Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.
Capítulo 2 Papá, ¿quién dijo que sí por mí?
Esa noche, la hoja de las tres columnas seguía en la mesa de la cocina, sujeta con el salero. La de «Comprobado» seguía vacía.
El padre abrió el portátil y le escribió a Sofía IA: «¿Dónde está escrito que el Estado somos todos?».
La respuesta llegó enseguida, segura, sin una sola duda.
Sofía IA: Lo dice la Constitución en su artículo primero: «El Estado lo formamos todos los españoles».
Sonaba muy bien. Sonaba tan bien que estuvo a punto de copiarlo en la columna de «Comprobado». Pero se acordó de la niña sentada en la encimera y de lo que él mismo le había dicho: nunca des nada por hecho. Ni lo que dice papá. Ni lo que dice una pantalla.
Buscó la Constitución en la página del Boletín Oficial del Estado y fue al artículo primero. Lo leyó despacio, como lee un manual de taller cuando no se fía de su memoria. Allí no ponía eso. Ponía esto:
«La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».
Buscó «somos todos» en el texto entero. Nada. Buscó «formamos». Nada.
Le escribió: «Eso no está en el artículo primero. Ni en ningún otro».
Sofía IA: Tienes razón. Esa frase no está en el texto. Te di algo que sonaba como la Constitución, pero no era la Constitución.
El padre se quedó mirando la pantalla. La máquina le había dado lo mismo que él le dio a la niña: algo que sonaba bien, sin haberlo leído.
Volvió al principio del texto. Antes del preámbulo, en mayúsculas, había una frase que no había visto nunca: «LAS CORTES HAN APROBADO Y EL PUEBLO ESPAÑOL RATIFICADO LA SIGUIENTE CONSTITUCIÓN». El pueblo había dicho que sí, en una votación, en 1978.
Hizo la cuenta con el lápiz, como hace los presupuestos. Los que entonces no tenían edad de votar no la votaron. Los que nacieron después, tampoco. Sofía, desde luego, no.
Y entonces se le paró el lápiz. Él había nacido en 1972. En 1978 tenía seis años y jugaba en la calle. Él tampoco la había votado.
No es que aquello no valiera. Es que su sí, como el de su hija, no lo había dado nunca: se daba por supuesto.
Tachó «Que el Estado somos todos» de la columna de lo que creía. Y en la de «Comprobado», por fin, escribió la primera línea: «Los poderes del Estado salen del pueblo. El pueblo dijo que sí en 1978. Los que no tenían edad de votar, y los que nacieron después, nunca la votaron».
Al día siguiente la recogió del colegio a mediodía. Hacía sol y volvieron andando por la avenida de los árboles, que ya empezaban a soltar las hojas.
—Te tengo que decir una cosa —le dijo—. Ayer te dije que el Estado somos todos. Lo he mirado, y no es lo que pone.
Sofía se paró en seco.
—¿Te equivocaste?
—Me equivoqué. La verdad es la que es, no la que a uno le gustaría que fuera.
A Sofía le hizo gracia que su padre se equivocara. Siguió andando, pisando solo las hojas secas, que crujían.
—¿Y qué pone?
—Pone que el poder del Estado sale del pueblo. Y que el pueblo dijo que sí, en una votación, hace muchos años.
—¿Y yo voté?
—Tú no habías nacido. Y yo tenía seis años: yo tampoco la voté.
Sofía lo miró como si acabara de enterarse de que su padre también había sido pequeño. Luego se quedó pensando, con el ceño fruncido, igual que cuando hace restas llevando.
—Es como si en mi clase votaran las normas del recreo antes de que yo llegara —dijo—, y luego me dijeran que yo también las voté.
Él no supo qué contestar. Lo había explicado mejor que él.
—Entonces —siguió ella—, ¿quién dijo que sí por mí?
El padre buscó una respuesta corta, de las de día.
—Mira, yo creo una cosa: el poder de los que mandan se sostiene en que los demás les digamos que sí. Eso es lo que yo creo. Comprobado, todavía no.
—¿Y si yo no he dicho nada?
Él no contestó. Le revolvió el pelo y siguieron andando.
Por la noche, Gea se asomó a la cocina con dos tazas.
—¿Sigues con lo del Estado?
—Sigo.
Ella dejó una taza junto a la hoja y leyó la única línea de la columna de «Comprobado».
—Mi madre sí la votó —dijo—. Fue a votar con su vestido bueno, como quien va a una boda. Me lo ha contado muchas veces.
Él la miró. Eso no lo sabía.
—¿Y tú?
—Yo era una cría. Como tú.
Se quedó pensando en la madre de Gea con su vestido bueno. Era verdad lo uno y lo otro a la vez: los que la votaron, la votaron con ilusión, y los que vinieron después no la votaron. Lo uno no borraba lo otro.
Gea le dio un beso en la cabeza.
—No te acuestes tarde.
Cuando se quedó solo, fue hasta la puerta del cuarto de Sofía. Dormía de lado, con un brazo fuera de la manta y la boca un poco abierta.
Pensó en todo lo que le había dicho sin mirarlo. Que el Estado somos todos. Que las cosas son así porque siempre han sido así. Se lo habían dicho a él, y él lo había repetido, como se repite una canción sin saber de quién es. Había nacido en un mundo en el que todo el mundo daba esas cosas por hechas. Y, sin embargo, algo no le cuadraba. Era como ese ruido pequeño que a veces hace un motor y que solo oye el que lo conoce bien: el cliente jura que no oye nada, y el mecánico sabe que ahí hay algo.
A ella le iba a hablar con lo que se sostuviera. Y lo que no supiera, lo iba a buscar, aunque le costara las noches.
Volvió a la mesa y buscó quién había dicho que sí por su hija. Pasó un buen rato entre páginas que no decían nada, o que decían mucho sin decir de dónde lo sacaban. Al final dio con un periódico que contaba que, a los pocos días de nacer, un niño ya está inscrito en un registro del Estado, con un número para toda la vida.
Lo leyó dos veces. Luego cogió el lápiz, pero no lo apuntó en «Comprobado». Lo apuntó en «Aún no lo sé», con una nota al lado: «Lo dice un periódico. Buscar la ley».
Un periódico no es la fuente, pensó. Solo te dice dónde mirar.
A la mañana siguiente, mientras Sofía se peleaba en el suelo con los cordones de las zapatillas, le preguntó sin levantar la cabeza:
—¿Ya sabes quién dijo que sí por mí?
—Todavía no lo sé —dijo él—. He encontrado dónde mirar, pero aún no lo he leído. Déjame mirarlo.