Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 13 La túnica
La raya del sistema no le dejó irse a la cama. Era la única palabra de la página que se había quedado a medias, y era la que su hermano había repetido toda la tarde. Además, por la mañana, a la vuelta de la piscina, en el cajero de la esquina, la niña le había preguntado quién hacía el dinero, y él le había contestado lo que contesta todo el mundo: que el Estado, que lo imprime. Se había tenido que corregir delante de ella, con la cartera abierta.
Abrió el portátil. Sofía IA le dio lo de los manuales, que los bancos prestan lo que otros ahorran, y cuando le pidió el original reconoció que no lo tenía. Así que fue a buscar a quien tenía que saberlo: el Banco de Inglaterra, el regulador del dinero en aquel país, que había escrito un artículo para explicarlo.
Lo leyó con el diccionario, frase a frase, como los manuales de los coches de fuera. La mayor parte del dinero la crean los bancos al prestar. Cada préstamo crea a la vez un depósito en la cuenta del que lo pide, «y con ello crea dinero nuevo». Y la explicación de siempre, la del dinero que se va multiplicando a partir de los ahorros, «no es una descripción exacta de cómo se crea el dinero en la realidad». No lo decía un vídeo. Lo decía el regulador.
Siguió tirando del hilo y dio con un economista que había hecho la prueba él mismo, el mismo año en que salió aquel artículo. Pidió un préstamo a un banco que se prestó al estudio y vigiló sus registros por dentro. Su conclusión, con sus palabras: que el estudio «establece por primera vez de forma empírica que los bancos, uno a uno, crean dinero de la nada». Que fuera la primera vez lo decía él. Lo demás estaba en los registros que miró.
De la nada. Él, que había pedido el préstamo de la elevadora y lo pagaba cada mes con lo que sacaba de los coches.
Faltaba saber desde cuándo. Lo encontró con fecha y hora. El 15 de agosto de 1971, el presidente de Estados Unidos salió en televisión y dijo que había ordenado a su secretario que «suspenda temporalmente la convertibilidad del dólar en oro u otros activos de reserva». Lo temporal no volvió atrás nunca. La historia que publica el propio banco central de aquel país lo resume en una línea: «en la práctica, el sistema monetario internacional pasó a ser fiduciario».
Fiduciario. Tuvo que buscarlo: el dinero «que depende del crédito y confianza que merezca». Volvió a la libreta, a la página de las palabras, y se lo apuntó en llano, como lo habría dicho en el taller. El dinero sin respaldo material: el que no se puede cambiar por oro ni por nada; vale porque la ley dice que vale y porque la gente se fía. Debajo, el tiempo de vida, que ya tenía desde el domingo de la hucha de la niña: lo único que nadie te devuelve, y lo que de verdad se cobra con cada moneda que pierde valor.
Y por fin quitó la raya. El sistema: el Estado tal como funciona hoy, con su dinero sin respaldo material y con su deuda.
Entre una cosa y otra, esa misma noche, dio con un autor español que en 1609 había escrito contra la Corona, porque rebajaba la moneda para tener más ingresos, y lo había llamado «maneras disfrazadas de ponerles gravezas y tributos». Buscó el libro entero, por ver si era un caso suelto. El título de uno de sus capítulos lo dejó quieto un rato: «El rey no puede bajar la moneda de peso ó de ley sin la voluntad del pueblo».
Sin la voluntad del pueblo. La misma expresión que su hermano había soltado con retintín en la sobremesa, y aquí servía para lo contrario: para frenar al rey.
Y no era un caso suelto. Eran ocho autores en siete siglos, con documento firmado y fechado, y varios desde dentro del poder, diciendo lo mismo: que tocar el valor de la moneda es quitarle a la gente sin pedirle permiso.
El primero, hacia 1355, era capellán de un rey de Francia. Escribió que lo que el príncipe gana así lo pierde la comunidad, y que si el príncipe dijera que lo hace por el bien de todos, «no se le ha de creer, porque con la misma razón podría quitarme la túnica y decir que la necesita para el bien común».
Se rio solo en la cocina. Era el cliente que te dice que el coche ya venía así.
