Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 6 Las siete plantas
Durante unos días, la libreta de los presupuestos se fue llenando por detrás sin que él lo buscara. No apuntaba lo que leía. Apuntaba lo que oía.
La radio del taller daba las noticias en punto, y entre noticia y noticia hablaba la gente. Una mañana, un señor que sabía de economía dijo, con la voz de quien da la hora, que «la presión fiscal en España está en torno al treinta y ocho por ciento». Una tarde, una clienta que esperaba la revisión de su coche se quejó de cómo estaba todo y luego se consoló ella sola: para cuando fuera mayor estaba la hucha de las pensiones, que para eso la habían hecho. Y más arriba, en la misma página, seguía lo del hombre de la llamada, que cotizaba para su jubilación y nadie se la iba a quitar.
Las apuntó una debajo de otra, sin comentario, como apuntaba las averías que vuelven. Porque eso le parecían. En el taller las conocía bien: un coche entra con un ruido, se le cambia la pieza que suena, y a la semana vuelve con el mismo ruido. La pieza que suena casi nunca es la que está mal. Lo que está mal está en otro sitio, y el ruido es solo por donde sale.
Esas frases eran así. Se oían en todas partes, se repetían igual, y nadie había ido a mirar de dónde salían. Él tampoco. Lo de cotizar para su jubilación lo había dicho toda la vida, y lo decía la palabra misma: cotizas, pagas tu cuota, y lo tuyo se va guardando.
Una tarde floja, con un coche parado a la espera de una pieza que no llegaba, se sentó en el taburete con la libreta abierta y se dio cuenta de que algunas de esas averías ya las había abierto él mismo, sin saber que eran de la misma familia.
Lo de que el Estado somos todos lo decía la radio a cada rato, y la Constitución no lo decía: decía que los poderes del Estado salen del pueblo, que no es lo mismo. El contrato social se llamaba contrato, y él ya había leído que sin el consentimiento de los que contratan no hay contrato, y que ese no lo había firmado nadie. Y lo del nombre en mayúsculas del vídeo era lo mismo, pero del otro lado: una palabra que prometía mucho y un papel que no aparecía.
En ninguno de esos casos había una mentira de las que se pillan con un papel. El nombre decía una cosa y el papel decía otra, y la gente se quedaba con el nombre, porque el papel no lo lee nadie.
Pensó en la aguja de la gasolina de las furgonetas viejas, que marca medio depósito cuando ya está en la reserva. No miente nadie: la aguja está floja. Pero el que se fía de la aguja se queda tirado, y el que conoce la furgoneta mira los kilómetros.
Le puso nombre, como se lo ponía a las averías raras para no tener que explicarlas cada vez: una maniobra camuflada. Y al lado, entre paréntesis, porque no tenía ningún papel que dijera otra cosa, apuntó que no hacía falta que nadie lo hubiera hecho a propósito. Bastaba con que el nombre tapara la cosa y nadie levantara el capó.
Las frases de la radio las pasó por la noche a la hoja de casa, a «Aún no lo sé», una debajo de otra: la jubilación, la hucha, la presión fiscal. A lo mejor eran verdad. A lo mejor la cifra de la radio servía para algo que él no sabía. Pero hasta entonces, todas las frases que se repetían igual en todas partes le habían salido con avería, y esas tenían la misma pinta.
Esa noche, en la mesa de la cocina, le dio la vuelta a la pregunta. Hasta entonces había ido detrás de lo que creía la gente. Ahora quería saber lo que daba por cierto el propio Estado sin haberlo probado. No en la radio: en sus leyes.
La lista no se acababa. Que la ley que escribe el Estado es la primera de todas, y que por encima de la Constitución no hay nada. Que los poderes salen del pueblo y el pueblo dijo que sí; eso ya lo tenía en la hoja, con los que nunca votaron. Que hay un pacto que todos aceptamos, el del contrato que nadie firmó. Que cada persona conoce todas las leyes, aunque cada día se publiquen más páginas de normas de las que nadie podría leer en un día. Que a cada niño, al nacer, se le abre un registro, y desde ese día le toca lo que le toca. Que lo que hace la Administración vale mientras uno no demuestre lo contrario. Que el dinero guardado conserva su valor. Que los que aún no han nacido están de acuerdo en pagar lo que hoy se debe. Que el Estado cumple lo que promete.
