Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.
Capítulo 6 Papá, ¿por qué todo el mundo hace caso?
Esa noche no buscó una frase. Buscó una lista: qué cosas da por ciertas el Estado sin haberlas probado. Y la lista no se acababa.
Que la ley que escribe el Estado es la primera de todas. Que los poderes salen del pueblo y que el pueblo dijo que sí. Que hay un pacto que todos aceptamos. Que cada persona conoce todas las leyes, aunque cada día se publiquen más páginas de normas de las que nadie podría leer en un día. Que lo que hace la Administración es válido mientras uno no demuestre lo contrario. Que el dinero guardado conserva su valor. Que los que aún no han nacido están de acuerdo en pagar lo que hoy se debe. Que el Estado cumple lo que promete.
Las fue apuntando una debajo de otra, y al final vio que aquello no era una lista. Era un edificio. Cada cosa que se daba por cierta se apoyaba en la de debajo, de los cimientos al tejado. Las ordenó así, por plantas, y le salieron siete plantas.
Y en todas pasaba lo mismo. El Estado daba por cierto, sin haberlo probado, lo que más necesitaba. Y si alguien no estaba de acuerdo, era ese alguien quien tenía que probarlo.
Gea, camino de la cama, se paró detrás de él y leyó la hoja despacio, de los cimientos al tejado.
—¿Y eso cómo se lo dices a la niña?
Él se frotó los ojos. Madre mía, pensó. No podía contarle siete plantas, con sus leyes y sus artículos, a alguien que todavía hace restas llevando. Ni aunque quisiera. Tenía que darle la conclusión, en sus palabras, y con algo que ella conociera.
—Aún no lo sé —dijo.
—Pues hasta que lo sepas, no se lo digas. —Gea le apretó el hombro—. Y lo otro, lo de por qué hace caso la gente, es por miedo. Eso no hace falta ni buscarlo.
Se fue a dormir. Él se quedó con la otra mitad de la pregunta. No por qué el edificio estaba ahí, sino por qué nadie lo veía. Por qué todo el mundo hacía caso. Gea decía que por miedo, y él lo apuntó en «Lo que yo creo», con un interrogante.
La respuesta la encontró en un francés que escribió hace siglos sobre una cosa que llamaba la servidumbre voluntaria: obedecer sin que nadie te obligue. Decía que los que nacen así «se contentan con vivir como nacieron, y no piensan tener otro bien ni otro derecho que el que encontraron: toman por natural el estado en que nacieron». Y lo resumía en una línea: «la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre».
No la fuerza. La costumbre. No haber conocido nunca otra cosa.
En «Lo que yo creo» tachó lo del miedo. Gea había dicho miedo, y no era eso lo primero. Por la mañana se lo contaría, y ella diría «pues mira», como cuando se equivocaba de calle y lo reconocía sin más.
En «Comprobado» escribió: «El Estado da por cierto, sin probarlo, lo que más necesita. Una cosa sola no tira el edificio; todas juntas impiden ver que no se sostiene. Y la costumbre hace el resto».
Al día siguiente llevó a Sofía a la piscina y se quedó mirándola desde la grada. Ella buceaba, salía, cogía aire y volvía a meterse. Al terminar se acercó con el gorro en la mano y una pregunta que no tenía nada que ver con nada.
—Papá, ¿los peces saben que están mojados?
Él se rio, y se le pasó enseguida.
—Yo creo que no. Han nacido en el agua y no han conocido otra cosa. Para ellos, el agua es como el aire.
—Qué pena.
—Pues mira, eso mismo es lo que te iba a contar. ¿Te acuerdas de lo que me preguntaste? Por qué todo el mundo hace caso.
—Si nadie ha firmado nada.
—Eso. He encontrado que el Estado da por hechas muchas cosas sin haberlas probado. Unas encima de otras, como los pisos de una casa. Y la gente hace caso porque nació dentro, igual que los peces. No es que nadie la obligue. Es que no ha conocido otra cosa.
Sofía se quedó pensando mientras se secaba el pelo con la toalla.
—Entonces yo ya no le hago caso a nadie.
—Eso no —dijo él, y se agachó para mirarla a los ojos—. Nunca confundas la libertad con el libertinaje.
—¿Con el qué?
—Con hacer lo que te dé la gana sin mirar a nadie. A tu madre le haces caso porque te quiere y lo sabes. Al socorrista le haces caso porque sabe nadar mejor que tú. Eso está bien. Lo que hay que saber es por qué haces caso. La pregunta no es si obedecer. La pregunta es si lo que te mandan se sostiene.
—¿Y cómo se sabe?
—Pidiendo la prueba. Como en el juego de las pistas.
Volvieron a casa andando. En la mesa de la cocina seguía la carta del primer día, la del escudo, debajo de la hoja de las tres columnas. Sofía la señaló con la barbilla.
—¿Y esa? ¿Tiene razón?
El padre cogió la carta. El plazo se acababa pronto.
—Lo que sé es que tiene un plazo, y los plazos se cumplen. Lo demás, aún no lo sé. Déjame mirarlo.