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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 4 El vídeo

El de la furgoneta de los toldos llevaba viniendo al taller desde que el taller era de otro. Era de los que esperan dentro mientras les cambias el aceite, sentado en la silla de plástico junto a la máquina del café, contando cosas. Aquella tarde no contaba nada. Tenía el móvil en la mano y una multa de tráfico doblada en el bolsillo de la camisa, y en cuanto el padre bajó la furgoneta de la elevadora se le plantó delante.

—Tú que estás con lo del Estado —le dijo; se lo había contado Gea a su mujer en el mercado—. Mira esto. Esto lo explica todo.

Era un vídeo. Un hombre muy tranquilo, delante de una estantería llena de libros, hablaba despacio, como se les habla a los que acaban de despertar. Decía que el nombre que viene escrito en mayúsculas en las cartas del Estado no es uno: es otra persona, una especie de empresa que el Estado creó a tu nombre el día que naciste, y a la que van todas las deudas. Que con el certificado de nacimiento se abrió una cuenta secreta con lo que vale cada uno. Y que cada funcionario y cada juez tiene contratada una fianza, de modo que cualquiera que sufra un daño puede cobrarse de ella.

—Lo mío es esto —dijo el de los toldos, y sacó la multa—. Mira cómo viene mi nombre. Todo en mayúsculas. Ese no soy yo.

El padre se limpió las manos despacio. Lo peor era que le cuadraba. Llevaba unas noches leyendo que a cada niño, a las setenta y dos horas de nacer, le abren un registro con un código que no cambia nunca, sin que nadie le pregunte nada. Y ahora venía aquel hombre de la estantería y le ponía la pieza que faltaba: ahí estaba el truco, en el registro, en las mayúsculas.

Encajaba a la primera. Y en el taller había aprendido a desconfiar de las piezas que encajan a la primera sin tocar nada: o son de la marca, o son una imitación muy buena.

—Déjamelo mirar —le dijo—. Y la multa no la tires.

—¿Para qué la voy a tirar? La voy a contestar con esto.


Esa noche se sentó delante de la hoja de las tres columnas con el vídeo en la cabeza y una incomodidad que tardó en entender.

Llevaba días pidiéndole al Estado el papel de cada cosa que daba por cierta. El sí del pueblo, el registro en el que a nadie se le pregunta nada. Lo que no tenía documento detrás no era verdad ni mentira: era algo que se daba por cierto sin haberlo probado. Y él no estaba dispuesto a tragarse lo que el Estado daba por cierto sin probarlo.

Pero el hombre de la estantería tampoco había enseñado ningún papel.

La vara tenía que servir para los dos lados, o no servía para ninguno. Si al Estado le pedía el documento donde nacía cada cosa, al vídeo tenía que pedirle lo mismo.

Empezó por lo que decía el vídeo que lo probaba todo, y encontró justo lo contrario. Un juez de Canadá, en 2012, en un pleito de familia, se había encontrado con un hombre que le presentaba esos mismos papeles: el nombre en mayúsculas, el certificado de nacimiento como garantía, una cuenta secreta de la que había que pagar lo que debía a su mujer y a sus hijos. El juez no se limitó a decirle que no. Escribió una sentencia de setecientos treinta y seis párrafos en la que reunió todas esas teorías, les puso un nombre y las fue examinando una por una.

Estaba en inglés. Sofía IA le tradujo los párrafos que le hacían falta, y él los fue comprobando palabra por palabra con el diccionario, como había hecho con el francés, porque ya sabía lo que le había pasado con las frases redondas. De los papeles del litigante, el juez decía: «Esto es, por supuesto, un disparate». Y de lo del nombre: «Los esquemas de la "persona doble o dividida" no tienen efecto jurídico. No tienen base en la ley. A una persona solo le corresponde una identidad legal».

Buscó si era cosa de un juez solo. No lo era. En Estados Unidos, un tribunal federal había tenido delante a un acusado que alegaba que su nombre en mayúsculas designaba una entidad ficticia y no a un hombre de carne y hueso, y le había contestado que esa objeción, y la de que las mayúsculas le quitaban la jurisdicción al tribunal, «no encuentran apoyo en la ley».

