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Apocalipsis del Sistema
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Empezar a leer

Parte 6 El bien y el mal

Todos conocen la historia del huerto, la serpiente y el fruto. Hoy les propongo leerla otra vez, despacio, como la lee la obra: como si alguien nos hubiera traído un caso de engaño y tuviéramos que examinarlo.

Primero, dos detalles. El texto no dice «manzana»: dice «del fruto del árbol que está en medio del huerto». Y no llama diablo a la serpiente. Eso lo dijo la tradición después.

En el huerto había dos árboles, y la orden era una sola: «De todo árbol del huerto comerás». De todos menos de uno: «del árbol de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás».

Ahora miren cómo entra el engaño. En tres jugadas.

Primera jugada: darle la vuelta a la orden. La serpiente pregunta: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?». La orden permitía todos los árboles menos uno. La pregunta la convierte en una prohibición de todos.

Segunda jugada: negar la consecuencia sin dar un solo dato. «No moriréis».

Tercera jugada: atribuir un motivo que nadie puede comprobar. «Mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal».

Y la decisión se toma por lo que se ve: el árbol era «bueno para comer, y que era agradable á los ojos». Sin preguntar a quien dio la orden. Los frutos llegan enseguida. Primero el miedo: «tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme». Después la acusación en cadena, cada uno culpando al siguiente. Y al final, la expulsión.

¿Les suena? Una orden mal citada, una consecuencia negada sin datos, un motivo atribuido y una decisión por apariencia. Se parece mucho a lo que la obra llama presunción, la palabra de la apertura. Esa comparación es del autor, y él la lleva un paso más allá: «seréis como dioses» es la oferta de decidir uno mismo qué es bien y qué es mal. Es la autoridad derivada tomando por suya la original, lo que vimos al hablar del título. El orden de las leyes al revés, en pequeño.

Y el autor se pregunta si aquel susurro fue legítimo. Contesta que no, con la vara de la obra. No hubo consentimiento informado, porque la consecuencia se negó sin dato. No hubo autoridad, porque quien proponía no era el autor de la orden. El motivo era atribuido y no se podía comprobar. Y los frutos dañaron, sin reciprocidad ni beneficio para nadie. Y añade algo: no había ninguna necesidad. Tenían todos los demás árboles. «El susurro no cubre una necesidad: la fabrica».

Esta parte tiene una sola idea: el mal, dicen las tradiciones, no tiene cuerpo propio y necesita que alguien le dé el sí. Por eso se le reconoce por sus frutos, y se le vence no dándoselo. Lo veremos en tres pasos. Primero, cómo describen las tradiciones ese mal sin cuerpo. Después, la lucha entre el bien y el mal, y quién elige. Y al final, cómo se le reconoce y cómo se le vence.

Primer paso: un mal sin cuerpo.

La palabra «satán», en hebreo, quiere decir «adversario». La Biblia la usa así: en el libro de los Números, un ángel «se puso en el camino por adversario suyo». En Job, el acusador dice que viene «De rodear la tierra, y de andar por ella». Y en el Evangelio, cuando le preguntan su nombre a un espíritu, contesta: «Legión me llamo; porque somos muchos».

El budismo pone nombre al ejército que tienta al Buda: «este es tu ejército, Namuci». Y el Corán pide refugio «del mal de la insinuación, del que se escabulle, que insinúa en el ánimo de los hombres, sea genio, sea hombre».

La obra concluye que la tradición hebrea, el cristianismo, el budismo y el islam describen lo mismo: un mal sin cuerpo propio, que acusa, se hace muchos, tienta desde dentro o susurra, y actúa a través de otros, a veces de hombres.

Y un francés, Étienne de La Boétie, vio lo mismo en la política. Escribió hacia 1548 que el tirano «se deshace por sí mismo, con tal de que el país no consienta su servidumbre». Y preguntaba: «¿de dónde ha sacado tantos ojos con los que os espía, si no se los dais vosotros?». Lo que más enseña a servir, decía, es la costumbre, que «en nada tiene tanta fuerza como en enseñarnos a servir». La obra lo llama servidumbre voluntaria: la obediencia que los muchos prestan a uno por costumbre, sin que nadie los obligue.

