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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 9 Papá, ¿mi hucha pierde dinero?

La pregunta de la hucha tuvo que esperar al sábado siguiente. Por la tarde fueron los tres a la compra, como cada fin de semana: Gea con la lista, él con el carro y Sofía con la hucha debajo del brazo, por si acaso.

En el puesto de la fruta, Gea cogió una bolsa de mandarinas, miró el cartel y la volvió a dejar en su sitio.

—Otra vez más caras.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó él.

—Porque la compra la hago yo.

Y cogió unas pocas, sueltas.

En la papelería, Sofía quiso pagar unos rotuladores con sus monedas. Las fue poniendo en el mostrador, una por una, con la lengua entre los dientes. No le llegaba. Gea puso lo que faltaba sin decir nada, y la dependienta hizo como que no lo había visto.

De vuelta, en el coche, Sofía iba callada, abrazada a la hucha.

—Mamá, ¿antes llegaba?

—Antes llegaba para más cosas —dijo Gea—. Eso lo dice tu abuela, y lo digo yo, que hago la compra.

El padre no dijo nada. Lo que Gea sabía por el carro de la compra, él lo tenía que comprobar en los papeles.

Esa noche le preguntó a Sofía IA cuánto valor había perdido el dinero guardado desde antes de que él naciera.

Sofía IA: Desde 1971, el dinero ha perdido más o menos la mitad de su valor.

La mitad. Lo dijo tan tranquila. Él le pidió de dónde salía la cifra, y la respuesta fue una frase más larga que la primera, sin ningún sitio donde mirar.

Así que fue a buscar los precios de verdad. El Instituto Nacional de Estadística publica cuánto suben cada año, desde hace décadas. Los copió en una hoja, año por año, y los fue multiplicando con la calculadora del taller, uno detrás de otro, como quien suma los tornillos de un pedido. Tardó. Se equivocó en una fila, volvió atrás y la rehízo.

Cuando terminó, se quedó mirando el resultado. No era la mitad. Cien euros guardados en 1971 compraban hoy lo que entonces costaba menos de cuatro.

Le escribió a Sofía IA: «No es la mitad. Es casi todo».

Sofía IA: Tienes razón. Te di una cifra de memoria, sin hacer la cuenta.

Siguió leyendo, porque quería saber por qué. Y lo que encontró le dio la vuelta a la frase de la abuela. No es que las cosas valgan más: es que la moneda vale menos. El ahorro pierde valor sin que nadie lo vote. Y encontró algo más, que le hizo dejar el lápiz en la mesa: lo que pierde el que ahorra lo gana, en buena parte, el que debe. Y el que más debe en el país es el Estado. Cuando el dinero vale menos, lo que debe también vale menos.

En «Comprobado» escribió: «Cien euros de 1971 compran hoy lo que entonces menos de cuatro. Lo que pierde el que ahorra lo gana, en buena parte, el que debe».

Y debajo, en «Lo que yo creo», una línea que le salió sola: «El dinero que uno guarda son horas de trabajo. Si el dinero pierde valor, se pierden horas de vida».

El lunes, a la salida del colegio, Sofía se llevó la hucha al taller. La puso en el banco, entre las llaves, y se sentó en el taburete alto a esperar.

—¿Y bien?

—Tu hucha no pierde monedas —dijo él—. Las monedas siguen ahí. Lo que pierden es fuerza.

—¿Fuerza?

—Imagínate que ahorras para una bici. Metes monedas, metes monedas, y cuando por fin tienes lo que costaba, vas a la tienda y la bici ya cuesta más. No es que la bici sea mejor. Es que tus monedas compran menos.

Sofía frunció el ceño.

—¿Y eso quién lo decide?

—Nadie lo vota. Pasa.

—¿Y a quién le viene bien?

Él se limpió las manos con el trapo. A veces la niña iba directa al tornillo que había que mirar.

—Al que debe dinero. Si tú le debes a alguien unas monedas y las monedas valen menos, lo que debes también vale menos. Y el que más debe es el Estado.

Sofía miró la hucha un buen rato.

—Entonces no ahorro.

—Ahorra si quieres. Pero sabiendo lo que pasa, no creyendo que se queda quieto. Y te digo una cosa que sí sé: lo único que vale de verdad es el tiempo de vida. Lo que hay en la hucha sube y baja. El tiempo que pasas con tu madre, o aquí conmigo, ese no lo baja nadie.

Sofía bajó del taburete y le dio un abrazo, con hucha y todo, y se le quedó la camiseta manchada de grasa.

Por la tarde, en el coche, la niña volvió a la carga.

—Papá, si el Estado debe tanto, ¿quién lo va a pagar?

—Los que vengan detrás, supongo.

—¿Yo?

El padre la miró por el espejo. Ahí no había respuesta corta que valiera.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.