Lo de la cuenta secreta salía de una ley inglesa de 1666, que el vídeo citaba con su nombre antiguo como si dijera lo que el vídeo decía. Esa ley existía y seguía publicada, y él la leyó entera, que era corta. Trataba de las fincas arrendadas mientras viviera una persona: si esa persona se iba más allá de los mares durante siete años seguidos y no había prueba de que vivía, en el pleito del dueño por recuperar la finca se la tenía por muerta; y si aparecía, el arrendatario volvía a su finca con lo que había perdido. Un problema de tierras de hace siglos. Ni certificados de nacimiento, ni bonos, ni cuentas secretas. El juez de Canadá también había examinado esa cuenta, y la había rechazado como ya habían hecho otros tribunales.

Quedaba lo de la fianza. Y ahí encontró lo que no esperaba: la fianza existía. En algunos estados de Estados Unidos, la ley obliga a ciertos cargos públicos a depositar una, por si no cumplen con su puesto. Unos contribuyentes de Illinois que decían haber pagado de más por culpa de un tesorero demandaron a la aseguradora que respaldaba la suya. El tribunal supremo de aquel estado les dio la respuesta: «los demandantes, como ciudadanos particulares, no pueden reclamar contra la fianza de cargo público exigida por ley de que se trata». Si no podían cobrar ni los que alegaban un daño concreto de ese mismo tesorero, menos aún cualquiera que viera un vídeo.

En España, además, no había nada parecido: el que sufre un daño por un servicio público reclama a la Administración, no al funcionario, y solo después la Administración puede pedir cuentas a su empleado, si hubo dolo o culpa grave.

Se quedó un rato con el lápiz parado. No sentía alivio. Sentía otra cosa, parecida a la vergüenza: el vídeo le había gustado porque le daba la razón. Igual que a Sofía IA le salían las frases que sonaban bien, a él le habían entrado las que le sonaban bien a él.

Abrió la libreta de los presupuestos por detrás, donde apuntaba las averías raras, y escribió: «Lo que no tiene papel no se admite. Ni lo del Estado ni lo del vídeo».


El de los toldos vino a por la furgoneta a última hora. El padre le había dejado la factura encima del asiento y la multa, que se había dejado olvidada en la silla, al lado.

—¿Qué? —le dijo, con media sonrisa—. ¿A que lo explica todo?

—Lo he mirado.

Se lo contó despacio, sin mayúsculas: el juez de Canadá y sus párrafos, el tribunal de Estados Unidos, la ley de las fincas, la fianza que no puede cobrar un particular. El de los toldos lo escuchó con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

—O sea, que soy tonto.

—No. —El padre lo dijo enseguida, porque era verdad—. Hay una parte que es verdad, y es la importante: tú eres tuyo, y no eres de nadie. Eso lo creo yo también. Lo que no tiene papel es el camino que te enseña ese hombre. Y si contestas la multa con eso, no te la van a quitar. Te la van a poner más difícil.

—¿Entonces qué hago? ¿Pagar y callar?

—Ni una cosa ni la otra. Si crees que la multa está mal, tienes veinte días naturales desde que te la notificaron para presentar alegaciones y pedir las pruebas. Si la pagas dentro de ese plazo te la rebajan a la mitad, pero entonces ya no puedes alegar. Tienes que decidirlo antes.

—¿Y eso de dónde lo sacas?

—De la ley de tráfico. Te enseño dónde.

El de los toldos miró la multa, luego el móvil, luego otra vez la multa.

—Me lo pensaré —dijo.

Pagó la factura, que era más de lo que había pagado nunca el del furgón blanco, se subió a la furgoneta y se fue sin despedirse del todo. El padre lo vio doblar la esquina y se quedó con una cosa atravesada. El hombre de la estantería le había dado a su cliente algo que él no le había podido dar: la sensación de que había una salida secreta, una llave que nadie más conocía. Él le había dado un plazo y un artículo.

Era menos. Pero era de verdad.

Bajó la persiana a medias y se quedó un rato con la radio puesta, recogiendo herramientas. Entre canción y canción, un hombre que llamaba al programa dijo, muy convencido, que él cotizaba para su jubilación, que eso era suyo y nadie se lo iba a quitar. El padre se paró con la llave inglesa en la mano. Lo había dicho él mismo muchas veces.

Volvió a sacar la libreta y lo apuntó también, debajo de lo del vídeo, sin saber todavía por qué.