Y aquí les pido atención, porque es importante. La Boétie pedía dejar de sostener al tirano. La obra no invita a desobedecer ninguna norma. Lo que retira no es la obediencia, sino la creencia sin comprobar. Por eso cada dato lleva su fuente.

Lo que el autor lee aquí, y es lectura suya: el ente sin cuerpo del que hablamos con las dos personas se parece a Legión. Un solo nombre para muchos que obran como uno, sin que nadie responda por el suyo. Frente a eso, la obra pide lo que dejó sentado Núremberg: que responda la persona. Y lo que disuelve a ese mal no es la fuerza, sino la luz: «todas las cosas cuando son redargüidas, son manifestadas por la luz». Redargüidas quiere decir puestas en evidencia.

Segundo paso: la lucha, y quién elige.

Muchas tradiciones cuentan una lucha entre el bien y el mal. En Persia, el Avesta habla de dos espíritus, «el Mejor y el Malo, en pensamiento, palabra y obra; y entre los dos, los sabios eligieron bien, los necios no». En la India, la Gita distingue dos condiciones: «la divina es para la liberación; la demoníaca, para la atadura». Y el Corán avisa: «El Demonio es para vosotros un enemigo. Tenedle, pues, por tal».

Pero fíjense en un detalle que la obra subraya. Casi todas ponen al ser humano a elegir. No cuentan una guerra entre dos dioses iguales mientras nosotros miramos. De las nueve tradiciones que reunió, solo dos sostienen dos principios iguales y eternos. Las otras siete ponen al ser humano como la parte que elige.

¿La pata coja? También está. En Mesopotamia, y en el Rig Veda de la India, la guerra es de dioses, por el orden del mundo y por el poder. No es una elección del ser humano entre el bien y el mal.

Algunos textos van más lejos, y ven poderes sin cuerpo detrás de los reinos. En el libro de Daniel, quien habla al profeta cuenta que «viene el príncipe de Grecia»: un príncipe por cada reino. El Evangelio llama al diablo «el príncipe de este mundo». Y Pablo escribe: «no tenemos lucha contra sangre y carne; sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en los aires».

Y la Iglesia de Etiopía, que conservó libros que Occidente dejó fuera, guarda el relato de unos ángeles caídos que enseñaron a los hombres las armas y los llevaron a adorar lo que no es Dios. La Biblia común guarda el mismo aviso: «Sacrificaron á los diablos, no á Dios».

Lo que el autor lee ahí, y es suyo: el Libro de los Jubileos cuenta que los hombres empezaron «a ensalzarse por encima del pueblo y a fundar los comienzos de los reinos», a hacer la guerra y a vender esclavos, y que «espíritus malignos les ayudaron y sedujeron». La Biblia común lo guarda también: cuando Israel pidió un rey, Dios dijo a Samuel: «no te han desechado á ti, sino á mí me han desechado, para que no reine sobre ellos». Para el autor es el paso del aprendiz al ser superior, el que vimos con el título: un poder humano que se pone en el lugar de la ley de Dios. Y para él, esto apunta hacia el padre de la mentira.

Tercer paso: cómo se le reconoce, y cómo se le vence.

Si no tiene cuerpo, ¿cómo se le ve? No se le ve. Se le reconoce por sus frutos. Y casi nunca se presenta como mal. Pablo lo avisa: «el mismo Satanás se transfigura en ángel de luz».

Aquí la obra trae a Aristóteles, y a mí me parece de lo más útil de toda la conferencia. Aristóteles no pone la virtud entre el bien y el mal. La pone en un término medio «entre dos vicios: uno por exceso y otro por defecto». La valentía está entre el cobarde y el temerario. La generosidad, entre el tacaño y el derrochador. Y añade que fallar se puede de muchas maneras, y acertar, de una sola.

¿Qué tiene que ver eso con el mal disfrazado de luz? Mucho. El extremo de algo bueno, llevado lejos, se parece a la virtud, pero ya no lo es. El temerario se cree valiente. Por eso, como dice el autor, el mal casi nunca llega como mal: llega como luz, como consejo o como necesidad.

¿Y el remedio? Las tradiciones coinciden también en eso. Velar: «Velad y orad, para que no entréis en tentación». No darle sitio: «Ni deis lugar al diablo». Conocer sus maniobras. Cerrar lo que la Gita llama la triple puerta: «el deseo, la ira y la codicia». Y sobre todo, no consentir. El Corán lo dice así: «Sólo tiene poder contra los que traban amistad con él».