Con la lista delante hizo lo que hacía con una caja de cambios que no conocía: buscar el despiece. En el manual del taller cada caja viene dibujada así, con las piezas separadas a lo largo de su eje, en el orden en que se montan, para que se vea cuál descansa sobre cuál. Cogió una hoja limpia y empezó por abajo, que es por donde se empieza a montar.
En los cimientos puso lo que sostiene todo lo demás: que la ley del Estado es la primera y que no hay nada por encima. Encima, de dónde dice el Estado que le viene el poder: el sí del pueblo y el pacto. Después, lo que se da por cierto de cada persona desde que nace. Después, el poder sobre el ciudadano: que lo que hace la Administración vale mientras no se pruebe lo contrario. Luego el dinero. Luego los que aún no han nacido. Y arriba del todo, de tejado, lo que el Estado dice de sí mismo: que cumple lo que promete.
Le salieron siete plantas.
Lo miró desde lejos, con el brazo estirado, como miraba los despieces cuando algo no le cuadraba, y vio lo que en la lista no se veía. Todas las piezas apretaban hacia el mismo lado. En cada planta, el Estado daba por cierto, sin haberlo probado, lo que más necesitaba: que lo suyo era válido, que tenía razón, que podría pagar. Y si alguien no estaba de acuerdo, era ese alguien quien tenía que probarlo.
En el taller era al revés. Cuando un cliente volvía diciendo que el coche seguía haciendo el ruido, él no daba por buena la reparación porque la hubiera hecho él. Levantaba el capó y miraba. Nunca se le había ocurrido decirle a un cliente: demuéstrame tú que sigue roto.
Una pieza sola no le pareció grave. Cada una tenía su explicación, y alguna seguramente su razón; eso tendría que mirarlo. Lo que le quitó el sueño fue el conjunto. Ninguna pieza, por separado, tiraba el edificio. Todas juntas no dejaban ver si se sostenía.
Gea se había quedado dormida en el sofá con el libro abierto, otra vez. Se despertó con el cuello torcido, apagó la lámpara y fue hacia el dormitorio. Al pasar vio la luz de la cocina encendida. Llevaba encendida a esas horas desde el día de la carta.
Él no la oyó. Estaba inclinado sobre una hoja llena de rayas, con el lápiz corto en la mano y la frente arrugada, como se ponía en el taller cuando un motor no le cuadraba. Ella conocía esa cara. La había visto muchas veces, sobre coches de otros. Sobre un papel, nunca.
Se paró detrás de él y leyó la hoja despacio, de los cimientos al tejado. No entendió todas las palabras, pero entendió el dibujo. Era una casa, y cada piso se apoyaba en el de abajo.
—¿Y eso cómo se lo dices a la niña?
Él se frotó los ojos.
—Aún no lo sé.
—Pues hasta que lo sepas, no se lo digas. —Le apretó el hombro—. Y lo otro, lo de por qué hace caso la gente, es por miedo. Eso no hace falta ni buscarlo.
Se fue a la cama convencida.
En la cama no se durmió. Pensó en el contrato del piso, en el rotulador con el que se lo había leído entero en el sofá, línea por línea, mientras él miraba el móvil, y en cómo él había firmado después de pie en la inmobiliaria, donde le dijeron. Toda la vida había sido ella la de la letra pequeña. Ahora la leía él, de noche, casi a escondidas, y ella no sabía si eso le gustaba o le daba miedo. Un poco de cada, decidió. Lo de la niña le gustaba menos: que le contara cosas que no tenían arreglo.
Se levantó a por agua. La luz seguía encendida.
—¿Y al final qué es? —le preguntó desde la puerta, con el vaso en la mano—. El Estado. ¿Existe o no existe?
Él levantó la cabeza. Tenía delante otra hoja, y la de la casa apartada a un lado. Encima del microondas estaba el diccionario de francés de ella, el de cuando estudiaba, abierto y boca abajo.
—Existe —dijo—. Pero no como existe esta mesa.
