Apertura
Buenas tardes, y gracias por venir.
Voy a empezar por un mecánico.
Lleva más de treinta años en la mecánica y la electromecánica, entre estudios y trabajo. Ha sido empresario y autónomo toda su vida. En agosto de 2025 le pasó algo personal que prefiere no contar en detalle. Lo resume así: se le acusó injustamente, y lo vivió con varias maniobras que le parecieron muy feas. Cuenta que a quien le acusaba el Estado le puso abogado gratuito, mientras él entraba, son sus palabras, en «los engranajes de la maquinaria». Y que cada vez que le ha tocado defenderse le ha costado dinero, entre abogado y procurador.
Fíjense en lo que acabo de hacer. He dicho «cuenta que» y «son sus palabras». Lo voy a hacer durante toda la conferencia, y enseguida les explico por qué. Pero antes, terminemos la historia.
Aquel hombre ya traía un sentir de antes: que el Estado funciona como «una máquina de facturar», y que no pone a las partes en igualdad de armas. Es su experiencia, no una estadística. Así lo dice él, y así se lo digo yo.
Buscó respuestas. Primero, en vídeos. Después, en un curso de soberanía en línea. Allí comprobó que no estaba solo: la gente que buscaba en ese mundo había tenido su mismo problema, cada uno en un rincón distinto de la vida. Habla de ellos como «gente maravillosa, gente de corazón». Estudió varios de aquellos movimientos y se apuntó a uno. Había muchos datos y muchas teorías. Pero, en la práctica, no le daban una seguridad estructural. No se sentía amparado.
Poco después, la Administración le retiró una ayuda de la Seguridad Social que había recibido en la época del COVID, y se la reclamó varios años después. Y aquí viene la frase que más me gusta de toda su historia. «Después de haber hecho un poco el ridículo», dice, empezó a estudiar por qué las cosas funcionan o no funcionan, y si son justas o injustas.
Y lo hizo como hace las cosas un mecánico. Él lo dice así: «soy buen mecánico». Su oficio le enseñó que, «para diagnosticar dónde estaba el fallo, no tenía que saltarme ningún paso y no dar por presunción cualquier cosa que la gente sosteniera». De lo que no pudiera comprobar por sí mismo, no se podía fiar.
Con esa mirada fue tumbando, una por una, las cosas que aquellos movimientos daban por ciertas, y comprobó que no tenían la fuente de la que decían salir. Tenían el impulso, cuenta, pero aquello «no terminaba de funcionar», y los propios profesores reconocían con honradez que aún no habían descubierto el mecanismo. Él buscó la roca sólida donde se asentaban sus principios. Y lo cuenta así: «busqué sus raíces y no las encontré». Algo apuntaba bien, añade, pero no de la manera en que lo planteaban.
Entonces hizo lo que hace un mecánico con una máquina que no entiende: desmontarla. Se preguntó cómo se construyó un Estado, qué lo sostiene y qué lo alimenta, y decidió desmontarlo pieza a pieza. Primero, los filósofos que debatieron la construcción del Estado. Después, hacia atrás en la historia, los grandes filósofos. Y al final, los textos sagrados de todas las religiones, «lo más querido y cuidado por toda la humanidad», hasta Egipto y los mayas. Buscaba los principios que aparecen en religiones y épocas distintas y coinciden.
Cuenta que ha trabajado hasta dieciséis horas seguidas delante del ordenador, con poco sueño y mucho «calentamiento de cabeza». Y que no estaba cansado, porque lo hacía desde la pasión de corregir un error que, a su juicio, estaba asfixiando a la sociedad. El camino, dice, ha sido «un auténtico dolor de parto».
De sí mismo dice esto: «No soy ningún santo, pero tampoco soy un demonio». Y esto otro: «Soy una persona común y corriente. Un autónomo cabreado».
Hay una cosa más que cuenta, y es la que explica la regla más importante de esta conferencia. Recuerda la escena del Evangelio en la que quien esté sin pecado debe tirar la primera piedra, y le parece un ejemplo a seguir. Y añade, en broma: «pero eso sí, espero que no me crucifiquen ni me confundan con él».
Luego le sale una frase de la que no sabe si está en la Biblia: «Si Dios no me juzga, ¿quién eres tú para juzgarme?». Y le da la vuelta: «si Dios no te juzga, ¿quién soy yo para juzgarte?».