Otro, que a principios del siglo XVI leyó su tratado ante la asamblea de la Prusia Real, contaba entre las plagas que debilitan los reinos «la discordia, la mortandad, la esterilidad de la tierra y la depreciación de la moneda». Uno de Salamanca vio subir los precios cuando el oro y la plata de las Indias llenaron España. Hasta el inglés del alojamiento por una semana había escrito contra la moneda recortada. Y en 1919, un economista inglés lo dijo sin rodeos: «Con un proceso continuo de inflación, los Gobiernos pueden confiscar, en secreto y sin que nadie lo note, una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos».
Confiscar. Su hermano habría dicho robar. Otro, que años después presidiría el banco central de Estados Unidos, había escrito que «En ausencia del patrón oro, no hay forma de proteger el ahorro de la confiscación por la inflación».
Con la lista venían otras frases, de las que circulan, y en la misma dirección. Una que aquel economista inglés atribuía de oídas a un revolucionario ruso, y otra que corre a nombre de un economista americano sin que nadie haya encontrado dónde la dijo. Las tachó. No por lo que decían, sino porque no tenían papel. Si las dejaba, la próxima vez que alguien le enseñara un vídeo no tendría con qué contestarle.
Antes de apagar, se paró en la palabra de su hermano. Robar tenía su definición, y había otras más gordas que se oían en los vídeos: crimen de lesa humanidad. La buscó, y la ley la guarda para el asesinato, el exterminio, la deportación, «cuando se cometa como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil». No era esto. No iba a usar una palabra así para una cosa que no lo era, por mucho que le doliera la cosa.
En «Comprobado» escribió: «La mayor parte del dinero la hacen los bancos al prestar. Desde 1971 no se cambia por oro. Tocar la moneda pasa riqueza de unos a otros sin votar ningún impuesto: lo avisan desde hace siglos, algunos desde dentro».
En «Lo que yo creo»: «Que es una báscula trucada. Nadie te mete la mano en la bolsa: te dan menos por lo mismo. Para ver el efecto no hace falta saber quién la trucó».
Y en «Aún no lo sé», lo que no había encontrado en ninguno: que alguien lo hubiera planeado para tener a la gente endeudada. Lo que había era un camino con papeles, sin intención probada. Lo dejó escrito así.
Se acostó cuando ya pasaba el camión de la basura.
El lunes por la mañana le entró un coche viejo y bien cuidado, de un cliente de toda la vida que había trabajado en la ventanilla de una caja de ahorros hasta que se jubiló. Venía a que le miraran los frenos antes de la inspección. Se quedó en la silla de plástico, junto a la máquina del café, con el periódico doblado en las rodillas, y como el padre había dormido poco y tenía la cabeza llena, se lo contó mientras desmontaba la rueda.
—Eso de que el banco hace el dinero al prestar es verdad, chaval —dijo el jubilado—. Yo lo he visto toda la vida. Firmabas un préstamo y el dinero aparecía en la cuenta. No lo sacábamos de ningún cajón.
—¿Y no le parecía raro?
—Me parecía el trabajo. —Se quitó las gafas y las limpió con la punta de la camisa—. Pero no me vengas con que el oro era mejor, que eso lo dicen mucho en los vídeos. Con el oro la gente lo pasó muy mal. Mi padre me lo contaba: cuando se hundió todo, antes de la guerra, los países que se quedaron atados al oro fueron los que más tardaron en salir.
El padre dejó la llave en el suelo. Eso no lo tenía.
—Y otra cosa —siguió el jubilado—. Lo del banco central americano, que dicen que es de unos cuantos banqueros. No es de nadie. Es un invento raro, pero no es de nadie.
Por la tarde, entre coche y coche, lo buscó en el móvil con las manos todavía negras. Tenía razón en lo uno y en lo otro. Un gobernador de ese mismo banco central había escrito que la conclusión de que el momento en que un país abandonó el patrón oro decidió lo dura que fue su depresión y cuándo se recuperó se había comprobado en docenas de países. Y el propio banco lo decía en su página: «El Sistema de la Reserva Federal no es "propiedad" de nadie». Los bancos tenían por ley acciones de su banco de reserva, pero esos bancos de reserva no buscaban beneficio y le pasaban lo que ganaban al Tesoro. Una mezcla, no una propiedad sin más.
Lo apuntó al lado de lo de la noche. Si no apuntaba lo que no le gustaba, se engañaba él solo.
A mediodía, en casa, la niña le había pedido lo que llevaba pidiéndole desde el sábado en el coche: quién iba a pagar lo que se debe. Esta vez no le dijo que ya vería. Le dijo que esa noche.