tiene fuerza de ley, abole la ley y es intérprete de la ley». Un jurista alemán, en 1814, escribió que todo derecho nace «primero por la costumbre y la creencia del pueblo […], no por el arbitrio de un legislador». Y las leyes antiguas de la India ponían el orden así: primero sus libros sagrados, después la tradición y después la costumbre de los virtuosos.

Le estaba gustando demasiado, y eso, en el taller, era señal de que había que mirar los bajos.

Los bajos estaban. No toda costumbre vale. La costumbre manda cuando coincide entre pueblos que, que se sepa, no se conocían y pasa la vara, la misma de siempre: los hechos y lo que hacen. Que muchos la hagan no la hace buena: la esclavitud estuvo muy extendida y no la pasa. Ya un romano avisaba de que muchos piensan cosas torcidas sobre los dioses, y que eso es «por mala costumbre». Y el propio Código Civil, el que pone la costumbre debajo, le pone también una condición: solo rige «siempre que no sea contraria a la moral o al orden público».

Encontró dos ejemplos y los leyó con cuidado. Uno era viejo: un autor romano contaba de un pueblo del norte, hace unos dos mil años, que el robo fuera de las tierras de cada tribu no tenía deshonra, y que decían hacerlo para ejercitar a los jóvenes y quitarles la pereza. En la misma página contaba que aquellos mismos hombres tenían por impío dañar al huésped. Era una costumbre aceptada por los que la hacían, y no pasaba la vara: dañaba a otro, que no había dicho que sí, y nadie la quería para sí.

El otro era de hoy: la mutilación genital femenina. La Organización Mundial de la Salud calcula que la han sufrido «más de 230 millones de niñas y mujeres vivas hoy», casi siempre siendo niñas, y la llama «una violación de los derechos humanos de las niñas y las mujeres». Lo leyó una vez y no quiso leerlo dos. Al otro lado del pasillo dormía Sofía. Apuntó lo que hacía falta: que era una práctica muy extendida, que dañaba a quien la sufría, casi siempre una niña, sin su consentimiento, y que no pasaba la vara. Debajo, una línea: «Se habla de la práctica. No de un pueblo».

Y entonces supo decir por qué no cobraba sin factura. Lo que uno se ahorra así no desaparece: lo pone otro, que no está delante y que no ha dicho que sí. Era la misma vara, en pequeño.

Lo que más le sorprendió esa noche fue que la costumbre no era cosa de museo. En Valencia hay un tribunal de regantes que se reúne «todos los jueves» ante «la puerta de los Apóstoles» de la catedral, para los pleitos del riego. Se juzga de palabra y en valenciano; la sentencia se pone por escrito después, «muy sucintamente», y «los fallos son inapelables». La ley le reconoce «el carácter de Tribunal consuetudinario y tradicional», y la Constitución deja entrar a la gente en la justicia «en los Tribunales consuetudinarios y tradicionales». Todos los jueves. Miró el calendario de la nevera desde la mesa: mañana era jueves.

Siguió tirando del hilo. En 1889, cuando se quiso un solo Código Civil para todo el país, no se pudo: los territorios con derecho propio lo conservaron «por ahora en toda su integridad», y la ley que lo preparó los nombraba uno a uno, «Aragón, Baleares, Cataluña, Galicia, Navarra y Provincias Vascas». Aquel «por ahora» todavía duraba: la Constitución «ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales». Lo de las vacas le hizo gracia antes de entenderlo. Los pastores de dos valles, uno a cada lado de la montaña, se habían estado matando, hasta que en 1375, en un pueblo del Pirineo, una sentencia los paró. Las muertes se daban por saldadas, como quien cuadra una cuenta: que «quedasen las unas por las otras». Y para que no se olvidara, un tributo de tres vacas, «perpetuamente […] el día trece de julio de cada un año». Todavía hoy se entrega. Lo que leyó no fue el original, que ardió en un incendio, sino una copia que alguien publicó en 1946, y lo apuntó así. Valencia otra vez, pero mirando al mar: en 1283, un privilegio del rey mandó que los pleitos de la gente del mar y de los mercaderes se resolvieran «según la costumbre del mar», y aquel libro de costumbres llegó a valer «en todos los países marítimos». Un tratado medieval de comercio empezaba con una frase que habría firmado Tomás, el de la fruta: «la ley mercantil procede del mercado».

En «Comprobado» escribió: «El Estado no creó estos tribunales ni estos pactos. Solo pudo reconocer que existían desde antes».

Y en «Lo que yo creo», una que llevaba días rondándole: que el dinero de hoy también era una costumbre, y de las que no pasan. Desde aquel agosto de 1971, cuando se anunció como «temporal» lo de dejar de cambiar el dólar por oro, el dinero vale por lo que la ley declara, su «curso legal», y porque la gente se fía. Nadie lo votó. Se aceptó por el uso. Con precios de agosto de 2026, un dólar compra algo más del 12 % de lo que compraba en 1971. En el taller, una báscula que pesa de menos se lleva a revisar, y una pesa que encoge sola no es una pesa justa. Debajo: «Esto es lo que yo creo. Si se hizo a propósito, no lo sé».