Quédense con esa vuelta.
De ahí sale la regla de toda la obra: se juzgan las instituciones y los diseños de las leyes, nunca a las personas ni a los colectivos. En esta conferencia no van a oír el nombre de nadie a quien se señale. Si lo oyen, me paran.
Ese mecánico es el autor de la obra de la que vengo a hablarles. Se llama «Apocalipsis del Sistema».
Ya sé lo que están pensando: el fin del mundo. Pues no. «Apocalipsis» viene de una palabra griega que quiere decir «revelación». Y revelar, dice el diccionario, es «descubrir o manifestar lo ignorado o secreto». La obra usa la palabra en ese sentido: descubrir cómo funciona el sistema, que está a la vista de todos, pero escondido en su complejidad. No anuncia el fin de nada.
¿Qué hace la obra? Mide el sistema, es decir, el Estado y las normas con que gobierna, tomando España como caso. Lo mide con la ley que todos los pueblos guardaron por encima de toda ley. Y lo hace con hechos que se pueden comprobar, cada uno con su fuente.
¿Por qué lo hace? Se lo leo con sus palabras: «No lo he inventado yo; tan solo lo pretendo presentar a mis hermanos en orden, ya que nadie lo hace. Me veo en la obligación moral de ordenarlo yo mismo, para que todo quede desvelado y recuperar lo que es del orden natural».
Y hay una frase que resume su papel: «El dictamen es del autor; los hechos son de todos». El autor firma el orden y la lectura. Las verdades no son suyas: son de todos. Por eso la obra no les pide que la crean. Lo dice así: «esta obra no pide fe, la somete a examen».
Detrás de eso hay un propósito más de fondo, y el autor lo dice como suyo. Se lo leo: «Esta obra poda las ramas secas del árbol del conocimiento, las que nos alejan del árbol de la vida: comprueba cada afirmación en su fuente y la juzga por sus frutos. Lo hace con el Estado, el primer campo, para que cualquiera pueda repetirlo en el suyo». Una rama seca, para él, es la que ya no bebe de la raíz, de lo que recibimos. Podar no es talar. Y el árbol de la vida es, en sus palabras, «aquello que fomenta la vida».
¿Por qué empezar por el Estado? Porque gestiona el bien común. Y porque, medido con la regla que él aplica a cualquier empresa, el sistema estaría en causa de disolución: eso sí sale de los datos, y lo veremos cuando llegue el dictamen.
La obra mide, además, otra cosa: el planeta. Lo mide con fuentes oficiales, y cada cifra va con lo que mide y con sus años. Les doy unas pocas, con sus dos caras. Los animales vertebrados que se siguen en todo el mundo: el tamaño medio de sus poblaciones bajó un setenta y tres por ciento de 1970 a 2022. Ojo, que no es el número de animales, y la mitad de esas poblaciones está estable o sube. En el mar, las pesquerías sobreexplotadas han pasado de diez de cada cien poblaciones evaluadas, en 1974, a casi treinta y ocho, en 2021; el Mediterráneo y el mar Negro están entre lo peor, pero mejoran. El bosque del mundo mengua, cada vez más despacio; el de España crece, más de un tercio desde 1990, aunque en 2024 casi una cuarta parte de sus árboles muestreados había perdido más de la cuarta parte de sus hojas, sobre todo por la sequía. En el aire de España, casi ninguna zona pasa de los valores legales, salvo por el ozono; con los valores de la Organización Mundial de la Salud, que son más exigentes, más de nueve de cada diez personas de las ciudades de la Unión Europea lo respiran por encima; y la contaminación baja desde hace dos décadas. Del agua de España, algo más de la mitad está en buen estado, tanto la de la superficie como la de debajo de la tierra, según el seguimiento de 2023. Hay cosas que vuelven: el lince ibérico, que eran unos cien en 2011 y más de seiscientos en 2017. Y nacen menos: en 2024, en España, poco más de un hijo por mujer; en el mundo, algo más de dos. Al final de la lista, la obra pone su límite, y se lo repito tal cual: «estas cifras miden el estado, no quién lo causa».