Se lo explicó despacio, con lo que tenía apuntado. Hay cosas que existen aunque nadie las reconozca, como una piedra o un monte. Y hay otras que existen porque todos las reconocemos. Un billete es un papel, y cuenta como dinero porque todos lo damos por bueno. La propiedad, el matrimonio, el gobierno, igual. Y el Estado, igual. La ley lo trata como a una persona, sabiendo que no tiene cuerpo, y lo escribe ella misma: la Administración «actúa para el cumplimiento de sus fines con personalidad jurídica única».
—Una ficción —dijo él—. Pero declarada. Y una ficción declarada no es una mentira. Un cuento no engaña a nadie si dice que es un cuento. El engaño empieza cuando el cuento se presenta como si fuera la naturaleza, como si el Estado estuviera ahí igual que está el monte.
Gea se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Y nosotros? ¿También somos de esos?
Él buscó en la hoja. Lo tenía apuntado. En latín, persona era la máscara del actor, la que se ponía para salir a escena. El derecho cogió esa palabra para lo que la ley le reconoce a cada uno al nacer: el que tiene derechos y obligaciones, el que firma, el que paga y el que recibe las cartas.
—Lo del vídeo del de los toldos, el nombre en mayúsculas —dijo—. No era verdad que hubiera otra persona escondida debajo de tu nombre. Eres tú. Tú, como te ve la ley.
—Pues con esa máscara firmamos el piso —dijo Gea—. Con ella abriste la cuenta del taller. Y si mañana te pasa algo, la niña hereda. Algo bueno tendrá.
—Tiene. Eso también lo he encontrado: sirve para que puedas actuar en derecho, heredar, contratar y que te proteja la ley. —Dio con el lápiz en la hoja—. Pero tiene dos filos, como todas las herramientas. Lo que yo creo, y esto no lo he probado, es que por la misma máscara que te protege te tienen agarrado. Por ahí te llegan la carta, el recargo y el plazo.
Gea no dijo nada. Él le enseñó otra línea de la hoja. Era de un francés del siglo XVI. Se la había traducido Sofía IA, y él la había comprobado palabra por palabra con el diccionario de ella, como lo de las otras noches. La leyó en voz alta: que «las leyes se mantienen en crédito no porque sean justas, sino porque son leyes. Ese es el fundamento místico de su autoridad; no tienen otro».
Gea se quedó mirando el vaso.
—Eso pasará con todos —dijo al fin—. Algún Estado bueno habrá empezado igual. No se fundan con permiso de nadie.
Él tardó en contestar. Era lo mismo que había encontrado un poco más abajo, y que no le había gustado: que así nace cualquier orden nuevo, también los que después protegieron mejor los derechos de su gente. Que fundarse a sí mismo, por sí solo, no distingue a un gobierno que cumple su palabra de uno que no la cumple.
—Eso también es verdad —dijo—. Está comprobado. Lo que los distingue es lo que hacen después.
—¿Y eso con qué se mide?
—Aún no lo sé.
Gea dejó el vaso en el fregadero.
—Esto a la niña tampoco.
—Esto no. —Él dobló la hoja de la máscara y la metió debajo de la de la casa—. A una niña no se le cuenta que a ella también le pusieron una antes de que supiera hablar. Ya lo verá cuando le toque firmar.
—El domingo viene a comer Amparo —dijo Gea—. Cuéntaselo a ella, que es funcionaria.
—¿Para que me diga que estoy loco?
—Para que te diga lo que no has leído. Tú siempre dices que el cliente que te lleva la contraria es el que más te enseña.
Él sonrió por primera vez en toda la noche.
—Eso lo digo de los clientes que pagan.
—Pues ella paga. Trae el postre.
Volvió a la cama. Desde el pasillo vio que él había vuelto a la hoja de la casa y a la pregunta que ella le había dejado, la del miedo. Pensó en Amparo, que llevaba toda la vida en la Administración y defendería lo suyo con razones, porque las tenía. Le pareció bien. Al hombre de la cocina le hacía falta alguien que le llevara la contraria y supiera de qué hablaba.
Por la mañana él le contaría que lo del miedo no era lo primero, y ella le diría «pues mira».