El jueves por la tarde volvió del taller antes de tiempo, con las manos todavía grises, y se encontró a Amparo en la cocina con Gea, con el café a medias. No venía por ningún papel: había venido a merendar y a que Gea le contara. Sofía hacía los deberes en su cuarto con la puerta entornada.

—Me ha dicho tu mujer que ahora vas por las leyes de antes de las leyes —dijo Amparo.

—Por la balda de la costumbre.

—¿La qué?

Gea ya tenía la libreta en la mano, abierta por la hoja de las dos estanterías. Amparo sacó las gafas del bolso y fue pasando el dedo por las baldas, de arriba abajo, y luego por las del revés.

—Ya sabes cómo va esto: hablo yo por los que lo defienden, y en serio —dijo—. En un país donde cada uno cree en una cosa distinta, la ley tiene que ser de todos y salir de votar. Lo de arriba de tu estantería no lo vota nadie. La ley escrita da seguridad, y no es una manera de hablar: la Constitución garantiza «la jerarquía normativa» y «la seguridad jurídica». Si el desuso derogara las leyes, ¿quién sabría lo que está en vigor? Yo, en la ventanilla, no podría decirle a nadie qué tiene que presentar. Y hay costumbres injustas que la ley escrita vino a corregir.

—Esas las leí anoche —dijo él.

—Pues ya está. Y lo natural no se queda fuera. Entra por los principios generales, que están al final, vale, pero «sin perjuicio de su carácter informador del ordenamiento jurídico». Informan todo. Y la Constitución pone entre sus valores «la justicia». Tus tribunales del jueves tienen su sitio porque una ley se lo da. —Dejó la libreta en la mesa—. Y un país de millones de personas necesita leyes escritas, iguales para todos y conocidas de antes. Antes de los códigos, cada uno tenía su fuero y su privilegio. La codificación trajo la igualdad ante la ley.

Él apuntó lo último en una esquina de la hoja. Eso era verdad, y lo dijo.

—En eso tienes razón. Un país grande necesita ley escrita, y no digo que se quite. Digo el orden. —Pasó el dedo por las mismas baldas que ella—. La Constitución dice que los derechos de la persona le son «inherentes». De antes. Y el Código pone la puerta por donde entran en el último sitio.

—El último sitio no es fuera.

—No. Por eso lo que mido es el orden, no si está. —Buscó otra línea—. Las costumbres malas, ya las paras con lo que el propio Código exige: que no sea «contraria a la moral o al orden público» y que «resulte probada». Para eso no hace falta ponerla debajo de todo. Y tus tribunales del jueves estaban antes que la ley que los nombra. Reconocer no es crear.

Amparo se quitó las gafas y las sostuvo por una patilla.

—Eso es verdad.

—Y no es cosa de antes. En Navarra todavía manda la costumbre sobre la ley escrita. Fuera, el derecho de palabra de unas comunidades somalíes sigue en uso, y la UNESCO lo inscribió en 2024 en su lista de patrimonio inmaterial. Y en 2022 el Tribunal Supremo de Nueva Zelanda declaró que el orden de costumbre de los maoríes ha sido y seguirá siendo reconocido en su derecho.

—¿Y quién lo reconoce? —preguntó Amparo, y volvió a ponerse las gafas—. Un tribunal del Estado. Ahí lo tienes: la costumbre tiene su sitio porque el Estado se lo da.

Él se quedó callado un momento.

—Ahí ganas tú.

—¿Lo apuntas?

—Ya está.

Gea se rio por la nariz y sirvió más café. Él miró la estantería del revés, y le salió otra pregunta, una del oficio de ella.

—Cuando a tu oficina llega un expediente de alguien de tu familia, ¿qué haces?

—Me aparto. Si me llega la multa de mi cuñado, me aparto. Lo dice la ley: por «tener interés personal en el asunto». Y a los jueces igual, por «tener interés directo o indirecto en el pleito o causa».

—¿Y al que escribe las leyes, quién lo aparta?

Amparo dejó la taza en el plato sin hacer ruido.

—Eso ya no es mío. Pero apúntalo con su número.

Él apuntó la ley y el artículo que ella le dictó, con su número, debajo de las dos estanterías. Y en la hoja de «Comprobado», a un lado, una lista nueva, «Lo que gana Amparo»: que un país grande necesita ley escrita; que la codificación trajo la igualdad ante la ley; que la costumbre de hoy tiene su sitio porque el Estado se lo da.

Cuando Amparo se fue, Sofía salió del cuarto con el cuaderno.

—¿Ya se ha ido la de los pasteles?

—Hoy no ha traído.

—Pues vaya.

Esa noche, después de cenar, volvió a la estantería del revés. Ya sabía qué había en cada balda. Le faltaba saber quién le había dado la vuelta.