Fíjense en que es lo mismo que dijo La Boétie del tirano. Sin consentimiento no hay dominio. El autor lo dice como lectura suya, y a mí me parece la frase que resume esta parte: quien no le da su sí, lo deja sin fuerza.

Y un aviso del autor que no quiero que se pierda: la vigilancia empieza por uno mismo. El susurro puede pasar por cualquiera, también por quien escucha y por quien habla. Aquí no se señala a nadie.

Queda un nombre: el padre de la mentira. El Evangelio de Juan dice del diablo que «no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira». Otras tradiciones ponen la mentira del mismo lado. La India: «solo la verdad vence, no la mentira». El budismo: «vence al mentiroso con la verdad». El Corán: «¡Ha venido la Verdad y se ha disipado lo falso!». Y el Evangelio: «la verdad os libertará».

Ya habrán notado que, de vez en cuando, les digo que algo, para el autor, apunta hacia el padre de la mentira. Ahora saben por qué lo digo así. La obra usa esa imagen solo como lectura del autor, y con una sola fórmula: «apunta hacia». Nunca dice que nadie sea el diablo. Dice hacia dónde apunta un hecho.

Y lo último, lo más práctico. ¿Cómo se forma uno? Repitiendo. Aristóteles: «haciendo cosas justas nos hacemos justos». El Evangelio: «todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado». Y el Corán tiene una imagen que no se olvida: «Lo que han cometido ha cubierto de herrumbre sus corazones». Lo que se hace una y otra vez forma a quien lo hace, poco a poco, gota a gota.

Por eso, dice el autor, a las personas hay que reconocerlas por sus frutos: por lo que hacen, no por lo que dicen ni por el grupo al que pertenecen. Y la vara vale también para uno mismo.

Les dejo una imagen que la obra saca de las dos lenguas de la Biblia. En griego, el verbo de «pecar» significa ante todo «errar el blanco, sobre todo con la lanza». En hebreo, de los honderos de Benjamín se dice que «tiraban una piedra con la honda á un cabello, y no erraban», y ese «no erraban» es el verbo del pecado. Pecar es fallar el tiro. Y para el autor, que lo dice como lectura suya, el Arca que vimos con las tradiciones es el blanco. Quien la incumple yerra el tiro, y por eso la obra ofrece siempre una salida para rectificar antes de suponer mala fe.

Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra en esta parte?

Concede que todo esto es lectura comparada, y lo dice. Las figuras del mal son imágenes de cada tradición, y lo que la obra lee en ellas va marcado como lectura del autor.

Concede que la persona jurídica también sirve a la vida. El hospital, la cooperativa y la asociación de vecinos llevan la misma máscara, la de persona jurídica, y de dónde viene esa máscara lo veremos en el edificio de las presunciones. El mal no está en la máscara, sino en la máscara sin responsabilidad.

Concede que el Estado actúa por cargos con nombre, y que la ley prevé que respondan.

Concede que el dualismo puro es la excepción, y que presentarlo todo como una guerra de dos poderes iguales sería falsear las fuentes.

Y concede que hacer de la serpiente el diablo es una tradición posterior, no algo que diga el texto.

Lo que el Estado respondería con sus mejores palabras, que sus cargos responden, que usar la imagen del diablo para el Estado es demonizarlo, o que hablar de bien y mal es demonizar al adversario, lo oirán en el turno de preguntas.

Recapitulo. Las tradiciones describen un mal sin cuerpo: acusa, engaña, se hace muchos y actúa a través de otros. Casi todas ponen al ser humano a elegir. El engaño del huerto entra en tres jugadas, y se parece mucho a una presunción. El mal casi nunca se presenta como mal, sino como luz, y se le reconoce por sus frutos. Y se le vence como al tirano de La Boétie: sin consentimiento no hay dominio.

Les dejo una pregunta. Piensen en la última vez que alguien les dijo «no pasa nada» sin darles un solo dato. ¿Qué les estaba pidiendo?

En la próxima parte vamos a mirar justo eso, pero en el Estado: lo que se da por supuesto sin dar un dato.