Fíjense en ese límite, porque separa las dos capas. Lo que viene ahora ya no es dato: es lectura del autor, y así se lo digo. Él lo dice con sus palabras: «lo que se pierde en el planeta son los daños colaterales de un sistema basado contra natura», es decir, contra la ley natural, de la que les hablaré en la primera parte; y añade: «aquí vemos los daños colaterales de la naturaleza». Y lee también que un sistema así no sostiene la vida, y que, si, como un capitán, ha perdido el rumbo, primero se le pide una contestación, de buena fe, por si decide corregirlo él mismo; y si no, se le aparta del timón, como la historia muestra que se hace, siempre por las puertas que la ley ya tiene.
Antes de seguir, cuatro cosas que la obra no hace, para que nadie salga de aquí con una idea equivocada. La primera: no exime de ninguna obligación. Mientras el Estado no cambie, lo que hoy obliga sigue obligando, y lo dice la propia Constitución, en su artículo 9.1. La segunda: no invita a desobedecer. La tercera ya la conocen: juzga instituciones, nunca personas. Y la cuarta: no da consejos de dinero ni de inversión. Si alguien ha venido a saber en qué invertir, todavía está a tiempo de irse. Es broma: quédense.
Ahora, el contrato. Toda conferencia tiene uno, aunque no se diga. El de esta se dice, y cabe en cuatro palabras: verdad, presunción, falso y mentira. Son cuatro cosas distintas. La obra no las mezcla nunca, y yo tampoco las voy a mezclar.
La verdad es lo que se comprueba con su fuente.
La presunción es lo que se da por cierto sin haberlo probado. Todavía no se sabe si es verdad o es falso.
Lo falso es lo que la norma o el dato demuestran que no es así.
Y la mentira es lo falso dicho sabiendo que es falso.
Les pongo un ejemplo, y es inventado. Imagínense que llevan el coche al taller. El mecánico, sin abrir el capó, les dice que la culata está rajada. Eso es una presunción: lo da por cierto sin haberlo mirado. Puede que acierte, puede que no. Desmonta el motor, y la culata está entera. Lo que dijo era falso. Pero no por eso les ha mentido. Para que fuera mentira haría falta una cosa más: que él supiera que estaba entera y se la cobrara igual.
¿Ven la diferencia? Entre lo falso y la mentira está lo que uno tiene en la cabeza. Tomás de Aquino lo explica así: «es contra la naturaleza, e indebido, que alguien diga con su palabra lo que no tiene en la mente». Y como nadie puede ver lo que otro tiene en la mente, la obra solo llama mentira a algo cuando hay constancia de que se sabía. Si no la hay, lo dice como opinión del autor, y lo marca.
Esto tiene una consecuencia. La obra no llama mentira a lo que todavía no se ha probado falso. Lo llama presunción. Y pregunta por ello.
La palabra «presunción» la usa también la ley, y con más cuidado del que solemos tener en la calle. La Ley de Enjuiciamiento Civil dice: «Tales presunciones sólo serán admisibles cuando la certeza del hecho indicio del que parte la presunción haya quedado establecida mediante admisión o prueba». Dicho en llano: para presumir algo, primero hay que probar el punto de partida. Volvamos al taller. El mecánico puede presumir que la culata está rajada si ha visto una señal, un hecho del que partir. Si no ha visto nada, no presume: adivina.
La obra toma esa regla de la ley como vara de medir, no como una ley que se aplique a todo. No dice que todo lo que afirma el Estado sea una presunción en el sentido de los juzgados. Llama presunción a lo que se da por cierto sin que conste el hecho del que parte. Y pregunta por ese hecho.
Guarden esta palabra, porque va a volver. Más adelante subiremos juntos a un edificio entero de presunciones, planta a planta, y las veremos todas.
Segunda parte del contrato: cuando yo hable, sabrán siempre en qué capa estoy. Hay tres.
Cuando diga «esto está comprobado», quiere decir que está en el documento, con su fuente, y que cualquiera de ustedes puede ir a mirarlo.
Cuando diga «esto es lo que cree el autor», es su lectura. Puede tener razón o no, pero es suya, y la obra la marca siempre como suya. Las intenciones, las comparaciones y lo que el autor ve detrás de los hechos van ahí, nunca como dato.
Y cuando diga «esto aún no se sabe», es que no se sabe. Lo diré sin ningún apuro.
Al empezar he hecho justo eso con la historia del autor. Todo lo que les he contado es su palabra, su experiencia. No es un dato que se pueda comprobar, ni acusa a nadie. Por eso he dicho «cuenta que».
Tercera parte del contrato: la otra cara. La obra critica mucho al Estado, y por eso recoge también la mejor defensa que el Estado podría dar, en su propia jerga, con sus leyes, su doctrina y sus sentencias. Y concede lo que es cierto antes de responder. Lo dice con una imagen de cocina: «Una tortilla necesita sus dos caras». Ustedes juzgarán mejor si oyen a las dos partes. En cada tema les diré qué concede la obra. Y al final habrá un turno de preguntas, en el que la otra cara tendrá su voz.
Y si alguno de ustedes es de los que no se creen nada sin verlo, mejor. La obra tiene un sitio para ustedes. Tomás, el apóstol, no creyó lo que le contaron: «Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré». Y no se le reprendió: se le dejó tocar. La obra hace lo mismo. Junto a cada cita pone el pasaje tal como está en su fuente, para quien necesite tocarlo. Quien necesita más pruebas no es menos.
Última parte del contrato: con qué se mide. La obra mide con una frase del Evangelio, copiada tal cual: «Por sus frutos los conoceréis». Fíjense en que no dice «los juzgaréis». Reconocer a alguien por lo que hace no es condenarle por lo que es o por lo que cree. La obra hace lo primero y no hace lo segundo. Por eso es un análisis, no un juicio.
La vara mide en dos pasos. Primero, la verdad de los hechos: si son ciertos, con su fuente. Después, sus frutos, con cuatro preguntas que cualquiera puede hacerse sin ser jurista. ¿Hace daño al prójimo? ¿Hay reciprocidad, es decir, vale igual para los dos lados? ¿Hubo consentimiento? ¿Hay beneficio mutuo?
La obra junta todo esto en una sola balanza. La vara mide los hechos y sus frutos. La pesa justa es lo recibido: la medida que guardaron las tradiciones, la que no se trampea. En el centro, el bien común, que no lo pone quien mide. Y un dial que dice cuánto se aparta de ese centro lo que se mide, y hacia qué lado: por defecto, si no cuida ni cumple; o por exceso, si se sirve a sí mismo. Al final de la obra, con esa balanza, se pesa cosa por cosa lo que ha expuesto.
El autor lo resume en una pregunta suya, y es lectura suya: «La pesa: ¿roca o arena? Y, por sus frutos, ¿sirve más allá de sí, se sirve, o no cuida ni cumple? Vale para quien pesa». Roca o arena quiere decir si lo que se afirma se sostiene en su fuente, como la casa construida sobre la peña, o no. Y vale para quien pesa: también para esta obra, y también para quien se la está contando.
Y una regla para no engañarnos: una idea solo se tiene por sólida cuando aparece en tres o más fuentes independientes, que no se copiaron entre sí. La obra lo explica con una mesa. Cada fuente independiente es una pata. Se quita una, y si la mesa sigue en pie, aguanta. Y se busca siempre la pata coja: alguien que sostuviera lo contrario. Si no aparece ninguna, la mesa no es más fuerte: es sospechosa. Alguien tuvo que decir lo contrario.
La vara se aplica a los dos lados, también a quien audita. Y no todo lo que mide sale torcido. Por eso su conclusión de conjunto es creíble.
Ya tienen el contrato. Ahora, el camino. Vamos a seguir el orden de la obra. Empezaremos por los cimientos: qué leyes hay y en qué orden. Después, de dónde viene el Estado. Lo que dicen las tradiciones que casi nadie ha leído, y las reglas del juego de la vida que guardan. El bien y el mal. El edificio de las presunciones, planta a planta. La auditoría de la Constitución, y lo que arroja. Las puertas que la obra propone, todas dentro de la ley, y el juicio popular de la verdad. Después, la misma historia puesta en su orden, y la balanza, probada en pequeño. Al final, una brújula, y el turno de preguntas.
Una última cosa antes de empezar. El autor calculó que, al ritmo que llevaban aquellos movimientos, «tardaríamos 1.500 años en solucionar este problema». Es un cálculo suyo, no un dato, y así se lo digo. Esta conferencia dura bastante menos.
Les dejo una pregunta para el camino, y no hace falta que la contesten en voz alta: de todo lo que dan por cierto sobre el Estado, ¿qué han comprobado ustedes mismos?
Empezamos por los cimientos.